martes, 3 de abril de 2018

CORREGIMIENTO DE SANTA ELENA- QUINCHÍA- RIS


 
Alfredo Cardona Tobón



Este corregimiento se encuentra al sur-occidente de la cabecera municipal de Quinchía, a  una distancia de 12 kilómetros de la zona urbana por carretera destapada.

La mayor parte de su territorio  se ubica en piso  bioclimático templado, es decir entre los 1.000 y 2.000 metros sobre el nivel del mar, lo que permite el establecimiento de  cultivos de tierra caliente y de clima mediano. . El panorama es hermoso: desde el poblado  se observa el cañón del río Cauca y los majestuosos nevados de la cordillera central.

Las veredas de Santa Elena son:  Punta de Lanza, Piedras, El Retiro, Encenillal, Barro Blanco, La Argentina, Insambrá , Villanueva, Manzanares, San José , Opiramá y Santa Cecilia.  La topografía es quebrada y en ella se destacan los cerros de Santa Elena y Del Bosque, caracterizados por gran cobertura vegetal que protege los nacimientos de agua de la zona.

Santa Elena fue una zona poblada densamente por nativos de la familia Anserma que desaparecieron víctimas de las enfermedades traídas por los españoles, por los desplazamientos a las minas de oro y los ataques de las tribus del Chocó. En el siglo XIX dicha región se conoció como Guadualejo  y avanzado el siglo XX  se cambió  dicho nombre por el de  Santa Elena.

PRIMEROS POBLADORES

Al llegar Jorge Robledo y demás invasores españoles encontraron varios asentamientos indígenas en las cercanías de las fuentes saladas,  entre los cuales se  destacaba el de Opirama.

En 1559 Lázaro Martyn figuraba como encomendero de Opirama. En el libro   “ Indios mineros y encomenderos”, publicado  en abril de 2017 por el historiador Angel Ruiz Román T.  se enumeran los tributos anuales del Resguardo de Opirama, que brindan una importante información sobre la comunidad.

Esta es la relación de tales tributos recaudados por navidad y por la fiestas de San Juan:

35 mantas de algodón  de a dos piernas cada manta y dos varas de largo

180 aves entre gallos y gallinas

12 libras de algodón hilado.

7 arrobas de cabuya

3.5 arrobas de sal

20 pares de alpargatas

10 jáquimas y cinchas de cabuya

5 piezas de loza

12 fanegadas de maíz y una de frísoles, una de yuca y una de trigo y media de habas y garbanzos.

Como se ve en Opirama se cultivaba y trabajaba el algodón y la cabuya, se procesaba cerámica y se tenían cultivos de tierra cálida y de clima frio como las habas y los garbanzos. Lo que significa que la comunidad se desplazaba a través de un amplio territorio que iba desde las orillas del rio Cauca hasta las estribaciones de la cordillera occidental.

Los nativos tributaban al encomendero quien a su vez rendía cuentas a las autoridades virreinales. Además de velar por la doctrina y los tributos,  era función del encomendero la entrega de la tierra arada con sus bueyes para que los naturales sembraran y cosecharan .

Los nativos fuera de los pagos enumerados anteriormente debían pagar los diezmos a la iglesia, dinero o maíz para cubrir misas y los  oficios religiosos, a lo que se suman 300 haces de leña que la comunidad  de Opirama entregaba como combustible para los fogones y la obtención de la sal.

En caso de no poder cumplir con las metas asignadas los nativos las cubrían con valores equivalentes de oro, que extraían de los aluviones del Resguardo.

El territorio ancestral pertenecía a la provincia de los umbras y estaba rodeado por los pueblos  de los chancos y los gorrones al sur; al norte por la provincia de Cartama, al occidente por la cordillera occidental y al oriente por el rio Cauca.


LA REBELIÓN DE  1557

 Este año hubo un alzamiento general  en el Cauca Medio promovida por los indígenas Panches del Tolima. Esta tribu guerrera cruzó la  cordillera Central por el paso de Herveo  para unirse a los   Carrapas y a los Quimbayas contra los cristianos.

