martes, 5 de septiembre de 2017

BALANDÚ Y LA ALDEA DE EL ROSARIO


Alfredo Cardona Tobón*

 
Ruinas de El Rosario


En las tierras altas entre Riosucio y El Jardín, don Rafael Tascón fundó en 1896 la aldea de El Rosario con mineros llegados de Antioquia; las chispas de oro de una mina cercana impulsaron el caserío, en tanto que el padre Clímaco Gallón emparejaba la ambición de los oscuros socavones con la devoción pía en el templo de maderas de cedro y balaustradas de concreto construido por los mineros.

Después de la Guerra de los Mil Días llegó al Rosario una oleada de desplazados paisas; decenas de familias viajaron en caravana con ganados y enseres y con el padre Marco Antonio Tobón Tobón, un cura liberal y modernista, que desde El Jardín los acompañó a las tierras frías de Riosucio.

El Rosario creció bajo la tutela de Rafael Tascón y el liderazgo del padre Tobón; tuvo fábrica de ruanas y cobijas, de velas, un molino, trigales y rebaños de ovejas; contó con una escuela de niñas y otra de niños, un colegio de educación secundaria, imprenta e inspección de policía; figuró en los mapas y se convirtió en una aldea importante dentro de la provincia de Riosucio.

Un meandro de Arroyohondo circunvaló el cementerio de El Rosario y bajo el palio de la selva los caminos unieron al naciente pueblo con las poblaciones vecinas. Infortunadamente su gloria fue efímera porque al quedar desolados sus caminos cuando se abrió la troncal de occidente, aumentar la malquerencia riosuceña con sus vecinos de mayoría liberal y faltar don Rafael Tascón y el padre Tobón, El Rosario languideció y poco a poco se  fue despoblando.

LA CASA DE LAS DOS PALMAS

En la actualidad, no lejos de las ruinas de El Rosario, se levanta una casona de madera fina que perteneció a la familia del escritor Manuel Mejía Vallejo y dio el título a su novela “La Casa de las Dos Palmas”. La edificación es posterior a la casa señorial de Rafael Tascón, edificada por esos mismos lares, y también a las casas de dos plantas que rodearon la plaza de El Rosario. En la casona de Las Dos Palmas, transcurrió parte de la niñez de  Manuel Mejía Vallejo,  en sus amplias alcobas y extensos corredores floreció su imaginación para crear a Balandú, una aldea mítica trasplantada al vallecito rodeado de montañas, donde otrora se levantó la aldea de El Rosario.

Muchas veces la realidad supera a la imaginación: tal es el caso de El Rosario cuya historia tiene los ribetes portentosos del Balandú creado por Mejía Vallejo.  Al Rosario llegaban los indios chamíes con chicharrones de oro para cambiarlos por perros negros y por botellas de aguardiente; allí, en medio de la selva, se editaron libros y periódicos, se establecieron talleres de imágenes religiosas, de carpintería, de zapatería y guarniciones, se levantó la voz de la mujer para exigir sus derechos y un grupo itinerante llegó, hizo huella y salió cuando vio que les recortaban su libertad.

En 1900 la columna guerrillera del capitán Motato se abasteció en El Rosario   para continuar hacia el Chocó a reunirse con las tropas de la revolución. En su marcha llegaron a la casa de Rafael Tascón, donde guardaban  el oro extraído de la mina “Las Mercedes”. Fue un hallazgo espectacular para una tropa hambrienta y vestida con harapos.

-¡No venimos a robar¡- dijo el capitán Motato

Y sus hombres devolvieron las bolsas de polvo de oro que podrían haberlos enriquecido. Cien años más tarde un grupo de las FARC, comandado por Elda Neyis Mosquera, alias “Karina,” ocupó la región, robó lo que encontró y llenó de pavor a los pocos habitantes de las cercanías

BALANDÚ Y EL ROSARIO

Dice la leyenda que cuando el padre Marco Antonio Tobón Tobón abandonó la aldea, raspó las suelas de sus zapatos para no llevar nada de El Rosario. Se habla de chismes y maledicencia y de una maldición que condenó al Rosario a convertirse en un lagunero.

 En la novela “La Casa de las dos Palmas” un sacerdote, también de apellido Tobón, maldijo a don Efrén Herreros, el hombre más poderoso del pueblo, al igual que a Zoraida, la amante de su hijo Medardo y al maestro Bastidas, tallador de retablos y de imágenes.

Como se ve en El Rosario y en Balandú se prodigaron las maldiciones y la fantasía: En Balandú los pájaros se alimentaban de sonidos y las plantas se nutrían de los colores, en las noches los fantasmas arreaban mulas camino a los Farallones y el espíritu del fundador Juan Herreros repasaba entre relámpagos las sendas que llevaban a la Casa de las Dos Palmas. En El Rosario la imaginación de los pocos sobrevivientes vuela tras el ánima de Miguel Ángel Restrepo y su tropilla de garañones que bajaban del páramo en las noches de tormenta, y entre el bronco ruido de Arroyohondo creen oír los lamentos de “La Llorona”.

 Balandú con  sus fundadores se ha inmortalizado en las páginas de la novela; El Rosario, en cambio, se va esfumando al igual que la memoria de sus primeros pobladores.   En Balandú Lucía Herreros regresa con las sombras a tocar el piano de la Casa de las Dos Palmas, Zoraida continúa amando a Medardo en medio de las tinieblas que cubren sus ojos y el maestro Bastidas, sin agotar el tiempo, talla incansable el último refugio de Efrén Herreros. Dos cruces permanecen en las ruinas de la antigua aldea, al igual que un escalón de la iglesia.

El Rosario es una vereda riosuceña donde  las  fincas la Argentina, La Soledad, La Esmeralda y la Caucana abarcan el territorio que una vez albergó a los centenares de vecinos  de esa aldea. Grupos de turistas que llegan a la zona orientados por guias de Medellin y El Jardín recorren la  Casa de las Dos Palmas y reviven los episodios de la novela de Mejía Vallejo, llevaba a escena en televisión. En cuanto a la aldea del Rosario, un grupo de soñadoras riosuceñas que saben que su historia no está limitada  a los Resguardos indígenas  y a los caucanos, ha empezado  a rescatar la otra parte de ese pasado forjado por los colonos paisas de la tierra fría.






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