miércoles, 28 de febrero de 2018

DON TOBÍAS DIAZ


Artículo basado en el escrito de  "luis caicedo" <albicentenario@gmail.com




Amigos:
 En la mañana del  24 de febrero de 2018, se fue media historia de Riosucio, aquella que se construyó en "la tradición oral que pasó por los cafés Boyacá, El Cosmos, El Popular, El Republicano, las boticas, las peluquerías, la alcaldía y la notaria"-
- César Valencia Trejos.

 

Esa mañana del 24 de febrero , murió don Tobías Díaz, nacido en la Calle de los Chorritos, a la salida para Anserma;  niño inquieto y viejo enamorado quien desde muy pequeño se ganó unos centavos haciendo mandados o como garitero en las minas de Gabia; fue nadador asiduo del charco "Los Quingos" del río Riosucio; testigo presencial del voleo de bala entre los liberales de la plaza de abajo y los conservadores de la plaza de arriba; linotipista de "El Espectador" y también vendedor de cuadros de santos en Tunja; tipógrafo; editor de  periódicos locales; maestro de la tautología y autor de obras como  "El libro de Tobías", y e"El otro libro de Tobías" que muestran de cuerpo entero la identidad riosuceña. 

 

De una memoria prodigiosa,  don Tobías describía  las casas y negocios de los dos parques entre 1930 y la actualidad; recordaba las salinas entre Quinchía y Riosucio, y conocía los nombres reales  de los personajes de la novela "Historias del viento en la cordillera".

Al partir don Tobías deja una viuda, una hija y cuatro hijos  mayores; a los 95 años de edad dejó este mundo de repente en su casa de la Calle de los Fundadores; murió aliviado, pues  hasta el día anterior a su deceso varios amigos conversaron  con él en la calle que sube de la Galería, otros  tomaron tinto con don Tobías  en "El Deportivo" o lo vieron parado en la esquina del parque de La Candelaria, como simple espectador del tráfago de un pueblo que corrió por las venas de este gran ruiosuceño.

Don Tobías se construyó él mismo. Poco o nada le ayudó la Academia, pues solo pasó por los bancos de la escuela.  Su universidad fue la vida y las calles de Riosucio.  Conoció la historia moderna de su pueblo  que divulgó en los paliques animados por tragos de aguardiente y en libros campiranos que no serán obras maestras de la literatura pero valiosos tesoros para quienes viven arropados por la sombra del cerro del Ingrumá.


De “ El libro de Tobías”, se toma el siguiente articulo que en forma desapacionada recuerda uno de los innumerables momentos trágicos del poblado:

 

1934. ABSURDO, SANGRIENTO Y DOLOROSO EPISODIO.

Tomado de “El Libro de Tobías” – autor Tobías Díaz

El domingo  12 de agosto  de 1934  se celebró una masiva reunión conservadora y los oradores, en abierta oposición  a los programas sociales del recién posesionado  presidente liberal Alfonso López Pumarejo, con frenética ardentía caldearon los ánimos de las huestes azules, llegando hasta incitarse  a marchar hacia el Cuartel de la Policía, con el fin de apoderarse de las armas.  Fue así como vivando al  sacratísimo  partido y con agresivos abajos al gobierno liberal, “fuertemente” armados con astillas de leña, garrotes, machetes y uno que otro revólver, salieron masivamente  de la vieja casona del Teatro Cuesta a buscar su cometido.

Como pólvora se extendió la novedad por todo el poblado. En minutos afluyeron a  sus respectivos fortines: los azules en la plaza de arriba  y los rojos en la de abajo.  Trabose el zafarrancho verbal  entre gritos y aullidos: “Bajen godos hijueputas”, “Suban  rojos malparidos”…. ante la impotencia del alcalde don Luis Hencker y del teniente Carlos Duque para evitar el enfrentamiento. El saldo trágico fue de cinco ciudadanos dados de baja absurdamente.

Para infortunios, los respetables jefes de las colectividades en pugna, don Nestor Bueno y don Gabriel de La Roche, en ese aciago día estaban ausentes de la ciudad. Con su presencia, de seguro, hubieran salvado la situación en forma incruenta, la que en pocas horas se tornó trágica y mortal. Lo inmolados fueron los señores Nazario Guerrero, Roberto Betancur, Neftalí Hoyos, Carmelo Londoño y Enrique Alvarez.

Recuerdo que el día de sepultar los cadáveres, la ciudad estaba vestida de azul y militarizada. En medio de gran tensión, en el viejo cementerio de “El Carmen” pronunciaron emocionadas oraciones fúnebres entre otros los doctores Silvio Villegas Augusto Ramírez Moreno y Federico Estrada Monsalve, ilustres exponentes del conservatismo colombiano, quienes con sus encendidas arengas a los copartidarios, impregnaron  también  de justo temor a los curiosos  quizás imprudentes mezclados con la dolida muchedumbre.

En este verídico relato, como testigo presencial del fatídico enfrentamiento, no podría sustraerme a resaltar algunos valerosos y humanísticos gestos y detalles producidos en medio de la agitada refriega.

Al tomar contacto los grupos contrincantes, comenzó el “voleo” con palos, machetes y hasta piedras. Lleno de  nervios me encontraba en la verja por fuera del parque, cuando observé por los lados del atrio a un campesino que  voliaba peinilla al aire, como en calentamiento,  y sigilosamente don Elías  Franco se parapetaba tras la palma, desde donde le disparó  y el proyectil pasó  rozándole una de las orejas. El solitario esgrimista dio tres vueltas al derredor y cayó.  Don Elías creyó haberlo matado, pero no,  el hombre se quedó aturdido por algún rato, pero con el oído perdido para siempre.

Despavorido de miedo, corrí hasta el viejo carbonero a parapetarme, y, justo al frente se batían a peinilla limpia los reconocidos esgrimistas don Vicentico Mápura y don Efraín Castañeda. Cuando este, más alto y corpulento, ya había recibido dos leves puntazos, un señor Hoyos, oreño, disparó contra Vicentico, hiriéndole en un pierna.  De inmediato don Efraín se volteó requiriendo al intruso: ¿ Por qué lo hizo,.,. este es un verraco capaz de pelear con yo… no lo vayan a matar..” y se quedó cubriéndolo con su cuerpo y con su arma hasta que Tino (hijo)  retiró a su padre hacia la acera, justo a la puerta de los “Miamos” Soto,  de donde sacaron en noble gesto un taburete para facilitar el traslado por el estrecho callejón de “El Ciprés”, cuya cañada había que cruzarla por un puente de tres guaduas.  Es de anotar que los “Miamos” orinaban más que azul de Prusia, lo que resalta muy meritoriamente su actitud humanitaria.

La reyerta estaba al rojo vivo,  cuando aparecieron por el parque los gendarmes disparando al aire sus “chopos” para dispersar a los combatientes. Muchos en tropel se desbandaron, pero otros insistían en seguir peleando,  y así  se precipitó la macabra  balacera.

A pesar de todo, en esos luctuosos días no podía faltar la connatural chispa riosuceña. Al comentarse los insucesos se produjo el siguiente diálogo con un célebre y fanático  personaje, dizque coronel  de la guerra de los Mil Días:

- Pero Burguitos. La policía disparó al aire.

- Si claro... y los cinco goditos  que cayeron, eran palomitas  que iban volando.¿ no?.

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