sábado, 16 de diciembre de 2017

BAUDILIO MONTOYA- EL RAPSODA QUINDIANO

 

Por Carlos Alberto Villegas Uribe

  Talla  en madera- maestro  Cartujias-1966
 

El domingo por la tarde

llegando a Pueblotapao

cayó en Mitad del Camino

José Dolores Naranjo.

 

Sus padres, partícipes de esa epopeya de la esperanza que se denominó la colonización antioqueña, partieron con él desde Rionegro, cuando tenía cuatro años de vida y se radicaron en Calarcá, un incipiente caserío del antiguo Caldas, hoy convertida en la segunda ciudad del departamento del Quindío, a la cual siempre consideró como su tierra natal.


Talla en madera del Maestro Cartujias (1966)


Allí creció bajo la sombra protectora de robles, cafetos y guaduales, se hizo maestro de escuela y empezó a cultivar la poesía como condición vital de su existencia. En 1938 recoge en su primer libro: Lotos, los poemas que ya se conocían en el ámbito literario regional, en los tradicionales juegos florales y en la naciente radio regional. Posteriormente aparecerían Canciones al Viento (1945), Cenizas (1949), Niebla (1953), Antes de la Noche (1955) y Murales del Recuerdo, que constituyen la totalidad de su corpus poético editado. Quedan algunos versos manuscritos, con correcciones del poeta, en poder de su familia que esperan ser publicados aún.

 

Con ancho lote de angustia

y bajo un cielo de invierno

va el corazón avanzando

camino de Montenegro

Yo no se que es lo que siente

Pero le duele un recuerdo.

 

Luego de beberse todos los paisajes y de contar líricamente las historias, las angustias, alegrías y tristezas de los hombres y mujeres de su comarca quindiana, falleció en Calarcá el 27 de septiembre de 1965. Como homenaje póstumo, el Comité Departamental de Cafeteros del Quindío, editó una antología de su obra poética con el título: Baudilio Montoya: Rapsoda del Quindío. Con este nombre se quiso identificar el carácter social que caracteriza la voz de Baudilio Montoya. Una obra que en el sentir del escritor Lino Gil Jaramillo (1972): Transustanció en sus canciones las inquietudes sentimentales de la gente del agro y la aldea, de los campos y los caminos, por los cuales anduvo de pueblo, en pueblo y de mesón en mesón cantando y soñando, viviendo y muriendo, como los rapsodas antiguos o los trovadores medievales.

 

Ah, caminos de mi tierra

caminos hoy sin amparo

caminos ayer tan buenos

pero ahora tan amargos

caminos por los que viví

y por los que ahora estoy llorando

Y donde tantos caerán

al comenzar el ocaso

como cayó sin saberlo

José Dolores Naranjo

 

En Rapsodia del Quindío, el escritor y periodista Héctor Ocampo Marín afirma que la poesía de Baudilio Montoya es de corte romántica, concebida con notable dignidad; interpreta con sincero dramatismo la angustia del pueblo, los sentimientos de su gente, calidad que le da prestancia y prolonga la vigencia de esta poesía sencilla y trémula, pero autentica y honrada. Comprendida desde la perspectiva de la escuela romántica, trascendida por los poetas capitalinos de su tiempo, el crítico Jaime Mejía Duque vindica la producción poética de Baudilio Montoya: Con ostensible coherencia estética y moral siguió siendo romántico y braceando como tal por entre los desajustes y las fisuras de una modernidad que definía ya las avanzadas literarias de América Latina. Aseveración que permite validar y releer desde el contexto la obra producida por un autodidacto, que nació, creció y expresó sus vivencias en una Colombia que aún no iniciaba su transito definitivo de lo rural a lo urbano. No aparecen en la obra de Baudilio Montoya - no podrían aparecer sin sonar a impostación, a falsedad, a producción libresca, a ampulosa retórica - las angustias del hombre urbano, citadino, pero si una concepción metafísica que le permite acariciar desde la realidad vegetal que lo circunda una relación profunda con el cosmos.

 

Dame un árbol amada, cuando muera

que me acompañe en mi reposo eterno.