Ante esta situación el  capitán español Luis de Guevara, quiso evitar la alianza de los rebeldes con los nativos de  Anserma y para tal fin puso presos a los caciques cuyo nombre se registra en un   documento rescatado por el historiador Juan Friede y que aparece  en el libro Los Quimbayas bajo la dominación española, 1539-181.:

Aytamara, hermano del cacique de Mapura.

Atucifra, señor de la provincia de Mayma.

Don Francisco, cacique del pueblo de Acochare.

Don Francisco, señor de la provincia de Pirsa.

Guatica, señor del valle de Santa María.

Ocupirama, de las provincias del “Pueblo de la Sal”.

Opirama, hijo y heredero “de la cacica, señora de Andica”.

Tuzacurara, hermano del cacique de Acochare

Utayca, señor de la provincia de Ypa.

En tal lista aparecen los nombres de Ocupirama y Opirama, señores de tribus localizadas en lo que hoy  conocemos como el corregimiento de Santa Elena.

EL TRASLADO  DE OPIRAMA

En 1627 el Oidor Lesmes de Espinosa y Saravia visitó la región y encontró las  antiguas encomiendas desoladas y arruinadas, los  indios maltratados en los llamados reales de minas y se dio cuenta de los abusos continuos de los encomenderos.

Ante la ruina de Opirama y el poco número de sus vecinos,  el visitador de la Real Audiencia trasladó los pocos habitantes de ese Resguardo al vecino Resguardo de  Quinchía, y para evitar que regresaran a Opirama ordenó quemar los ranchos y destruir la capilla del antiguo pueblo de la sal..

Como en Opirama se lograban hasta dos cosechas de maíz al año,  los nativos de Guática, asentados en tierras  frias de escasa producción intentaron ocupar la zona de Opirama en el año de 1798; surge entonces un grave conflicto entre los resguardos de Quinchia y Guática por las tierras de Opirama que requirió la intervención de las autoridades virreinales  y  se definió a favor de los vecinos de Quinchía.

Durante la época colonial y muy avanzada la Republica se explotaron las aguas saladas de la zona y el oro de la quebrada Buenavista, donde los españoles habían establecido un Real de Minas.

La mayor parte del territorio del actual Santa Elena   estuvo  deshabitado hasta que nativos  procedentes de las parcialidades de Naranjal y de Mápura y vecinos  de los Resguardos de San Lorenzo y Tabuyo empezaron a repoblar su territorio. Según la tradición, pues no hay nada escrito, entre los primeros pobladores del moderno Santa Elena se recuerda a Bisael Antonio Chiquito y Rafael Aricapa quienes llegaron con sus familias a la zona que llamaron Guadualejo, debido a  la abundancia de guaduas. Los primeros colonos construyeron sus viviendas en bareque, costumbre que se conserva pese al uso del cemento y los ladrillos.  Años después,  quizás en la década de los cuarenta del pasado siglo, llegaron a Guadalejo Juan Esteban Ortiz, Santos Ladino y  Angel Gañan  y levantaron una humilde capilla que por mucho tiempo congregó a los vecinos.

El Resguardo de Quinchía repartió las tierras de Guadualejo a tal punto que hoy son  microfundos que no alcanzan a cubrir las necesidades primarias de los habitantes; a  mediados del siglo XX algunos antioqueños compraron mejoras en Santa Elena y se establecieron en las vecindades y por esa misma época empezaron a llegar al corregimiento algunos nativos emberá- Chamí procedentes de Mistrató y  el Chocó Estos tres grupos: los primitivos habitantes, los emberas- chami y los mestizos paisas, son la base actual de la población del corregimiento.

LA EDUCACIÓN EN SANTA ELENA

Santa Elena alcanzó la dignidad de corregimiento por acuerdo No. 007 de 1961, sancionado por el alcalde Pedro Pablo Mosquera.  El caserío empezó a figurar  en los archivos oficiales en 1932 cuando se nombra a la señorita Julia Rosa Quintero, directora de la escuela alternada de Guadualejo y en 1940 con el nombramiento de Rosario Romero como maestra de la escuela alternada.

