domingo, 14 de febrero de 2016

HISTORIA REGIONAL Y LA GENERACIÓN DE LAS IDENTIDADES

- Conferencia de apertura de la cuarta cohorte de historia de la Universidad Tecnológica de Pereira{

Febrero de 2016

Alfredo Cardona Tobón

 


LECCIÓN INAUGURAL DE LA MAESTRÍA DE HISTORIA-U.T.P-

Febrero 12 de 2016.

Conferencia de Alfredo Cardona Tobón

 

Desde los años sesenta del siglo pasado, un grupo de profesionales  de diversas áreas han estado estudiando el   pasado y el presente  del Eje Cafetero, analizando hechos, buscando  las causas y consecuencias de los sucesos. En estas  décadas se ha pasado de la parte descriptiva y la historia blanca a una historia analítica donde se tienen en cuenta las comunidades de base y los acontecimientos que han marcado nuestro destino.

El doctor Otto Morales Benítez  la llamó “Generación de las identidades” en  contraposición  a estudiosos de la historia regional del siglo XIX y principios del XX comprometidos con los notables, con lo europeo y el catolicismo. La “Generación de las identidades” empezó a visualizarse en los “Encuentros de las Palabra” de Riosucio, Caldas, con la obra de Ariel Escobar, Albeiro Valencia, Jorge Eliecer Zapata, Alfredo Cardona, Octavio Hernández, Julián Chica, Víctor Zuluaga, Ricardo de los Ríos  y otros “Forjadores de identidad”  que han incorporado  a las disciplinas tradicionales la  lingüística, la economía, la sociología, la arqueología del paisaje, la demografía, la estadística y con todos esos elementos están descubriendo el pasado y señalando rutas para el futuro.

 

Esos forjadores de identidad, según palabras de Eliecer Zapata, no se han limitado a desempolvar documentos y a recoger testimonios: están capturando la memoria reciente para encontrar nuevas visiones; están cotejando, confrontando, corrigiendo y complementando lo dicho y escrito, porque en la  Historia nada es inamovible ni definitivo pues siempre hay nuevas interpretaciones que nos acercan a la verdad.

La llamada “Generación de las Identidades” está comprometida,  principalmente, con la historia regional, que poco tiene que ver con los límites cartográficos y mucho con las estructuras que la definen,  por eso se habla de región paisa, región caribe, y en nuestro caso  del Eje Cafetero que comprende infinidad de sectores con temáticas propias e individuales.

La “Generación de los identidades”  está sacando la historia regional del  parroquialismo, conectándola con el devenir colombiano y vinculándola con los  sucesos nacionales; tal es el caso de la  colonización antioqueña, el desarrollo de la caficultura, la explotación aurífera en Marmato y Supía; la  Esponsión de Manizales y los sucesos posteriores que cambiaron el rumbo de Colombia y la guerra de 1876 que fue un punto de inflexión  en la historia política del país.

El trabajo realizado por ellos ha sido a  pulso, sin ayuda del Estado. Por intuición los investigadores están estudiando los  archivos parroquiales, notariales, municipales y particulares, a veces sin método ni una sólida formación académica pero con perseverancia y responsabilidad: de nuevo se leen los apolillados  periódicos pueblerinos, las cartas familiares y se rescatan los  testimonios de los abuelos que sin esos  forjadores de identidad hubieran desaparecido.

Es una labor que no puede ignorarse, desaprovecharse o mirarse con desdén desde la Academia. En cada cabecera municipal, en todos los caseríos y veredas alguien guarda con amor filial  el recuerdo y la lucha de sus mayores, a veces en cuadernos deshilachados, en libros humildes o en el disco duro de su memoria.

“La generación de las identidades” tiene su teatro en las  Academias de historia de Caldas, Risaralda y Quindío, en  varios centros de historia, en algunos museos locales y su obra tiene como vitrina los periódicos “La Patria” de Manizales, “El Diario del Otún” de Pereira, “La Crónica” de Armenia y la revista Impronta.

Ya que el  Eje Cafetero es una zona de clara estirpe campesina, por fuerza su historia regional  es una historia  que empieza en los barbechos, en la finca, en la hacienda  donde poco a poco conforma una identidad  y unos imaginarios que se enmarcan dentro del llamado   Paisaje Cultural Cafetero.

En el ámbito de la  Historia Regional, la Academia Pereirana de Historia está desarrollando el proyecto  de  la Historia de los corregimientos del municipio, que podría servir  de ejemplo al resto de Colombia. Es así, como por primera vez se investiga sobre los corregimientos de  La Florida, La Bella, Altagracia, Tribunas-Córcega, Arabia, Caimalito, Puerto Caldas, La Estrella, Morelia, Combia y Cerritos y los investigadores se interesan en ocupación de los  predios, las  tensiones sociales,  la vida cotidiana  y la conexión del campo con la ciudad.

 Ha sido una experiencia que muestra la heterogeneidad de las comunidades campesinas con  historias diferentes enlazadas con otras próximas o lejanas: se tiene, por ejemplo, el corregimiento de La Florida con su  vocación turística, sus bosques y nevados y el corregimiento de Puerto Caldas con sus ranchos de lata y una larga calle polvorienta donde en cada postigo asoma la desesperanza. En el territorio pereirano vemos al  corregimiento de  Arabia con los cafetales, la tierra ajena, el aroma campirano y al corregimiento de Tribunas Córcega donde lo rural se confunde con lo urbano y los moteles remplazaron las casitas de guadua.

