lunes, 27 de noviembre de 2017

LAS CAMPANAS DE " NAVIDAD"- CUENTO




LAS CAMPANAS DE “NAVIDAD”
Alfredo Cardona Tobón*


Hace muchos años llegó a San Ramón de los Cerros un extraño personaje a quien apodaron “Navidad” por su parecido con el Papá Noel. No se conoció su procedencia ni se supo la edad porque padres, hijos y nietos lo recordaban con la misma barba y el mismo bigote sin que lo afectara el paso de los años.

 “Navidad”  parecía estar en todas partes:  lo veían en la iglesia, en el directorio azul, en el de los rojos y hasta en la casa de las muchachas de la “buena vida” que lo llamaban a menudo para reparar los destrozos causados por los borrachos; sin embargo, al llegar la noche, hiciera lo que hiciera, estuviera donde estuviera, “Navidad” suspendía  lo que estaba haciendo y se retiraba a una antigua casa  situada a la salida del pueblo y rodeada por unos  pinos llenos de telarañas. Afirmaban que la edificación estaba embrujada pues allí se aparecía el espanto de un general cojo  que guardaba un cofre con libras esterlinas,   enterrado en la Guerra de los Mil Días. A “Navidad” lo tenía sin cuidado el fantasma, pero el padre Aventino, párroco del pueblo, le tenía tanto terror, que por no acercarse a la casona hacía años   no cobraba el alquiler de ese inmueble dejado en herencia a la parroquia.

En un pequeño taller contiguo a la edificación, “Navidad” tallaba imágenes y fundía estatuas que despachaba a sitios lejanos como Paratebueno y Lenguazaque  y a otros  más remotos como Juncaná, en la Trinitaria, México, donde le encargaron una cruz para adornar la capilla donde  reposan los restos del general Melo.

Al empezar la novena decembrina, “Navidad” se retiró a su cuarto y abrigado por la ruana se quedó dormido con los zapatos puestos.  ¡Fuego¡- ¡ Fuego¡  gritaron los vecinos  cuando las llamas envolvieron la vivienda; no valió el esfuerzo titánico de los bomberos ni de los voluntarios que  acudieron a sofocar el incendio. La candela consumió las imágenes, las herramientas, la madera y acabó con “Navidad” de quien apenas se pudieron rescatar la ruana y los zapatos, porque del cuerpo no quedaron ni las cenizas.

A falta del cadáver la gente de San Ramón de los Cerros puso la ruana y los zapatos dentro de un ataúd y en solemne procesión llevaron el féretro al cementerio y lo sepultaron en medio de los sollozos y las lágrimas de los vecinos.

LA CAMPANA MILAGROSA

Con un viejito ruso que recogió en un camino, “Navidad” venía trabajando en una misteriosa campana de bronce con la cual pensaba cubrir los alquileres atrasados, pero la obra quedó bajo las ruinas del incendio, quizás fundida por el calor de las llamas .Sin embargo una semana después de la tragedia, cuando el padre Aventino estaba organizando el pesebre, encontró la campana terminada aunque renegrida por el tizne de la candela. El párroco la instaló en el frontis de la Capilla del Divino Niño, amarró el badajo con una cuerda resistente, y al tocarla, en vez del timbre cantarino de las campanas se escucharon las notas de un villancico.

  ¡Milagro¡- ¡ Milagro¡ fue el grito que se extendió por todo el pueblo  cuyos habitantes  tras la muerte  trágica de “Navidad”  y los sucesos que la rodearon quisieron contar con su propio santo, pues  si  en Angostura veneraban al padre Marianito,  en Jericó a la Madre Laura, en Pácora al beato Maya y en Salamina a la Madre Berenice , ¿ por qué no  exaltar  la santidad  de “Navidad”  teniendo en cuenta su entrega a la gente y su amor por la Iglesia?. No lo pensaron dos veces: La Congregación de las Devotas de María editó una bella novena, el poeta del pueblo publicó un sentido soneto y la Casa de la Cultura  abrió un concurso para llevar al lienzo la imagen de “Navidad”, quien si en vida no tuvo dinero para comprarse una camisa de repuesto,   ahora se había convertido en una mina de oro para la parroquia.

Para promover el ascenso a los altares, la Oficina de Fomento Municipal contrató la talla de una ruana y unas botas que puso sobre la tumba de “Navidad”; los hoteleros trasladaron la campana de la capilla del Divino Niño a un monumento levantado en el parque central y para sufragar los gastos se fijó una contribución a los visitantes y vendieron agua bendita sacada de un humedal cercano.

 Pero como en toda obra humana no faltaron los envidiosos y los malquerientes que trataron de enlodar la memoria del taumaturgo local. Unos dijeron que “Navidad” era el criminal apellidado el “Pájaro Verde”, quien arrepentido de sus maldades había buscado acomodo en San Ramón de los Cerros; otros aseguraron que el incendio era el resultado de una borrachera orquestada  por el presunto santo con el disoluto ayudante ruso.

Mientras el padre Aventino reparaba la iglesia gracias a la donación de un benefactor anónimo, en un caserío de los Montes de María apareció un personaje parecido al Papá Noel acompañado por un cojo oriundo de las estepas rusas. Los recién llegados armaron una carpa y empezaron a fundir campanas que tañían villancicos al ritmo de la champeta; fue el delirio para los costeños y sabaneros que acudieron a las iglesias atraídos por las campanas guapachosas. No tardó el   Nuncio Apostólico en prohibir tales campanas por profanas y escandalosas. Los exfundidores se dedicaron a jugar dado y a tomar aguardiente hasta que un día cualquiera desaparecieron con los dineros de la Caja Agraria y los ornamentos valiosos de la parroquia de los Montes de María.

Un investigador especial,  asesorado por la CIA, descubrió  que el ruso cojo  era  el científico que  había descubierto la fórmula para transformar la energía de impacto en notas musicales y se supo, también, por las declaraciones de una de las Devotas de María,  en su lecho de muerte, que “Navidad”  había encontrado el tesoro del general de San Ramón de los Cerros,  escapado con el entierro en medio de la confusión  del incendio y que el ruso, en un acto de valentía, salvó la campana que tañía  villancicos y la dejó con un nota al padre Aventino.

- ¿Y por qué no dijo nada? - preguntaron a la moribunda que se volteó hacia el rincón y abandonó este mundo sin dar una respuesta.

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