martes, 6 de marzo de 2018

SAN PEDRO DE LOS MILAGROS

Alfredo Cardona Tobón*
 


Por allá en 1955  con mi amigo “Chepe Toño”  Restrepo solíamos rematar la semana “puebliando” por Antioquia; madrugábamos los sábados y en bicicletas de turismo desafiábamos las rudas vías sin arredrarnos ante las  lomas de Santa Elena, Las Palmas, Minas y demás obstáculos que vencíamos unas veces a  pedal y otras veces caminando.

Varias veces remontamos el Alto del Picacho con dirección a San Pedro de Los Milagros. Recuerdo una carretera estrecha,   llena de polvo en los veranos y de lodo en las épocas lluviosas, como ocurría en ese entonces, con todas las carreteras de un departamento casi aislado del resto de Colombia.

 La vista era espectacular y sigue siendo maravillosa; en ese tiempo Medellín no era más grande que la actual ciudad de Pereira, el rio Medellín no estaba canalizado, había un gran aviso de Coltejer en la colina del barrio Enciso y lo más alejado era el barrio Bermejal en la zona de la loma y San Javier en la parte plana. La localidad de Bello no era más grande que el actual Chinchiná y muy abajo del Picacho asomaba San Cristóbal, de casas bajas y palos de guayabo en todos sus potreros.

A ritmo lento avanzábamos con nuestras bicicletas con rumbo a San Pedro, en medio de helechales donde emergían vacas de raza blanca orejinegra, de poca alzada y ubres diminutas que no guardaban más de dos puchas de leche; había algunos cultivos de papa, otros de hortalizas y pobreza venteada por donde se mirara.

 Sesenta y tres años después regresé a San Pedro de los Milagros; iba en automóvil con mi hija Nadya y mi yerno Rodrigo, por una ruta asfaltada y recuerdos que el tiempo ha llenado de baches. Busqué el ranchito donde paraba con “Chepe Toño” a tomar aguapanela con limón y a coquetear con unas campesinas pizpiretas, que en ese entonces, a los 17 años de edad, veía como las mujeres más bellas del universo. En las curvas y al lado de los arroyos esperé encontrar el bosquecillo poblado de ruidosas  guacharacas que marcaba otro alto en el camino; quise descubrir el humo de las casas desperdigadas en el horizonte, pero había desaparecido el  rancho de la aguapanela con las ninfas  campesinas, el bosque de las guacharacas y las volutas cenizas de los fogones de leña; en cambio de todo  aquello vi  casas campestres y establecimientos comerciales, los helechales  convertidos en potreros con pastos mejorados y cultivos industriales, vacas de raza que producen  en total 750.000 litros diarios de leche además de queso y mantequilla y en vez de las chimeneas labriegas se levantaban las de COLANTA y otras empresas que brindan trabajo a centenares de asalariados que la modernidad  le arrebató  a la  zona rural.

El San Pedro de Guamurú de la época colonial empieza a figurar en los documentos oficiales del año 1624; en  1726  cuenta con una  capilla rodeada por tres ranchos y en   1808  es un caserío con  75 viviendas. Hoy la mera zona urbana alberga 20.000 vecinos, a los que se suman otros 15.000 que habitan en los 225 kilómetros cuadrados del resto del territorio. Miles de hatos convierten a San Pedro de Los Milagros en el primer municipio lechero de Colombia, por encima de Sopó y de Ubaté y sus atractivos naturales lo han convertido en el cuarto municipio turístico del Departamento.

En 1874 los católicos iniciaron la construcción del templo elevado a Basílica Menor por el papa Juan Pablo II. Es una joya ornada con plata y oro donde desde 1774 se venera un Cristo milagroso que identificó al poblado como San Pedro de los Milagros. Veinticinco cuadros con motivos bíblicos, ubicados en el techo, dan magnificencia al lugar, al igual que una réplica de La Pietá de Miguel Ángel que no desentonaría en el Vaticano.


Medio siglo es nada en la historia de un pueblo y es poco para las enormes transformaciones que se ven en localidades como San Pedro de Los Milagros, donde en cinco décadas los campesinos de ruana y pie en tierra se convirtieron en ciudadanos con ropa de marca, celular, motocicleta, estudios secundarios y visión de negocios. Es la muestra de la Colombia nueva cuya gente trascendió las parroquias y abrió sus mentes a un mundo que se achicó y dejó de ser ajeno. En San Pedro de los Milagros nació Luis López de Mesa, médico, escritor y erudito;  en sus calles y caminos empezó a pulir la santidad el beato Mariano de Jesús Euse Hoyos, el famoso “Padre Marianito”.

La población es la ventana cultural del norte antioqueño con una gran  biblioteca, Escuela Normal, colegios de educación secundaria…  Su comercio es rico y variado. Al contrario de otras localidades paisas, San Pedro no se ve inundado de cantinas y bares ruidosos ni está afectada por parches de miseria, es un lugar apacible, limpio,  con  ofertas gastronómicas donde sobresalen los derivados de la leche. Una de las atracciones es la “Vía Láctea”, un parque temático identificado por una vaca colosal llamada “Manuela” que se construyó en lo alto de una colina.
                                            Manuela en  la Via Láctea
 

Han transcurrido muchos años desde las trepadas en bicicleta hacia San Pedro de los Milagros. Con tantos años encima sudé para recorrer a pie la pequeña cuesta hasta el parque, pero valió la pena admirar las casonas de bahareque con zaguanes de piso de azulejos y contrapuerta calada, los ventanales forjados y los aleros con teja de barro. Lo único malo de esta bella población antioqueña es esa proliferación de cajones de cemento que aceleradamente van remplazando la arquitectura de guadua que enaltecieron los abuelos. No sé qué piensan los planificadores municipales que están dejando perder uno de los tesoros más preciados de nuestros hermosos  poblados.

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