Apenas en 1992 se funda la Institución Educativa Santa Elena con Dagoberto Castro Portocarrero como primer profesor. Fue una entidad satélite del Instituto San Andrés de Quinchía y una iniciativa del alcalde Mario Ibarra Arias que dio sus primeros frutos en 1998  con los primeros bachilleres egresados del plantel. En el año 2002 el colegio de Santa Elena empieza a funcionar como entidad autónoma, lo que marca el decisivo arranque cultural del corregimiento.

La comunidad Embera- Chamí  hace parte del resguardo indígena Karambá en proceso de formación ; este grupo  contribuye a la cultura de Santa Elena con su lenguaje, las leyendas y un grupo de danzas que ha representado al corregimiento  en presentaciones municipales y departamentales. Las  actividades  de los Embera- Chamí  se desarrollan en  una construcción de guadua  llamada el Tambo, que es un punto de encuentro diferente a la caseta comunal utilizada por el resto de los lugareños.  Cada una de las veredas de Santa Elena cuenta con su Acción Comunal y bajo la orientación de sus juntas surgen proyectos y se concretan aspiraciones  de las comunidades.

TIEMPOS DIFÍCILES

La región  ha sido particularmente castigada por la violencia; en los años cincuenta del siglo pasado los “pajaros” o  asesinos de partido oriundos de  municipios vecinos asolaron  el territorio; en respuesta a sus atropellos se conformaron grupos bajo el comando de Medardo Trejos, alias “Capitán Venganza” para oponerse a los antisociales que estaban llenando de pánico y sangre los campos quinchieños.  En territorio de Santa Elena  se libró el combate en el “Corozo” donde se enfrentó la banda del “Capitán Venganza” con bandidos llegados de Anserma y  Guática. El  incendio de los cultivos de caña hizó salir a campo abierto a los “ pájaros” , que ante la superioridad numérica de sus adversarios optaron por retirarse  por donde habían venido. Nunca se conoció el número de las víctimas en este violento encuentro.

Por los años sesenta del siglo XX  merodearon por la zona  los integrantes del frente Oscar William Calvo del EPL. El comandante “Iván” murió a manos de sus compinches y “Leyton” fue blanco de las balas del gobierno. Como se ve la existencia de los vecinos de Santa Elena no ha transcurrido en un lecho de rosas;  sin embargo esta comunidad mayoritariamente indígena, pese a todos los contratiempos,  está encontrando un rumbo a su destino.

LEYTON, EL VERDUGO DEL PUEBLO  (Tomado de revista SEMANA)
 
"Por primer a vez en los 120 años desde cuando fundaron Quinchía, la muerte de un paisano encendió una fiesta que no dejó remordimientos. Tal explosión de júbilo fue el exorcismo con el que muchos de los 40.000 habitantes de este escarpado municipio al nororiente de Risaralda se sacaron de encima el miedo acumulado durante más de siete años. Ese fue el tiempo en el que alias 'Leyton', un comandante del Ejército Popular de Liberación (EPL) oriundo de la región, los tuvo acorralados. Para algunos lugareños, la felicidad de saberlo en otro mundo es inocultable: "En el infierno o donde sea, pero lejos de nosotros", sentenció la vendedora de yerbas y pomadas milagrosas de la plaza.
 
   Al terminar la misa de las 6 de la mañana del pasado 8 de julio, el rumor de su muerte empezó a recorrer las calles del pueblo. Sólo se detuvo al mediodía, cuando se convirtió en noticia confirmada por las autoridades. Ese sábado a las 3 de la tarde, el mayor Sergio Carreño, director del Gaula del Ejército y responsable de la cacería de 'Leyton' -en un acto inusual y controvertido-, enseñó al guerrillero a decenas de curiosos que se agolparon frente el anfiteatro a donde fue trasladado en helicóptero desde Manizales por pedido de Jorge Uribe, alcalde de Quinchía. "Para los que no creen, así es como terminan los bandidos", fue la arenga que Carreño soltó mientras exhibía el cadáver. En ese instante sonaron los primeros voladores que dieron paso a la celebración.

