viernes, 15 de julio de 2016

MANIZALES DESPUÉS DEL 5 DE ABRIL DE 1877


Alfredo Cardona Tobón *


Las semanas que siguieron al 5 de abril de 1877 fueron las peores del pasado manizaleño; en ese fatídico día las tropas caucanas irrumpieron en Manizales, pese a la tenaz resistencia de los defensores,  y empezó el calvario para  una comunidad   en  manos de la chusma armada.

Después de una de las batallas más sangrientas de nuestras guerras civiles llegaron los saqueos, los asesinatos, las violaciones y todo tipo de atropellos perpetrados por las fuerzas de ocupación. Algunos ciudadanos se pusieron a salvo en  Neira, Salamina y Aguadas pero la gran mayoría solo pudo poner trancas en las puertas de las casas y encomendarse a la misericordia divina.

El general Julián Trujillo, comandante de las tropas caucanas,  aseguró  a los manizaleños en el momento de la capitulación que podían estar tranquilos en sus casas y negocios. El pueblo llano creyó en las promesas y hasta  hubo ingenuos que pusieron toldos con alimentos y bebidas para venderlos  a  las tropas invasoras.

Al otro día, apenas despuntó el seis de abril,  entró el grueso de ejército liberal y comenzó el saqueo:   a los individuos que encontraron en las calles les robaron el sombrero, la ruana, el carriel y hasta los pantalones; saquearon las casas sin  dejar cobijas ni ropa íntima; se llevaron las herramientas, los cerdos, las gallinas y a quienes se oponían  los golpeaban  o los mataban. Los caucanos entraron a las  tiendas abiertas,  pedían cuanto querían y al cobrarles decían al vendedor: “Coman religión, godos pícaros”, o “pasen la cuenta a los curas”  y se llevaban  todo sin pagar un centavo.

Ante el desborde criminal de los sureños, algunos ilusos  se dirigieron al general Julián Trujillo  pidiéndole que dictara alguna providencia que pusiese a la ciudadanía a cubierto de tantos atropellos, pero  fue en vano; el  insensible militar se excusó diciendo: “a esos negros no hay quien los contenga”. En realidad no tenía la intención de frenar el saqueo, pues  era la oferta cuando  enrolaron a los negros del Valle del Cauca en las fuerzas liberales.

El tres de mayo  de 1877  era oficial del día el coronel  Valentín Deaza  quien ocupó varias casas  para alojar al batallón Junín comandado por el coronel Castañeda. Entre las viviendas tomadas se hallaba la de don Joaquín Arango, que estaba postrado en el lecho al igual que el  coronel conservador Joaquín Carvajal. Eran como las cinco de la tarde de un día lluvioso. En tales circunstancias se dificultaba el traslado de los enfermos a  otro sitio; en vista de ello la señorita Susana Arango  se acercó al coronel Deaza y le suplicó que no ocupara la casa. El militar no oyó los ruegos; al contrario,  trató indignamente  a Susana y entró a la fuerza con su gente.

La vivienda  de los Arango se asignó  la tropa del capitán Hipólito Isaza, quien al ver la situación de la familia, ordenó  a sus hombres  permanecer en los corredores y respetar la intimidad de los dueños e intervino para que el prefecto  revocara la orden dada por Valentín Deaza.

Isaza se retiró con su gente y el coronel Deaza al sentirse desautorizado,  desfogó su ira contra Ángel María Carvajal, un hijo del  coronel enfermo. Al verse atacado Ángel María  esquivó los golpes y se refugió en una alcoba donde se armó con un revolver;  Deaza lo siguió y ante la eminencia de una tragedia el señor Juan Botero trató de  calmarlo y lo que obtuvo fue una tremenda bofetada.

El energúmeno coronel derribó una ventana para abrirse  paso y “matar a ese godo”,  entonces  las señoritas María del Rosario, Susana y Mercedes Arango quisieron hacerlo desistir de su intento, pero Deaza en vez de atenderlas, como  merecía su dignidad y condición de damas honorables, las llenó de insultos y les dio planadas  con su espada.

La conducta de los caucanos y sus aliados fue execrable en Manizales; los vencedores no  tuvieron contemplaciones con los vencidos; sin embargo, hubo excepciones como la anotada con el oficial  Isaza y con el capitán Jesús Farfán,  quien en una de las rondas  sorprendió  a varios soldados saqueando la  casa de  don Pablo Jaramillo:

-¿Quién es el dueño de la casa?- preguntó

-Yo soy, contesto el señor Jaramillo, que lívido y despavorido estaba amarrado en un rincón a disposición de sus enemigos.

-¿Qué daño le han hecho estos negros?-

-Véalo usted, no han dejado nada bueno.

El coronel Farfán  rastrilló una fusta y dirigiéndose a los saqueadores les dijo:

-Entreguen lo que tienen empacado al señor. Nosotros no hemos venido a robar sino a restablecer el orden  público.

Pistola en mano, desató a don Pablo  y amenazó con desarmar a los ladrones y remitirlos presos al cuartel general; los abusivos devolvieron algunos objetos y con otros de valor se perdieron por el camino cercano.

 Don Pablo junto con su familia abandonó la casa y se refugió en otra vecina. Más   tarde regresó haciéndose pasar como  soldado del Batallón 14 de Villamaría  a   ver  que podía salvar de lo poco que había quedado.

Los invasores ocuparon las propiedades sin pedir  consentimiento a los dueños; cuando no encontraban las llaves destruían las cerraduras o derribaban las puertas;  se robaron los muebles y los que no se llevaron  los utilizaron como leña para preparar los alimentos.

En el campo el saqueo fue dramático, de la hacienda de Joaquín Arango sacaron 170 reses y  17 bestias y de la hacienda de Pablo Jaramillo  se robaron más de cien animales. No dejaron rejos, enjalmas e instrumentos de labranza. Los invasores  dejaron vacías las alacenas,  los escándalos de las juanas estremecieron la ciudad, que en vilo, guardó en los zarzos a los heridos y en las piezas más recónditas a sus doncellas.