Un sauce fiel que se levante grave

señalando la paz de mi silencio.


(…)
Por su tronco, tatuado por los años,

todo cicatrizado por el tiempo

ascenderá mi espíritu anheloso

a contemplar la inmensidad del cielo.

 

El poeta y crítico literario Carlos Alberto Castrillón, autor de la antología poética: Quindío Vive en su Poesía (2000), señala respecto a la indagación metafísica de los versos de Baudilio: El solar es el espacio de sus versos, el ámbito de los recuerdos que alegran el dolor, el lugar de la cotidianidad. Es el sol, el campesino con su carreta, la mujer en su diaria labor, las estrellas que apenas se asoman y el crepúsculo como una 'opulenta catedral en llamas'. Pero es también el atardecer, no sólo como el último aliento cromático de sol, sino como la puerta de entrada a los misterios nocturnos. Es el árbol que crece con la savia de los muertos, y desde el cual el alma puede asomarse de nuevo al mundo. Son las cosas en las que se hace perenne la memoria de los muertos. Es la intuición metafísica que ve la armonía del cosmos que se repite en la flor y en la semilla. Sin duda alguna su condición de poeta social, en el doble sentido de la palabra: aquel que participa de la vida cotidiana de un grupo humano, y aquel que da sentido a su obra denunciando atropellos y tropelías de los poderosos, es la que ha hecho perdurar su legado literario en el corazón de sus coterráneos sobre la obra de otros poetas, considerados por los académicos, de mayor proyección nacional. En su comentario sobre el Baudilio, Carlos Castrillón agrega: El magnetismo natural de su persona y la presencia en su obra del sentir conjunto de un pueblo, lo convirtieron en el poeta más popular entre nosotros. Ningún poeta quindiano ha sido tan conocido, admirado y leído, ni sus versos aprendidos por todos como los de Baudilio Montoya.


En el capítulo Poemas de la Gleba, del Rapsoda del Quindío, la voz de Baudilio se alza con su arsenal poético para denunciar el engaño social del mito navideño, se apoya en versos menores que reiteran la nadería de la costurera frente a quienes se lucran de su trabajo y recurre al soneto para realizar en un apunte rápido, que tiene el encanto de los bocetos, la inicua existencia del perro proletario condenado a la limpieza social, símbolo absoluto del desarraigo y la miseria. En Poema Negro, acude al barroquismo para pintar el fausto al que no será invitado el hijo de algún lejano y oculto sacrificio. El poema Guardián participa en su esencia de ese sentimiento cuando expresa la tristeza de la pérdida de uno de sus perros por culpa de un magnate engreído por el triste poder de su dinero. Y falta en la antología la inclusión de un poema que señala la farsa social de una religión que tiene como mandato la caridad, un poema dedicado a Pacheco El Carbonero, cuyos hijos no tuvieron suficiente dinero para pagar a los clérigos venales los gastos de su entierro.




Baudilio clama por su tierra, por su paisaje, por su gente, por una violencia secular que se ensaña con el más pobre, con ese José Dolores Naranjo, que también fue símbolo nacional en la caricatografía política de Hernando Turriago, Chapete, y de Hernán Merino, en un periodo de la historia colombiana que parece duplicarse en la actualidad con ese horror de los espejos que lamenta Borges. Un tiempo detenido en la barbarie que permite al poeta perpetuar su voz para reclamar hoy por sus pescadores, por sus carboneros, por sus costureras, por los miles y miles de desplazados, campesinos sencillos, sencillos como su campo, de esos que cantan y siembran y que rezan el rosario y a ninguno le hacen mal, porque detestan el daño, hombres buenos que no saben qué vientos los han arrancado de sus parcelas.


