lunes, 25 de julio de 2016

EN EL VIEJO RIOSUCIO

UNA RIÑA INOLVIDABLE




Alfredo Cardona Tobón*


Con base en una conversación y los” Apuntes” de don Rafael  Vinasco Trejos es posible rescatar una de las imágenes de la comunidad riosuceña: carnavalera, gallera, con un verso a flor de labios y una guitarra en la mano.



Aquí va la historia :


En las ferias de 1936   unos galleros de Andes,  cuna ilustre del Indio Uribe, al ver el coraje del  “Cusumbo” concertaron un encuentro  del gallo riosuceño con el mejor gallo  de su pueblo, en lo que han considerado la riña más espectacular de todos los tiempos. No era para menos: el invencible “Cusumbo” llevaba ganadas  quince peleas consecutivas y el misterioso retador andino era un supergallo con fama en  todo el suroeste antioqueño.


“Cusumbo” era el orgullo de la “Perla del Ingrumá” y  tan temido que ningún gallero del pueblo ni de los municipios vecinos se atrevía  a  enfrentar sus gallos con el invencible animal. “Cusumbo” estaba bajo el cuidado de Don Leopoldo Gómez   en su casa de La Cuchilla; lo mantenía con granos de maíz  contados y el agua medida para que no fuera a criar grasa, le daba vigor  con una mezcla de queso, tuétano de huesos de res y panela  y para no malgastar sus energías  evitaba que “Cusumbo” fuera a “pisar” a las gallinas que pasaban delante coqueteando y cacareándole.


Se fijó una fecha para el encuentro  y  al acercarse el día, los andinos viajaron a lomo de mula  en cuatro  jornadas con largos descansos para  no estropear su gallo; al llegar a Riosucio en soberbias mulas,  los  forasteros dieron una vuelta por el pueblo para que los vieran y al final subieron la pequeña cuesta que llevaba al Oro para dejar a su campeón  en poder de un cuidador  de confianza.


Desde las tempranas horas de la fecha señalada, los paisas, con grandes carrieles y sombreros aguadeños, se concentraron en  la trastienda  de   “La Sacristía”  donde afinaron los ánimos con aguardiente.


- Siéntense y nos acompañan-  le dijeron a don Jesús María Ramírez y a don Gilberto Trejos, dos riosuceños comisionados por los galleros locales.


- Gracias señores- respondieron- Otro días será- los hemos venido buscando para preguntarles por el monto de la apuesta-


; “El que quieran ustedes”- fue la respuesta sobrada de los visitantes.


Don Jesús y don Gilberto apuraron un  trago y se despidieron  con el afán de reunir suficiente dinero para apostarle al “Cusumbo”.  Don Habacuc Trejos, el magnate de la época, no puso un solo peso, tampoco  lo hicieron  “Los Carachas”,   Chucho Londoño ni Elilbardo Vinasco, ni Gabriel Villada y don Mesías Pinzón. Es decir, los de plata se corrieron  dando la espalda al “Cusumbo”.


Para no quedar mal, los galleros del común  sostuvieron el cañazo: pidieron anticipo  de sus jornales, empeñaron  las herramientas, los aritos de las niñas, las argollas de matrimonio y a las prenderías de don Luis Bolívar y don Luis García fueron a parar los pañolones de  Purita Trejos y la amplia “cómoda” de Zoilita Calvo.


Pese a tan ingentes esfuerzos, la suma reunida  pareció baja a los andinos quienes contrariados dijeron que por esa apuesta ni siquiera iban a mostrar su gallo. Sin embargo por diligencias de  don Manuelito Trejos Pineda, los andinos resolvieron correr su gallo en consideración a Riosucio y porque era una bobada perder tan largo viaje.


 Al acercarse la hora, las familias de los galleros riosuceños prendieron velas de cebo a la Virgen de La Candelaria, poniendo su fe en el Altísimo y en las espuelas y el pico del  aguerrido Cusumbo.


Desde que se casó la riña no se hablaba de otra cosa en el pueblo. A las once de la mañana se  empezó a llenar la gallera, los tendidos tambaleaban,  los pies sin zapatos de los Zamora y los Becerra  bañaban el piso de sudor, mientras Pachito Palomino se frotaba la palma de las manos. Faltando diez minutos para la una de la tarde llegaron los andinos con su gallo. Era un animal ‘requemao’ con mirada asesina y pico curvo como el de un gallinazo;  “Cusumbo” aleteó  y lo recibió con un sonoro desafío. De inmediato los cuidadores empezaron a arreglar los animales: los riosuceños a un lado del ruedo y los visitantes en el otro lado, miraban con recelo, cautelosos, sin dejar arrimar a los curiosos.


Al fin soltaron los gallos y empezó la más  feroz pelea que se hubiera visto en la vieja gallera riosuceña. “El Cusumbo” inició el combate con espectaculares y largas tiradas de pata que hicieron  retroceder al andino que se repuso de inmediato  y repelió con fuerte acometida; revolotearon, se emparejaron, se picotearon y clavaron sus espuelas como lanzas de fuego.


 Los galleros inquietos, anhelantes, delirantes, con ojo avizor, seguían hasta el mínimo movimiento de los animales. Pequeñas fuentes carmesí empezaron a brotar de las heridas, los ojos de los gallos parecían despedir chispas y en los picos resplandecía el acerado color de la muerte.


Ante la angustia de los forasteros “Cusumbo” acorraló a su enemigo y trató de ajustarle el golpe final, pero resbaló en un pedrusco dando campo al andino  para arremeter con  inusitada fiereza. En ese momento las apuestas que favorecían al “Cusumbo” cambiaron a favor del andino. La lucha continuó sin dar cuartel, como  héroes que luchaban por el honor y la vida.


En uno de los revuelos “El Cusumbo” rodó sobre la arena del ruedo con la cabeza desgarrada por un picotazo mientras en la agonía traspasaba al rival con un espolonazo. El andino cayó también, las alas de los dos  se entreveraron  y sobre un revuelto charco de sangre, se esfumó la vida de ambos gallos.


 El juez dictó sentencia a favor del andino que fue el último en caer al enrojecido piso. Don Noé Cadavid levantó con dolor a su “Cusumbo” y  un forastero cubrió al andino con su poncho. La Plazuela sirvió de tumba a los bravos contendores cuya valentía  sirvió de abono a un guayacán cuyas flores amarillas tomaron el brillo de las plumas del Cusumbo y el andino.


Los paisas retornaron a su pueblo con un hijo del Cusumbo; los riosuceños  guardaron el recuerdo de una riña extraordinaria y en las prenderías del pueblo quedaron las joyas  y los pañolones de seda.  

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