martes, 17 de enero de 2017

LA GUERRA DE LOS MIL DIAS EN PEREIRA


 

REMINISCENCIAS DE JOAQUÍN SUAREZ

 


Época nefanda la del año 1895; turbado el orden público mis hermanos Luis Antonio, Eliseo, Bernardo, Francisco y el suscrito Joaquín Suárez, nos fuimos a la finca a pasar la noche juntos en mi caney de tabaco: Serían las seis de la tarde cuando pasó mi padre Ramón Suárez a poca distancia de a caballo, nos vio y siguió al considerar que no corríamos peligro.

 En la casa de la hacienda comió y como lo hacía algunas noches se dirigió a la ciudad de Cartago, no imaginando la celada que le tenían en el punto llamado Cascajero en una angostura.  Lo sorprendió de noche una turba anónima mandada a capturarlo vivo o muerto, según dijeron algunos de ellos. Al tratar de escapar cayó la bestia y en el suelo lo culatiaron ferozmente; lo llevaron preso y al entrar a la ciudad lo volvieron a ultrajar y no pudiendo ya llevarlo por lo grave del maltrato lo amarraron de pies y manos y engarzado como un marrano lo entraron por las calles hasta descargarlo en una pieza inmunda de la cárcel   donde murió desnucado.

Vino el día más fatal de nuestra vida, llegó un cuñado Ramón Gamboa, conservador pero buen amigo, nos prometió llevarnos a verlo y fuimos a Cartago, pero ya lo habían sepultado a las primeras horas del día sin que pudiéramos ver a mi padre.

Comprenderán quienes lean estas líneas como quedarían los corazones de trece hijos de un padre tan amante como lo era con nosotros; yo de mi parte no pensé más que en la guerra.  Se dijo que en La Virginia el jefe don Demófilo Candela tenía armas y gente, nos alistamos con algunos liberales de Santa Ana y en la mañana siguiente nos pusimos en marcha con cuatro de mis hermanos menores Luis, Eliseo, Francisco y Eduardo. Al pasar por donde el hermano mayor José Vicente detuvo a los menores que no pasaban de 12 o 14años y seguimos los demás. Fuimos a La Virginia y no habiendo visto sino calma nos regresamos a nuestra casa pero yo siempre pensé en la guerra a las órdenes de los jefes el general Murgueitio, Demófilo Candela, Lázaro Mejía y Félix Abadía.

Se me persiguió por mi tenacidad en la política, fui herido varias veces y encarcelado otras tantas. En todo lo que se ofrecía colectar dinero nunca lo negaba porque mi idea no era otra que servir a la causa. Alguna vez le escribía a un amigo en Bogotá, necesitamos un Gómez y un Maceo en Colombia (libertadores de Cuba) y los tuvimos en Uribe y en Herrera. Yo no descansaba en mi intriga bélica, los jefes Murgueitio, Candela y Mejía me confiaban todos los elementos que lograban adquirir. Mi depósito nadie lo sabía y unos días antes de estallar la guerra de los Mil Días me dijo uno de los jefes que debía limpiar los rifles Días después fueron capturados los jefes y declarado el país en estado de sitio y viéndome solo, como subalterno de ellos, no hallé otro recurso que buscar un liberal experimentado y fue Ceferino Murillo en el Arenal al otro lado del Cauca. Fui llevando las armas de noche. Se entusiasmó Ceferino, los vecinos y mis hermanos y cautelosamente nos fuimos reuniendo con Ignacio Penilla, reunimos más armas y cápsula y la gente fue acudiendo de la Virginia y de Cartago. En este estado iba la organización cuando enfermé y estando incapacitado el grupo resolvió moverse a órdenes de Murillo hacia el sur y fueron sorprendidos y dispersos, volvieron sin perder las armas, mejorado volví y pronto estuvimos reorganizados siempre los cinco hermanos a la orden. Con algunos de Cartago vino Félix de la Abadía, Maximiliano Jaramillo y un joven Upegui. Al no ir con nosotros Murillo nombramos jefe a Abadía; Jaramillo y Upegui primero y habilitado respectivamente. Resolvimos subir a Anserma, acampamos en Piedra Gorda y allí templamos las toldas para distraer la atención del enemigo. Como yo comprendía algo de organización militar dividí el grupo en dos compañías de 50 hombres con sus respectivas escuadras, oficiales y clases. Los capitaneábamos Luis mi hermano y Eliseo y Francisco, teniente y alférez relativamente de mi compañía, Eduardo abanderado. Menciono mis hermanos solo por no extenderme mucho, el batallón  lo nombramos  el Figueredo que después llevó  el nombre de Robles, de tarde se recogieron las toldas y a marcha sigilosa y redoblada  pasamos el río Cauca por La Virginia y al día siguiente seguimos hacia Pereira amparados por la montaña que en esa época no estaba descuajada la vía, a la siguiente  madrugada  nos pusimos en la entrada de Pereira,  supimos que había fuerza en un cuartel a una cuadra de la plaza y guarnición de presos en esta, antes de entrar dispuso Abadía que yo marchara adelante con un piquete de mi compañía que no alcanzaba a  20 hombres, mis hermanos quedaron en el resto de mi compañía y a mi lado el alférez Francisco, mi hermano, nos ofrecieron en la fonda en que estuvimos un trague y marché  con mis acompañantes adelante hacia el cuartel con  un señor Aguilar, baquiano,  serían las cinco a.m  providencialmente salimos al mismo tiempo el cuarto de Ronda del enemigo y nosotros a la esquina próxima al cuartel, tras un alto quien vive nos cruzamos la descarga. Cayó muerto uno de cada bando, ellos huyeron hacia  el cuartel y se atrincheraron a  dispararnos  de allí y nosotros a fuego graneados los tuvimos sitiados hasta muy claro el día, que nuestro resto de fuerza había ocupado la plaza y acudió a sitiar la cuadra para rendirlos,  lo que hicieron inmediatamente presentaron bandera blanca, cuando vi que un montón de pueblo  iba en actitud de dentrar al cuartel, cogí el rifle del centinela muerto que tenía bayoneta, me puse a contener el tumulto, dejando entrar nuestros soldados condicional de no ultrajar a los rendidos,  no había arriba sino un herido y el muerto del portón  y tomamos  41 rifles parque nada porque todo lo quemaron sobre nosotros, ellos  atrincherados nos mataron dos y varios heridos, estando la ciudad en nuestro poder se dispuso lo conveniente  y más o menos a las doce del día fuimos atacados por los de Santarrosa por la  vía del Otún. Nos hirieron un soldado pero a nuestro empuje de las armas huyeron. Pasamos el día allí y como nuestra idea era ocupar la zona del Quindío nos reforzamos y tomamos hacia el Valle.