Hoy cien años después de su nacimiento regresa la voz del poeta para gritar de nuevo la premonición que ahora nos alcanza:

 

Pero será mañana. Ciego el mundo,

tras vivo paroxismo,

rodará en encendido cataclismo

al vórtice profundo

que ensancha la justicia que demora,

y en el medroso grito de la hora,

confundiendo mezquinos privilegios,

con hórridos afanes

dirá alegre sus bárbaros arpegios

un loco torbellino de huracanes.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

EN LA VIEJA PEREIRA- EL MONSTRUO DE LA CALLE 20


EL MONSTRUO  DE LA CALLE 20*

Alfredo Cardona Tobón


Una crónica incluída en las “Remenbranzas”  de don Diego Avellaneda  Díaz, tiene como escenario el Pereira de los años treinta del siglo pasado, con los agentes viajeros, el  Hotel Savoy como su centro de operaciones y  las  inolvidables  retretas en el Lago Uribe Uribe. Era la época del Conde Drákula, de Frankeistein, de los hombres lobos, de las invasiones marcianas, de las apariciones del diablo y de las  ánimas del purgatorio vagando por estos andurriales en busca de  almas pias que las sacaran de las llamas.

Siguiendo la  tradición del capitán Asnoraldo Avellaneda,  su hijo don Diego Avellaneda publicó  en el “Diario de Otún”  una serie de artículos sobre personajes y  acontecimientos  locales; en uno de ellos se refiere a la aparición de un “monstruo”  en la calle 20  con carrera 12, que por varios días mantuvo en vilo a la comunidad pereirana.

La presencia del espanto  en  la cueva de un barranco no se regía por horario ni calendario, aunque, como afirma don Diego, el  monstruo prefería las horas de los gatos, es decir cuando la  tarde se oscurecía y entre tonos grises se iba convirtiendo en noche.

Por ese entonces una lámpara solitaria alumbraba el sitio ocupado por el ser de ultratumba; su débil luz se perdía entre las tinieblas que arropaban la calle desierta por donde  solo cruzaban quienes buscaban el camino hacia las veredas de Mundo Nuevo y unas casas de mala muerte del barrio Mejía Robledo.

Apenas se regó la bola de la aparición del “monstruo”, los  especialistas en  fantasmas y duendes,  armados con escapularios y botellas de  agua bendita, montaron guardia para enfrentarlo y mandarlo de regreso a los profundos infiernos; animados por unos cuantos tragos de aguardiente esperaron pacientemente que el ser de ultratumba se manifestara, se dejara ver, diera indicios de su presencia  o dejara  alguna huella en la cueva. Pero perdieron el tiempo. Sin embargo  no  faltó quien dijera que había visto al espanto, sentido el olor del azufre o escuchado  los ayes lastimeros de un  alma en pena.

Todo podía suceder en esos tiempos en que Clara Bow se gozaba a John Wayne y  a su equipo de fútbol, era famoso Boris Karloff, actor de las películas de terror  y la gente creía a pie juntillas que gigantescos simios semejantes a King Kong  vivian en las selvas de Indonesia.

En la época de la aparición del “monstruo”,  don Diego  era un muchacho de  pantalones cortos, impresionado, como todos los pereiranos, con el espanto de la calle 20.  Por  eso una noche llena de cocuyos y del canto de los grillos, el pelao Avellaneda se unió a una partida de gente adulta y osadamente se descolgó con  dirección a los dominios del averno.

Como había sucedido con otros cazadores de fantasmas  el “monstruo” no se presentó, pero cuenta uno de los compañeros de don Diego que los pelos se le erizaron al acercarse a la cueva. Aunque no se toparon con el espanto ni escucharon sus doloridos lamentos, los intrépidos aventureros no perdieron el viaje, pues pudieron vanagloriarse de haber desafiado el peligro, ante una comunidad que veía a Lucifer en todas la bocacalles.

La noticia del espanto  atrajo   guaqueros de Santuario, un brujo de Marsella, pitonisos y milagreros de Manizales y Armenia; en  fin, llegó gente de todas partes, unos en busca del tesoro del “monstruo” y los más para enterarse de primera mano de un  suceso con ribetes  tan espeluznantes que nada tenía que envidiar a las obras escalofriantes,  que por esas calendas estaban en boga en los estudios de Hollywood.

