lunes, 1 de febrero de 2016

EL CORREGIMIENTO DE MONTEBONITO


Alfredo Cardona Tobón
 
 
Por la carretera entre Manizales  y Honda,  una vía destapada antes del sitio de Mesones nos lleva al corregimiento de Montebonito en jurisdicción de Marulanda.

Es un pequeño poblado con menos de mil habitantes y una historia de arrieros cosida al  viejo camino de Perrillo adosado a las laderas de Cerrobravo. En su pasado no hubo empresarios ni vecinos notables, fueron Arroyave y Ospina, Arango y Bedoya de pie en tierra, de ruana, machete al cinto  y sin pergaminos, quienes  levantaron  ranchos al lado de una fonda e hicieron brotar un caserío  montado en los barrancos.

Al repasar la existencia de Montebonito, dos sucesos  trágicos quedaron grabados en la mente de los vecinos:  uno fue  en las elecciones del 24 de mayo de 1938, cuando en plena  República Liberal, el corregidor y un policía asesinaron vilmente a dos hermanos  de apellido Gálvez. En el otro con fecha del  5 de marzo de 2005, el poblado se vio en peligro de desaparecer al ser atacado por un grupo de las FARC comandado por Elda Nelly Mosquera, alias Karina

En la noche de ese día los antisociales hostigaron con cilindros y granadas al cuartel de policía defendido por doce uniformados. Fueron cuatro horas de terror y espanto, en medio de las explosiones y el tableteo de las armas de fuego. En  el combate perecieron  un agente del orden y un guerrillero  y un artefacto explosivo que cayó sobre una casa de familia   mató a José Luis Valencia  y a un bebé de seis meses de nacido

En la madrugada   se oyó el ruido del avión fantasma que venía reforzar a los valientes policías y ante la amenaza de sus ametralladoras y sus bombas los sediciosos desocuparon el pueblo  y solo entonces  la gente pudo salir de sus casas  a sofocar el incendio que consumía catorce viviendas y a  dar atención a los numerosos heridos.

LA UNIÓN HACE LA FUERZA

En  1973, bajo la gobernación de  Oscar Salazar Chávez, la Caja Agraria aprobó una oficina en la vecina localidad de Padua desatendiendo las reiteradas solicitudes de la gente de Montebonito que aspiraba a tener su propia sucursal. Se aducía la imposibilidad de llevar los equipos hasta el caserío, pues carecía de carretera de acceso. En vista de ello se acudió al departamento de Caldas para que  suministrara un helicóptero para transportar la caja fuerte, pero  no se atendió la solicitud de  la comunidad.

Entonces los vecinos de Montebonito esperaron el camión que llevaba la   Caja Fuerte  de Padua y con la experiencia en el trajín en medio de tremedales y ciénagas, la bajaron en la trocha que llevaba a Montebonito  donde previamente habían adecuado un local para  instalar la sucursal bancaria.

Arrieros, tenderos, labriegos y funcionarios de la corregiduría adecuaron  con picas y palas  el piso del camino donde extendieron troncos sobre los cuales colocaron tablas que hicieron deslizar lentamente  junto con la caja fuerte. Fueron varios kilómetros de recorrido al lado de profundos  abismos en cuyo fondo bramaba el río Perrillo. Para que las mulas pudieran halar la carga hubo necesidad de ensanchar las  curvas,  cercar las orillas de los precipicios con palos clavados entre las rocas y rellenar los pantaneros que impedían el avance.

Fue una tarea titánica; los gritos de júbilo estallaban al coronar cada tramo y acercarse a Montebonito; las mulas relinchaban sudorosas y las señoras se echaban la bendición cuando la carga de acero se balanceaba hacia al vacío. Las horas pasaban y para mitigar el cansancio y reponer las fuerzas  unas entusiastas voluntarias encendieron fogatas al lado del rio para preparar tinto y  aguapanela.

 Después de un corto descanso y el almuerzo con un suculento  sancocho se cruzó el rio  y  empezó el ascenso. Al caer el sol,  la caja fuerte llegó a la oficina que el corregidor tenía acondicionada como sede para la Caja Agraria. Las campanas sonaron alborozadas y en medio de abrazos la comunidad  celebró la proeza que elevó a Montebonito de un caserío  con capilla al de una localidad con importancia económica que hablaba de tú a tú con la cabecera del  municipio de Marulanda.

 UNA FUNDACIÓN CAMINERA

Cuando a fines del siglo XIX  don Pantaleón González abrió el camino de La Moravia parte del tráfico de mineros y colonos se movilizó por la Cuchilla de la Picona y las laderas del rio Perrillo y en el trayecto aparecieron tambos y posadas.

Un colono  hizo su rancho al lado de una de esas fondas clavadas en el camino, después otros hicieron lo mismo y en esa forma, sin papeles ni pergaminos,  nació el caserío de Montebonito en jurisdicción del municipio de Herveo, Estado Soberano del Tolima. Las familias Torres, Velasquez, Castro, Valencia, García y Galvis, oriundas de Salamina,fueron el embrión de Montebonito, que de  Pronto el incipiente rancherío se convirtió en corregimiento de Herveo   y al crearse el departamento de Caldas, el gobierno  nacional lo
 anexó al municipio de  Marulanda.

Montebonito  creció sin orden ni planeación a  espaldas de la alejada  cabecera municipal. En  1947 don Marcos García, descendiente de los primeros pobladores, quiso construir una casa al final del caserío y como no existían niveles ni paramentos que definieran la línea de la calle, don Marcos y   el padre  Campos  con la   colaboración de los vecinos  la aplanó y en esa forma empezó a organizarse urbanísticamente  el pequeño y rústico caserío.

el  Obispo de Ibagué, monseñor Pedro María Rodríguez ,  envió en 1950 al sacerdote Miguel Bedoya Arboleda, oriundo de Marulanda,  para que atendiera a Montebonito y al Brasil en Herveo y luego al sacerdote  Daniel Echeverri.

La carretera llegó en noviembre de 1979 y la pavimentación de sus calles se hizo por convites.
 

CARACTERISTICAS

Montebonito es un pueblito lindo con una temperatura promedio de 19 ° C; produce excelente café, arracacha y verduras y posee un gran potencial en el área del turismo ecológico con sus paisajes, la variedad y profusión de flora y fauna, el verdor de sus laderas, los caminos de aventura, los sistemas hídricos, la proximidad de los nevados,  las tradiciones y el folclor que se ve en todo su esplendor en las  Fiestas de La Tolda. Es uno de los últimos reductos de montaña que permiten evocar el pasado y que  vale la pena rescatar, antes que el modernismo desplace  las últimas casas coloridas de madera parada  donde entre margaritas y afrecheros se  levantaron los abuelos del arrugado territorio del oriente caldense.

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