Al anochecer acampamos fuera de la ciudad vía del Quindío, un número considerable del entusiasta liberalismo de Pereira nos acompañó y seguimos hacia el Quindío donde no hallamos sino entusiasmo y a Armenia entramos de noche al son de cajas de guerra y cornetas y el entusiasmo de encontrarnos allí al Jefe General Ibáñez que nos recibió y comandó en seguida y se redobló armamento y parque.  Al tercer día dispuso el jefe que nuestro batallón Robles (Entonces Figueredo) marchara a la vanguardia hacia el Zarzal; acampamos en la montaña, atravesamos al día siguiente la cordillera y en la madrugada del tercer día próximo a Zarzal iba yo adelante con unos pocos soldados y nos hicieron una descarga que no contestamos, pero huyeron dejando una bestia aparejada.

Tal vez cayó el jinete pero no hubo ninguna baja nuestra. Nos detuvimos en ese lugar a esperar el refresco y al ver que no llegaban resolvimos entrar a Zarzal no sabiendo que allí se había concentrado todo el personal del gobierno de esa región.

Me tocó con mi compañía entrar por una cañada montuosa, íbamos unas cuadras adentro cuando un ruido de gente atrás en otra vía me hizo pensar que nos salían a retaguardia y nos devolvimos aceleradamente.

Un escuadrón de caballería había apresado al general Díaz, que habiendo llegado del Tolima habló con el general Ibañez, salió a alcanzarnos y equivocadamente dio con el enemigo. Esa fue la bulla que nos hizo volver y al salir de la montuosa cañada dimos frente a frente con el mismo escuadrón y lo atacamos y nos cruzamos unas descargas. Huyó el enemigo y el general Díaz quedó con nosotros, no hubo bajas, solo mi caballo sufrió una herida que no fue de muerte. El general Díaz me repetía usted me dio la vida, le agradeceré eternamente.  Nos reunimos y se propuso un ataque por una vía distinta, saliendo del llano de las Lajas nos hallamos con el enemigo, nos entretuvimos con un fogueo graneado mientras nos franquearon por encima de una cuchilla a la izquierda. En vista de la desventaja y sin llegarnos el refuerzo, nos retiramos amparados por la cuchilla montuosa de la derecha, resolvimos la retirada de nuevo al sabanazo a reunirnos con el grueso del ejército que no nos auxilió porque la compañía que comandaba el capitán Eloy Morante, aun cuando heroicamente contuvo las avanzadas conservadoras, no pudieron contener el empuje de la mayor fuerza y se retiraron dejando el puente de los Quingos en poder del enemigo.

Nosotros llegamos al Estado mayor que estaba en una casa. Viendo que los jefes estaban un poco distraídos allí en reunión con el general Ibañez y las descargas se oían muy cerca. Nuestro ánimo no era otro que definir nuestra suerte y seguir con los que me acompañaron hacia adelante.