El monstruo de la calle 20 con carrera 12,  mantuvo en vilo a Pereira durante varias semanas, hasta que se debeló el misterio, fue entonces cuando la  hilaridad remplazó al susto, los vecinos volvieron a transitar por la zona vedada y  se calmaron los nervios de quienes  echaron  mano a  tizanas y bebidas de valeriana ante el temor  de toparse con el  “monstruo”   cuando en las noches extendían la mano para  coger la bacinilla que estaba bajo su cama.

¿ Qué  sucedió,  entonces?.

Resulta que en ese tiempo don  Emilio Vélez administraba el Teatro Caldas; al estilo gringo quiso promocionar una película de suspenso y terror  que se presentaría en Pereira después de su estreno en Manizales. Para ello  recurrió a Jonás, el portero del teatro, y lo  vistió  como el  “monstruo” de las carteleras.  Jonás era un negro grandote, de voz carrasposa y aguardentera  y caminado de gorila bravo;era el hombre perfecto para el caso. Así, pues, a la salida de la película nocturna, Jonás posesionado de su papel terrorífico  asustó a la gente que bajaba por la veinte,  en tanto don Emilio y sus amigos hacían correr la bola de un espanto por los lados de la bomba de gasolina que fundó don Enrique Millán Rubio en la calle 20,  carrera 12 esquina.

En esa  época de pereiranos gocetas , abiertos a todas las novedades, la presencia de  un “monstruo”   a pocas cuadras de la catedral sirvió para que se casaran apuestas y se animara el palique en los cafés de la plaza de Bolívar. Dice el cronista que personas  de todos los estratos, de lustrabotas hasta comerciantes   bajaban  en busca del espanto desde la Trilladora Eléctrica de Café ( donde existió  el Teatro Nápoles) y de  la legendaria agencia de alquiler de bicicletas de don Urbano Montes.

 Era como la ida al circo; esta vez no para ver los payasos ni a  los maromeros sino para sentir  al  “monstruo ” que nadie volvió a ver, pues  Jonás después de su debut, no osó  presentarse en público ya que supo de  buena fuente que dos gañanes alebrestados estaban “atisbando” al presunto ser de los infiernos, armados con escopetas de fisto y cañón recortado.
*Tomado de una crónica de Diego Avellaneda-

martes, 12 de diciembre de 2017

CIPRIANO CASTRO Y LA GRANCOLOMBIA


(La Guerra de los Mil Días desde una perspectiva internacional)


-Carlos Vidales-
                                            Cipriano Castro- Presidente venezolano



En 1898 el liberalismo colombiano estaba dividido en dos corrientes: los guerreristas y los civilistas. Los primeros crecían cada día más en número y recursos, empujados por la necia política de la intolerancia conservadora. Los civilistas, al mismo tiempo que argumentaban contra la guerra y procuraban negociar prebendas con el régimen, preparaban la infraestructura de los negocios jugosos que la inminente guerra prometía: acaparaban alimentos, almacenaban ropas, herramientas y armamento, concentraban miles de caballos y mulas en sus haciendas. Pronto llegaría la ocasión de hacerse millonarios. El pueblo llamaba a estos especuladores "los pasteleros" y hay que decir, en justicia, que había "pasteleros" liberales, conservadores, radicales y sin partido. En junio de 1898 se reunieron en Zipaquirá los liberales guerreristas Foción Soto, Rafael Uribe Uribe, los hermanos Neira, Zenón Figueredo, MacAllister, Pablo E. Villar y otros, para trazar los planes conducentes a la declaratoria de guerra civil y el inicio de las hostilidades. Unánimemente se acordó que el departamento de Santander fuera el escenario de los primeros combates, no solamente porque la mayoría de su población era liberal sino además porque era fronterizo con Venezuela y se pensaba coordinar los movimientos con la revolución que fomentaba el general Cipriano Castro en el país vecino.