 Asombra descubrir en las veredas y poblados  de esos corregimientos todos los fenómenos pasados y presentes de la nacionalidad colombiana: el corregimiento de La Bella creció sobre los abiertos de los grandes propietarios paisas y se fue fraccionando a medida que llegaron desplazados de las distintas violencias que crearon un emporio de cebolla y hortalizas; en cambio en Caimalito, la comunidad se fue agrupando sobre la vía del tren, y sin tierras para cultivar tuvieron que buscar la vida en el rio Cauca, como pescadores o simplemente sacando arena de su lecho.

 En  el corregimiento de Cerritos nos topamos  con dos mundos: el de unos pocos privilegiados y de muchos que no tienen nada. Es la zona de lujosos hoteles  y condominios, del parque Ukumari y complejos turísticos y también es la zona donde en un callejón de varios kilómetros se ve la miseria y la necesidad de una comunidad vecina de una ciudad que dice tenerlo todo.

No por ser  simple,  la historia regional puede manejarse con superficialidad; es menester el conocimiento de las leyes sociales, la estadística, la demografía, la representación de lo colectivo. No podemos dejarnos llevar por lo anecdótico; eso es parte del aliño,  porque la escritura amena no riñe con la  historia. La gente común rechaza los escritos  pesados: pueden estar cargados de erudición pero no enamoran al lector ni lo acercan a las realidades que se pretende mostrar ni a  los valores que se quieren realzar.

Sin la historia regional, y sobre todo sin la historia rural, no se puede hablar de la historia extensa. Recordemos que Pereira y casi todas las ciudades y  aldeas de esta zona nacieron al pie del surco,  al lado de la fonda caminera o del camino de arriería. Primero fue  el maíz, la caña, los cerdos, las trochas…después el café, el comercio, la industria y las autopistas. Sin el labriego de cotizas, sin el recolector de café, sin los bultos de panela Pereira no sería la capital del departamento de Risaralda ni una ciudad con grandes áreas comerciales.

No es fácil escribir la historia regional. Aquí no hay personajes de relumbrón ni grandes hechos guerreros. ¿Entonces cómo se escribe? preguntarán quienes saben más de Napoleón que de don Félix de la Abadía.

Debemos admitir de entrada, que no solo los próceres han modelado la historia y tener en cuenta que sucesos aparentemente modestos pueden tener la importancia de un veinte de julio  en  una pequeña comunidad.

No se puede investigar por investigar; hay que definir un objeto de nuestra historia y darle un sentido pragmático y moral, porque los hechos pasados deben servir para enderezar los futuros. Una vez definido el objeto debemos recoger los escritos y los recuerdos, sin desechar nada, porque lo que parece anodino ahora, puede ser la conexión que se necesite en un proyecto posterior. Aquí juega la serendipia, que  debe aprovechar el historiador, porque a cada paso encontramos lo que no buscábamos y se enriquece nuestra visión general.

 El historiador no debe ser un simple ratón de biblioteca, ni un repetidor de citas ajenas, como  tampoco un recolector de datos. El investigador tiene que   interactuar con la gente y zambullirse en su vida cotidiana; debe indagar, buscar visiones diferentes,  comparar, tamizar y confrontar. En cada leyenda, en cada crónica, en los recuerdos y tradiciones hay verdad y hay falsedades, por ello su cultura debe ser amplia y variada  con  la premisa del conocimiento del medio y de la gente.

 Son tan grandes los vacíos en la historia regional que quien se adentra en sus vericuetos se ve en la obligación forzosa de asignar significados y plantear hipótesis, pues la realidad  no es cosa dada y ante el desconocimiento debe darse una interpretación. Existen muchos campos  inexplorados en nuestra historia rural  debidos al desprecio por lo nuestro

Uno de los olvidados es la toponimia;  Octavio Hernández y Alejandro Ugarte han rescatado los nombres  de  antiguas localidades indígenas en la banda izquierda del río Cauca; es  así como renacen   palabras  hermosas como Zarcirí, Sausaguá, Taudía y otras como Guacuma y Kurumbí han retornado con las  leyendas de Gobia, Batero y Opirama.

Varios proyectos se están ligando a la  lingüística; en sus pesquisas el etnoeducador Merardo Largo  descubrió las  últimas cinco familias que   hablan el lenguaje umbra y con el apoyo del lingüista Guillermo Rendón  empezó  a rescatar la lengua de los ancestros risaraldenses. Para complementar, su hermano Giovanny Largo fundó una escuelita en la vereda Mápura en Quinchía y  de nuevo la xunxura o voz del pasado empezó a vivir  en la garganta de los niños nativos y se descubrió que cirirí, meme, vihao, fara y bore son palabras umbras incorporadas al idioma castellano.

En fin… es mucho lo que falta por emprender y rescatar…

Nuestros intelectuales se han desligado de la realidad local, parecen estancados dentro de algunas temáticas ajenas a nuestra identidad; de ahí surgen los greco-quimbayas y otros grupos que suspiraron en francés y ahora lo hacen en el idioma inglés.

 Bernardo Arias se aproximó a las negritudes y Ariel Escobar a la caucanidad y pare de contar; nadie ha tocado las  aldeas fantasmas  de Opirama, Papayal e Irrada ni se ha acercado a las riberas del río Magdalena. A excepción de Víctor Zuluaga, nuestros historiadores siguen enfrascados con los paisas olvidando a los indígenas. Poco se ha escrito sobre los movimientos de reivindicación social de nuestras comunidades y no se ha estudiado a fondo el origen de la violencia que nos ha castigado desde siempre.

Son grandes los retos.

 Estamos en mora de analizar los sucesos que han modelado nuestro presente  y hemos olvidado la exaltación de todo aquello que nos da valor, permanencia y proyección en el futuro.

 

 

 

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