martes, 2 de enero de 2018

EL PODER DE LA DECENCIA



Alfredo Cardona Tobón

 


Al empezar el año 2018 muchas inquietudes nos hacen reflexionar sobre el futuro inmediato de nuestra Patria, los retos de la implantación de los acuerdos de paz y el relevo de la presidencia de la república.

Aún se ven personas que se oponen a un arreglo negociado con los grupos insurgentes;  uno imagina que son personas que nunca sintieron la angustia de oir a media noche los ladridos de los perros anunciando la presencia de gente desconocida en una finca dejada de la mano de Dios y del Estado, o gente que no sintió los aguijones del hambre y el frio que atormentan a tantos desplazados o no han perdido un hijo, un hermano, un pariente  a manos de guerrilleros  y de soldados.Qué sabe la Paloma Valencia, o Uribe Vélez o cualquiera de esos personajes resguardados por la fuerza pública, o protegidos en sus alcázares citadinos,  del dolor de las víctimas que no dudan en brindar perdón y olvido  con tal de reanudar sus vidas libres de las amenazas de los violentos?

- En todas las épocas y en todos los rincones del mundo las guerras terminan en un escritorio y en todas ellas ha habido amnistías  y perdones. Al finalizar un conflicto el asunto no es cobrar venganza sino reconocer el mal y tener el valor de confesar las faltas con el propósito de no volver a cometerlas. El perdón es un principio cristiano y no se por qué no se reconoce cuando a voces nos identificamos como cristianos.

Hace pocas horas terminé de leer el libro “El Poder de la Decencia” de Sergio Fajardo. Recomiendo  a quienes estén hastiados de ofensas y diatribas y estén hastiados de la clase  que ha gobernado a Colombia, que lean este libro de 195 páginas, escrito en forma coloquial y fluida, donde un colombiano de clase media, como usted o como yo,  propone ideas distintas a las tan trilladas por los políticos de todos los colores y pelambres.

En “ El Poder de la Decencia” , Sergio Fajardo muestra como un paisa perteneciente a una  familia tradicional de sólidos principios éticos, se ha convertido en una opción de cambio en esta sociedad permeada por la corrupción, el crimen, el dejar hacer y el egoísmo.

Las propuestas de Fajardo no son utópicas, piensa como pensamos millones de colombianos que inexplicablemente seguimos eligiendo  a los incapaces que nos gobiernan y permitiendo la inequidad que abruma a esta sociedad que parece no conmoverse con tanto asesinato, el hambre de nuestros niños, el dolor de los huérfanos, la miseria de gran parte de nuestra población. Fajardo, como tantos de nosotros,  no acepta que el fin justifique los medios,  que el poder sea para enriquecerse, que el voto se considere una mercancía y  que  las oportunidades sean el derecho exclusivo de unos pocos.

Fajardo ha mostrado que sus ideas se pueden convertir en realidad como se vio cuando fue alcalde de  Medellín y  gobernador de  Antioquia. En sus mandatos dio prelación a la educación de calidad  con programas innovadores  y mostró  que se  puede agrietar y tumbar el muro de la desigualdad que impide el desarrollo de las comunidades  desfavorecidas. Fajardo no hace parte de los clanes del poder ni es parte de las camarillas que reparten el botín del Estado; es un hombre pulcro y decente que no promete puestos ni adjudica contratos en pago de coimas. Es un hombre  cuyas banderas son la honestidad y la trasparencia y considera que la belleza y la comodidad pueden ir de la mano con las soluciones populares como se vio al establecer modernas bibliotecas, parques, colegios y centros comunitarios en los barrios pobres de Medellín y en las poblaciones antioqueñas.

Estamos acostumbrados a las campañas de desprestigio: calumnien, calumnien que algo queda de la calumnia, decía Laureano Gómez y Alzate Avendaño  pregonaba que para conseguir el poder todos los medios se permitían, hasta los más innobles. Es lo mismo que  piensan los actuales políticos que se resisten a cambiar el viejo estilo. En las campañas de Sergio Fajardo no vemos ofensas ni descalificaciones, vemos solo propuestas e ideas. Siendo alcalde y gobernador, Fajardo no hizo componendas con el Concejo o con la Asamblea a cambio de su apoyo y rechaza la  “mermelada” que corrompe y tapa los desfalcos y demás robos.

Para conseguir votos se  habla de atajar la corrupción y poner en cintura a los “padres de la Patria” con sus prebendas, sus mañas, su descaro y la  falta de compromiso con el pueblo. Llegó César Gaviria y acabó con la industria nacional al dar paso al libre mercado cuando no estábamos preparados, vino Pastrana y se fortaleció la violencia, luego Uribe con la plutocracia y su carga de odio y ahora Santos con el reinado de bogotanos alejados del resto de Colombia y cuyo mérito es la vinculación con los clanes de parásitos que han vivido del estado y figurado como próceres de la Patria.
                                   Sergio Fajardo, Claudia López, Jorge Robledo

Fajardo es un académico a quien el pueblo lo acercó al mundo real; tiene  la ventaja  de que no siente que el mundo está en deuda con él y siente que su misión es liderar un compromiso de cambio. No adora al becerro de oro, no pertenece a los clanes del poder, es un hombre de hogar que le apuesta a la  educación, a la pedagogía por la paz, a la tolerancia y la solidaridad, al campo de la mano con la tecnología.

Fajardo acaba de  construir una coalición con Claudia López, del partido Alianza Verde, y con Jorge Robledo, del Polo Democrático, reúne asi tres tendencias positivas. Es  hora de cambiar de tercio y llevar al Palacio de la Carrera a una nueva clase dirigente, con propuestas frescas, con amor a la  patria. Es hora de arrojar a las tinieblas a quienes como lapas han vivido del sudor del pueblo.



NOTA
Con profunda decepción escuché una entrevista a los candidatos a la presidencia. Petro estuvo bien  pero Fajardo, en especial,  mostró una deficiente cultura general y hasta afirmó no llenarse el cerebro con cosas sin importancia, que para eso estaba el Internet, lo que expresó cuando le preguntaron por cuantos páramos había en Colombia y cual era el más grande.
La falla de Fajardo es común en los matemáticos que creen que el conocimiento solo encaja en ecuaciones.  Mala seña. Muy mala seña.

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