No era Venezuela el único aliado potencial de los revolucionarios colombianos. Los principales jefes del alzamiento liberal habían establecido contactos con los gobiernos de Nicaragua, El Salvador y Ecuador, y con los caudillos liberales de Venezuela. Cipriano Castro contó desde el primer momento con las simpatías más calurosas de los rebeldes colombianos. Tanto antes de iniciarse la guerra civil como durante los períodos más ardorosos del conflicto, el general Rafael Uribe Uribe, caudillo de las fuerzas liberales, mantuvo estrechas relaciones con Cipriano Castro y ajustó más de una vez sus operaciones a las necesidades de su aliado venezolano. De hecho, las primeras demoras en la ruptura de hostilidades tuvieron relación con esta alianza: el 22 de mayo de 1899 el general Cipriano Castro partía desde territorio colombiano, cruzó la frontera al frente de 63 partidarios, y el día siguiente lanzó su proclama de guerra en Capacho: "No más farsa, no más opresión, no más tiranía". Los liberales colombianos lo habían apoyado y alentado, ahora esperaban que él les devolviera el favor.

Ahora bien. Aunque ya a mediados de 1898 se había resuelto romper los fuegos de la guerra civil en Colombia, todavía debia esperar el país más de un año para que se produjera la apertura de hostilidades. Tanto el partido liberal como el conservador (éste en el poder) se hallaban profundamente divididos y sus disputas internas impedían una adecuada coordinación de esfuerzos para la guerra que todos esperaban. En medio de vacilaciones, retardos, salidas en falso, motines locales y regionales prontamente sofocados y otros disturbios de menor cuantía, los futuros contendientes tuvieron tiempo para aprovisionarse de armamento y equipos, ajustar sus alianzas políticas y disponer sus efectivos militares.

La guerra estalló, finalmente, el 14 de octubre de 1899. Las fuerzas rebeldes iniciaron las operaciones en el Socorro (Santander), pero luego de unas cuantas derrotas estruendosas se concentraron en Cúcuta para esperar allí las armas, municiones y refuerzos que debería traer el caudillo Foción Soto desde Venezuela, por la vía de Maracaibo. Esos efectos no tardaron en llegar: en enero de 1900 penetró en territorio colombiano la primera columna de tropas, compuesta por liberales colombianos y voluntarios venezolanos, armada y financiada por el presidente Cipriano Castro. Éste había hecho una campaña militar admirable, cosechando estruendosas victorias y asumiendo el poder el 22 de octubre de 1899.

Una circunstancia curiosa beneficia todavía más a los liberales colombianos. El "Mocho" Hernández, caudillo popular, se alzó en armas contra Cipriano Castro, pero sus fuerzas fueron aplastadas por las tropas del gobierno. Viéndose perdido, el "Mocho" Hernández obsequió sus armas a los liberales colombianos, para evitar tener que entregarlas a Cipriano Castro. En otras palabras, las fuerzas colombianas de Uribe Uribe y Benjamín Herrera recibieron armas y municiones tanto de Cipriano Castro como de su enemigo el "Mocho" Hernández. En marzo de 1900 llegaron desde Maracaibo 1.500 fusiles y un cañón, enviados por el gobierno venezolano.

Al mismo tiempo, los liberales colombianos refugiados en Venezuela se organizaban, con ayuda de Cipriano Castro, quien les dió pertrechos, dinero y barcos en que transportarse hacia Colombia para participar en la guerra. En mayo de 1900 llegó un fuerte contingente de estos refugiados, bajo el mando del general Siervo Sarmiento, a bordo de los barcos "Rayo" y "Gaitán".

Estos barcos regresaron a Venezuela para traer el resto de las fuerzas, pero entonces se produjo la feroz derrota liberal en la batalla de Palonegro y el gobierno de Colombia se irguió, arrogante, como un implacable vencedor. Ante esta situación Cipriano Castro optó por asumir una actitud neutral y se incautó de los barcos y el resto de los pertrechos, paralizando la ayuda a sus aliados colombianos. Esta situación no duró mucho, por dos razones: primera, porque gran parte de los rebeldes liberales, destrozados en Palonegro, se dispersaron en guerrillas y la guerra se expandió, en lugar de extinguirse; y segunda, porque el general liberal Rafael Uribe Uribe se dirigió a Venezuela y logró convencer a Cipriano Castro de que el triunfo liberal dependía de la ayuda venezolana. En consecuencia, en diciembre de 1900 partió de San Antonio del Táchira una fuerza colombo-venezolana de 2.200 hombres, pertrechada y financiada por Cipriano Castro, cruzó la frontera y se puso a disposición del ejército liberal.