A la cuadra más o menos nos enfrentamos con el enemigo el que nos hizo la descarga y se replegó hacia el monte. Nos tumbar un compañero y nosotros los atacamos y seguimos adelante amparados por el monte. A estas maniobras se nos interpuso el coronel Marulanda y nos hizo tomar una trocha a hacer una cortada. Me acompañaron unos veinte, incluidos mis hermanos Luis, Eliseo y Eduardo que me habían seguido. A Francisco le tocó por el frente y con otros buscó otra vía. Nosotros guiados por alguno que dijo ser baquiano, cumpliendo la orden que se nos había dado tomamos la derecha y andando el resto de la tarde llegamos al Salado oscureciendo, de allí más oscuro que claro divisamos unos bultos que por la distancia se veían chiquitos y no se distinguían si tenían armas,  los fuegos por el frente  habían casi terminado, solo por intervalos se oían disparos, resolvimos esperar la mañana para atacar si fuera necesario , nos acampamos la noche muy quedos en el monte para no ser descubiertos por el enemigo y darles una sorpresa si los del frente lo necesitaban al amanecer,  amaneció y no había  rumores de combate, el grupo que divisamos había desaparecido, salimos a la casa del Salado, no había nadie solo gallinas y cerdos y un ollón  de marrano .que fue nuestro frugal desayuno, seguimos de allí a la Palmera a orientarnos de nuestro resultado, allí supimos que el general Ibañez había tomado  con el grueso del ejército una trocha hacia el Quindío, como nuestra suerte era la  misma, vimos un pailón  y mis compañeros se habían racionado con unas gallinitas, les ordené poner lo que cupiera en el pailón  y después de tomar la montaña esto hicieron y nos disponíamos a comer. No habían bajado el pailón cuando dijeron los de la casa que venían cerca de allí el enemigo. Les ordené  con una tranca engarzar el pailón y nos dirigimos al monte cercano que era la vía que íbamos a tomar, comimos tranquilos y sin demora tomamos  la montaña hacia el Quindío, pasamos la noche en una vereda muy tranquila, a la mañana siguiente al no tener la menor idea de la vía que llevaba Ibáñez, seguimos hacia Montenegro, estando cerca resolvimos o exponer las armas y en una finca de un liberal de confianza, según dijeron algunos de los que iban en nuestra compañía, depositamos las armas y seguimos,  no pasamos por Montenegro, en la vía que llevamos encontramos un grupo que entre ellos estaba el coronel Marulanda, no vimos actitud bélica,seguimos  y al pasar por la casa de la hacienda nombrada La Española, salió a la tribuna el dueño y nos mostró donde había un grupo nuestro racionándose con una novilla que les había puesto a su disposición; cual sería nuestra inmensa alegría al ver al hermano que no sabíamos si era vivo  o muerto, Francisco, que era el mismo que faltaba.

Ya los cinco hermanos juntos y no viendo idea de fortalecer nuestra idea bélica por el momento nos pasamos los cinco hermanos el rio de La Vieja vía  a Cartago, atravesando las montañas orilleras vinimos a dormir a Coloradas al día siguiente por varias travesías  salimos al camino próximo a Zaragoza y de allí volvimos  al punto de partida.

Yo siempre con ánimo constante empecé de nuevo a bajarme a La Virginia, mejor sitio para la intriga bélica porque allí estaba Penilla, quien como muy conocedor y entendido de ese poblado me ayudó siempre con su energía y desinteresado patriotismo.  En cumplimiento de orden que teníamos del centro revolucionario de distraer las fuerzas del gobierno, empezamos a reorganizarnos con las armas que habían vuelto  a recibirse y de las que de continuo  nos enviaban nuestros buenos copartidarios. Reunimos unos  80 o 100  hombres y estando acampados en Cañaveral llegó el coronel Antonio M. Echeverri y por cumplir disposiciones del código militar porque él era mayor en edad y graduación, el llevaba unos pocos  compañeros bien armados, en esos días nos enviaron de Cartago un batallón a atacarnos, estando nosotros acampados en los encuentros del río Cauca y Risaralda, fuimos atacados de la otra orilla  del Risaralda y no hubo un combate formal por el río  y si tuvimos un muerto y algunos heridos y del enemigo no supimos porque ellos se retiraron  sin darnos cuenta, nosotros pasamos la noche allí cerca y a la mañana siguiente tomaron vía Belalcázar, la ocupamos sin resistencia y  de allí tomamos vía del Cauca al sitio llamado  Puerto Chávez.  Al día siguiente como siempre hicimos se depositaron las armas lo que se hacía cargo Penilla como el de mayor confianza y nosotros volvimos a separarnos quedando listos para nuevos encuentros.

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