Aunque no fue una verbena, el ambiente era festivo y relajado. "Llamo pa'avisarle que ya puede volver al pueblo, pues acaban de matar al bandido que lo tenía seco, además, pa'que me dé permiso de tomarme una botella de guaro a su salud", fue el mensaje de voz que le dejó el administrador de una de las cantinas del pueblo a su jefe en el celular y que conserva como prueba de la emoción del momento. Cada cual buscó su manera de expresar la alegría y la tranquilidad que les trajo la noticia. Incluso hay quienes guardan como recuerdo la foto del difunto, que tomaron con sus celulares.

Con su muerte se enterraron también varios mitos que se habían construido en torno a él. "Decían que tenía pacto con el diablo y no le entraban las balas, que era brujo y se convertía en animal para escaparse", comentó un líder cívico de Quinchía. También sirvió, en parte, para quitarse de encima el estigma de ser una zona que apoyaba a la guerrilla.

La estela de terror y muerte que dejó Berlaín de Jesús Chiquito Becerra, alias 'Leyton', se comenzó a escribir en 1999, cuando salió de la cárcel luego de pagar una condena por extorsión y se vinculó al EPL. Tenía 20 años pero muy pronto daría a conocer su instinto sanguinario, "mató de un tiro a la primera mujer que secuestró mientras hablaba con su esposo por teléfono y le exigía el rescate", recuerda Bernardo Isaza, ex personero del pueblo.


Al año siguiente, luego de asesinar a su antiguo jefe, asumió el mando del grupo guerrillero en la zona y extendió su campo de acción a una vasta zona del Eje Cafetero que comprende, además de Quinchía, los municipios de Guática y Mistrató en Risaralda, así como Anserma y Riosucio en Caldas. 'Leyton' tiene el récord de haber secuestrado a 29 personas y asesinado a otras 13 en los últimos cinco años, según datos del Gaula del Ejército. Entre sus golpes más sonados se cuenta el reciente plagio de Juan Carlos Lizcano, hijo del ex congresista Óscar Tulio Lizcano.

Su capacidad criminal no conoció límites. En 2002, para evitar ser capturado, asesinó a su propia hermana, según dicen, porque pensó que iba a delatarlo para ganarse la recompensa, ya que hablaba mucho por teléfono. Igual suerte corrió una de sus primas, a la que asesinó en septiembre de 2005 porque frente a su casa se estacionaba con frecuencia una camioneta con los vidrios oscuros. Después se supo que era un carro de la secretaría de Salud departamental, donde ella trabajaba. Su fama sanguinaria llegó a su punto máximo cuando descubrió un comando de cinco guerrilleros de las Farc que iban a matarlo. Los degolló y colgó sus cabezas donde la gente pudiera verlas. El miedo se regó por veredas y trochas. De ahí que no es difícil entender que su nombre alcanzara connotaciones de mito.

Más allá de los límites de Quinchía hubo recelo ante la noticia de su muerte. Los habitantes de algunos corregimientos en los que la presencia del Estado es mínima, donde 'Leyton' y sus hombres se habían encargado de establecer un principio de orden terrorista de acuerdo con su retorcido criterio. Un orden que, a pesar de su connotación sangrienta, algunos añoran.


Los ancianos tampoco celebraron. En su memoria permanece el recuerdo del 'Capitán Venganza', un sanguinario bandido que en la época de la violencia partidista, tuvo a Quinchía bajo su azote. Creen que en esta región la sangre corre en un ciclo que no termina nunca. "A rey muerto, rey puesto", contestan cuando se les pregunta si creen que el peligro pasó."



Santa Elena es un territorio de  leyendas: según ellas  en el cerro Opirama moraban los tamaracas, o genios del mal, que en forma de plagas  atacaban a los nativos, mientras en  la la cúspide del cerro Batero, en territorio del actual corregimiento de ese nombre,  vivían el dios Xixaraca  y la diosa Michua que al contrario de los tamaracas favorecían a los nativos. En las crónicas de la Conquista se habla del cacique Atucifra, amo y señor de Tuza cuyo dominio  llegaba hasta las vertientes del rio Opirama.


Historia y leyenda se mezclan en un pasado  brumoso que es necesario descubrir.
     


   



 

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