En febrero de 1901 se produjo la cuarta invasión de liberales colombianos y venezolanos. Esta penetró por los llanos del Casanare y obligó a las fuerzas conservadoras colombianas a dividir sus efectivos para atender este nuevo frente.

Es en ese momento cuando el régimen conservador colombiano, pese a las advertencias y reparos de muchos de sus seguidores, resolvió organizar una invasión contra Venezuela para derrocar a Castro. La medida, además de ser profundamente impolítica porque ponía a la guerra civil colombiana en riesgo de convertirse en una conflagración internacional, era además innecesaria porque las fuerzas liberales colombianas se batían en derrota en casi todos los frentes de batalla.

Probablemente nunca se sabrá cómo se jugaron las cartas diplomáticas de las grandes potencias en este episodio. Pero es un hecho, reconocido por historiadores venezolanos y colombianos, que Cipriano Castro apoyaba a la revolución liberal en Colombia porque existía el proyecto de reconstituir la Gran Colombia con Castro como primer magistrado y, además, incorporando a Nicaragua en esta nueva nación. El general ecuatoriano y caudillo liberal Eloy Alfaro, el presidente Zelaya de Nicaragua y el caudillo liberal panameño Belisario Porras estaban al tanto de los planes y ya desde comienzos de 1900 se hicieron invasiones militares desde el Ecuador y Nicaragua (por Panamá) para apoyar la sublevación liberal. En consecuencia, no se requiere mucha malicia para deducir cual podría ser el interés de los Estados Unidos, Inglaterra y Francia: hacer abortar el plan grancolombiano, desmembrar el istmo propiciando la separación de Panamá e impedir por todos los medios cualquier unión o entendimiento entre Colombia, Venezuela, Ecuador y Nicaragua.

Así, frente al proyecto de unión grancolombiana de los liberales se alzó el proyecto conservador de las confrontaciones fronterizas. La guerra civil daría paso a una sucesión de guerras internacionales. Se invadió al Ecuador, el 12 de mayo de 1900. Se amenazó con la invasión a Nicaragua, porque los liberales panameños habían recibido ayuda de esa nación para hacer un desembarco en la región de David. Y se organizó un ataque en gran escala contra Venezuela, con la esperanza de transformar el conflicto liberal-conservador en una guerra entre dos pueblos hermanos.

Para realizar sus proyectos, el régimen conservador colombiano contaba con amigos y aliados en Venezuela. El doctor Carlos Rangel Garbiras, caudillo tachirense de los conservadores, ex Presidente del Gran Estado de Los Andes , enemigo furibundo de los liberales y refugiado en Colombia, fue puesto al frente, en calidad de General en Jefe, de 6.000 hombres de línea del ejército colombiano y unos cuantos centenares de refugiados venezolanos. Y con esta fuerza, poderosa sin duda para la  época, se invadió la tierra venezolana el 27 de julio de 1901. Se daba así la primera curiosidad de este conflicto internacional: el ejército invasor colombiano iba comandado por un general venezolano, Carlos Rangel Garbiras.

Las tropas de línea de Venezuela salieron al encuentro del invasor. Cipriano Castro proclamó solemnemente que "el sagrado suelo de la patria ha sido invadido por un ejército de colombianos". Se combatió con fiereza y heroísmo por ambas partes durante tres días y medio, al cabo de los cuales quedaron tendidos en el campo más de 1.500 muertos, entre ellos el general venezolano Rosendo Medina. La última escaramuza, en San Cristóbal del Táchira, decidió la suerte: el ejército invasor colombiano fue derrotado y debió retirarse con el rabo entre las piernas y con su jefe venezolano descalificado para siempre ante la opinión pública de ambos países.

Y aquí se dio la segunda curiosidad de esta confrontación: el ejército de línea venezolano que rechazó la invasión iba comandado por un general colombiano, Rafael Uribe Uribe.

El general Uribe Uribe no fue nunca un militar de valía. Sus errores tácticos y estratégicos eran proverbiales. Cosechó derrotas toda su vida y sus méritos guerreros están en razón inversa de sus brillantes cualidades de polemista, parlamentario y líder civil. Debe suponerse, en consecuencia, que la brillante victoria venezolana en San Cristóbal del Táchira se debió principalmente a un factor sicológico universal: el soldado raso que defiende su propio territorio tiene motivaciones mucho más fuertes para luchar y vencer que el soldado raso que es llevado a invadir la patria de otros. Fue la tropa humilde, sufrida, de peones y vaqueros, artesanos y campesinos, la que decidió la defensa de su tierra.

Uribe Uribe, derrotado tantas veces en Colombia, logró una vez más el apoyo de Cipriano Castro. A mediados de septiembre de 1901 una quinta invasión liberal, compuesta de 800 hombres y apoyada por tres barcos de guerra que durante varias horas bombardearon Riohacha, logró desembarcar en las costas colombianas. El día 13, bajo el mando del general venezolano Ramón Guerra, sufrió su primera derrota en Riohacha, y el día 22 fue definitivamente aplastada en el combate de Carrapacera. Con ello quedó frustrado todo el apoyo venezolano a la revolución liberal en Colombia y, también, condenado al fracaso el plan grancolombiano.

El periódico británico Herald publicaba por aquellos días la siguiente nota:

Hay muchas razones para creer que Cipriano Castro ha entrado en una conspiración con los presidentes del Ecuador y Nicaragua y los jefes revolucionarios de Colombia, animados por el propósito de unir 4 países en una sola confederación, con Bogotá por capital. Se sabe en los círculos diplomáticos de Bogotá, Caracas y Quito que durante un año el presidente Castro ha estado fraguando aquel plan y que ha dado abiertamente poderosos y frecuentes auxilios a los revolucionarios de Colombia, con absoluto menosprecio de todo principio de neutralidad y aun de decencia. Detrás de ese aparato teatral de la unión de las cuatro repúblicas mencionadas con un solo gobierno, se descubre un plan financiero. Se le ha ocurrido al presidente Castro que este plan, por el cual él y sus socios pueden obtener posesión de todo el Istmo de Panamá y de todas las rutas del canal, es quizá una grande empresa de muchos y provechosos resultados. Un diplomático europeo.

Como se ve, la prensa inglesa no perdía la ocasión de descalificar moralmente los proyectos de control grancolombiano sobre Panamá. Ellos consideraban normal que el Istmo cayera en poder de alguna gran potencia, pero los parecía insoportable la idea de una unión grancolombiana ejerciendo soberanía sobre este territorio estrategico.

En julio de 1901 escribía a su gobierno, desde Londres, el diplomático colombiano Gutierrez Arango:

Me enteré en Londres que Venezuela está comprando armas y buques de guerra para prepararse contra Colombia. El Ecuador envió  agentes a comprar armas en Francia. De Bélgica despacharon ya 40.000 rifles y varios millones de cartuchos. Buscan por todos los medios el triunfo del partido liberal colombiano, aun haciendo una guerra internacional si fuere necesario. Nicaragua es el país encargado de hacer las provocaciones que den este resultado y Zelaya (su presidente) sigue enviando invasiones a Panamá.

Todos estos incidentes condujeron a la ruptura de las relaciones diplomáticas entre el gobierno colombiano del presidente conservador Marroquín y el régimen liberal de Castro en Venezuela, en noviembre de 1901. Desde entonces, ambas opiniones públicas han sido convenientemente aleccionadas por sus respectivos historiadores, publicistas y maestros de escuela: según ellos, se rompieron las relaciones a causa de las agresiones e invasiones "del otro". En ambos países se ha ocultado que la línea divisoria no estaba entre venezolanos y colombianos, sino entre liberales revolucionarios de ambas nacionalidades y conservadores pro-imperialistas de ambas nacionalidades.

                                    Foción Soto y Rafael Uribe Uribe


Muchos venezolanos pelearon en las filas liberales colombianas durante la Guerra de los Mil Días . El colombiano Benjamín Ruiz fue presidente del Zulia por aquellos años. Había sido presidente de Carabobo, comisionado de Cipriano Castro ante el general Paredes, hombre de confianza de Castro y perseguido por sus ideas revolucionarias en varios países del continente. Ruiz ocupó la ciudad colombiana de Cúcuta durante casi una semana (1900), pero debió evacuarla a causa del feroz sitio a que fue sometido por las fuerzas gubernamentales colombianas. También hubo combatientes cubanos, ecuatorianos, salvadoreños y nicaraguenses en las tropas revolucionarias de Colombia. Uno de los más importantes generales liberales, Avelino Rosas, había peleado en Cuba en favor de la independencia, a las órdenes de Maceo, y trajo a Colombia el Manual de Guerrillas que los mambises habían usado para su guerra patriótica. Avelino Rosas empleó los métodos guerrilleros de Maceo en el frente del sur, pese a las protestas del caudillo Uribe Uribe, que se oponía al uso de las guerrillas.

En fin, la Guerra de los Mil Días concitó un enorme interés entre todos los liberales antiimperialistas de la región y en esa perspectiva debe entenderse el odio con que fueron atacados Cipriano Castro de Venezuela, José Santos Zelaya de Nicaragua, Eloy Alfaro del Ecuador y Rafael Uribe Uribe de Colombia.

Uribe Uribe terminó asesinado por dos sicarios que le partieron el cráneo con dos hachuelas, en 1914, cuando nuevamente su figura se levantaba en reclamo de la soberanía colombiana, en vísperas de la inauguración del Canal de Panamá.

Eloy Alfaro debó enfrentar conspiraciones conservadoras financiadas desde Londres y Washington, hasta que finalmente fue descuartizado por una muchedumbre azuzada por agentes de la reacción y de las embajadas extranjeras.

José Santos Zelaya fue desalojado del poder a la fuerza, por una conspiración conservadora financiada por los Estados Unidos, que colocó en el poder al incondicional Adolfo Díaz, servil juguete del amo yanqui.

Cipriano Castro tuvo que hacerle frente a una "Revolución Libertadora" financiada por Francia e Inglaterra y organizada por venezolanos traidores a su patria. Fracasado el intento, las potencias recurrieron al bloqueo y a la agresión armada, con el apoyo diplomático cómplice de los regímenes conservadores del continente. Solamente el gobierno argentino tuvo el coraje de proclamar su apoyo a Venezuela.

En otras palabras, si hubo una alianza liberal para reconstituir la Gran Colombia y para hacerle frente a las fuerzas imperialistas en 1900, tambien hubo una alianza reaccionaria para frustrar este proyecto histórico y para desmembrar nuestras naciones y nuestra identidad.

Hay que reconocer que, por desgracia, los fracasos militares del liberalismo colombiano lo condujeron a una situación desesperada y fueron caldo propicio para el desarrollo de tendencias derrotistas y antipatrióticas. Ya en enero de 1902, acosado por la desesperanza, el general Foción Soto intentó ganarse el apoyo de los Estados Unidos en la contienda civil, con esta declaración vergonzosa:

Si el resultado final de la presente guerra favorece a los liberales, nosotros tomaremos sin duda posesión de esas propiedades (las obras del canal de Panamá) en 1904 y las venderemos a los Estados Unidos.

Por su parte, el periodista Manuel María Aya escribió en el periódico Sumapaz , organo de las guerrillas liberales de Cundinamarca:

Es difícil conservar lo que todo el mundo codicia. Solicitemos de los Estados Unidos que tome la soberanía sobre el canal de Panamá, en vez de nosotros, y nos de por cederle nuestro derecho, 100 millones de dólares.

Y así, mientras muchos liberales de nota claudicaban y se hundían en el fango de la traición, el caudillo de Venezuela se mantenía erguido frente a las potencias imperiales. La figura de Cipriano Castro se engrandece cuando se estudian estos acontecimientos con ojos sinceros y desprovistos de prejuicios.

C.V. (c)
Estocolmo, 1997.