martes, 1 de septiembre de 2015

GLORIA Y TRAGEDIA DEL PRECURSOR ANTONIO NARIÑO

Alfredo Cardona Tobón



Antonio Nariño empezó a visibilizarse en  nuestra historia a partir del primer siglo de la independencia; sobre su memoria se tendió  un manto de olvido y por mucho tiempo sus enemigos pretendieron borrar todo lo que  representó al más grande granadino.
Por fortuna hubo quienes rescataran el pasado de Nariño y establecieran  la dimensión real de un hombre que vivió para la Patria y señaló el rumbo a una nación balbuciente  que no atinaba a dar los primeros pasos.

La vida de Nariño fue un mosaico de  gloria y de tragedia, de actos sublimes y pasajes con los errores humanos; fue una vida a  cuyo derredor  brillaron  la fidelidad y la traición   y  se urdieron  cenáculos   donde   euménides  sedientas  de venganza  lo persiguieron con saña.

EL PASO A LA ETERNIDAD
Para entender la inmensa soledad de Nariño y la maldad de sus enemigos nos tenemos que remontar a la  posada de Villa de Leiva donde el Precursor de la Independencia  rindió su postrer aliento.
Entre las nueve y las diez de la mañana del once de diciembre de 1823  la tuberculosis que agobiaba a don Antonio Nariño  dio una pequeña tregua a su agonía; con genio renovado salió de su encierro, montó una mula mansa de buen paso y  recorrió las calles empedradas para  despedirse de las monjas carmelitas y de unas señoras amigas.

La tregua fue cortísima  pues a los dos días la muerte agazapada lo acogotó y lo postró en una silla de cuero repujado; al lado del  prócer velaba el doctor Buenaventura Saenz, cura de Sáchica, y en la penumbra del espacioso cuarto esperaban unos músicos la señal para entonar los salmos de despedida de este mundo a falta del retumbar de los cañones que  Nariño hubiera querido como telón de fondo.
Los minutos corren y los desfallecimientos continuos anuncian la inminente partida, las oraciones  van una tras otra  y el enfermo  en sus instantes de lucidez acompaña los rezos de las personas piadosas que lo acompañan en su agonía. En la tumba yace su esposa Magdalena, los hijos están lejos y en esa tierra desolada, barrida por la erosión y calcinada por el sol, quien fue el primer presidente republicano de la Nueva Granada, quien estuvo cargado de grilletes durante la quinta parte de su vida por defender a su Patria está entregando su alma al Creador sin el consuelo de los suyos.
A las cinco de la tarde la muerte asesta el tajo final y la sufrida humanidad de Nariño reposa primero bajo el bautisterio y luego en una losa a la salida del templo. Años después sus cenizas peregrinarán por Jamaica, por Panamá , por Medellín y la Sabana, pues ese parece ser el sino peregrino de un hombre que conoció las bóvedas de Cartagena, los calabozos de Pasto y de Cádiz, la oscura prisión de la Escuela de Caballería, las tormentosas aguas de Cabo de Hornos, los refugios piratas del Caribe y los pasillos de Paris y Londres donde habló de una Patria soberana y libre..

Ni siquiera después de su muerte los malquerientes dejan en paz a Nariño, pues cuando sus hijos quieren celebrar solemnemente unas honras  fúnebres en  la catedral de Bogotá,  las amenazas de muerte obligan a cancelarlas y solo una mención en la gaceta oficial informa al pueblo bogotano la desaparición del héroe de Calibío, de Tacines y San Victorino.

NARIÑO Y LA FATÍDICA  CAJA DE DIEZMOS.
Hijo de un funcionario español y de una noble criolla, Nariño se levantó al lado de trece hermanos entre  libros y modales cortesanos- Por su linaje, su ilustración y el  porte el joven Antonio Nariño desempeñó un airoso papel en la sociedad santafereña: a los diecisiete años  de edad lo vemos de  abanderado de un regimiento de milicias, a los veinticuatro años de Alcalde  Ordinario de la capital del virreinato de la Nueva Granada y después de Alcalde Mayor Provincial del Cabildo.

En 1795 con veinte años cumplidos contrae matrimonio con doña Magdalena Ortega, hija de un alto funcionario  colonial,  reforzando, así, los nexos con el cogollo de la sociedad santafereña. Nariño es el contertulio de palabra fácil, del gracejo que unos admiran y otros miran con envidia. Nariño figuraba en los salones y en el palacio del virrey Ezpeleta pero no tenía dinero, era un segundón entre los lozanos y los Baraya, acosado continuamente por los deudores y los gastos que no podía cubrir con los emolumentos oficiales y la pequeña dote aportada por  su esposa doña Magdalena Ortega.

Mientras Nariño saltaba matojos a la  Caja de Diezmos de la curia fluían continuamente las contribuciones de la feligresía bogotana destinadas al culto y al sostenimiento de los venerables canónigos. En la Caja reposaban ociosamente ochenta y  pico mil patacones administrados por un cicatero tesorero que nada hacía para aumentar el caudal o ponerlo al servicio de la raquítica economía colonial.

Cuando  el anciano tesorero agobiado por los años presentó renuncia, el virrey Ezpeleta impuso a Nariño como nuevo tesorero de la Caja de Diezmos; la curia se opuso inútilmente pues no confiaba en un mozo petulante, mundano y amigo de la buena vida.
Con acaudalados fiadores que lo respaldaban, Antonio Nariño empezó su gestión como tesorero de la Caja de Diezmo con la  compra de una imprenta y continúa con exportaciones de quina, compras de predios, arriendos y préstamos a granel. Vales van y vales vienen, los patacones de la Caja de diezmos se ven por todas partes; pero como en la reducida sociedad santafereña  nada  puede ocultarse, corren rumores de pérdidas en los arriesgados negocios y alguien pone un denuncio. Entonces el Oidor payanés  Joaquín Mosquera y Figueroa procede de oficio,  en agosto de 1794  allana la Tesorería de la Caja de Diezmos y recluye a Nariño en su propia  casa hasta que se aclarara la situación.

EN EL CUARTEL DE CABALLERÍA

Poco después del incidente de la Caja de Diezmos aparecieron unos pasquines en los muros de Santa Fe contra el gobierno español;  el atemorizado virrey nervioso con el alzamiento de Quito y una revuelta en los llanos ordena la prisión de varios sospechosos, incluyendo a  Nariño, acusado de publicar meses antes unos panfletos sobre los derechos del hombre.
Aquí empieza el calvario de Antonio Nariño, pues le embargan los bienes para cubrir los faltantes de la Caja de Diezmos y lo remiten prisionero a España junto con los demás acusados de fijar los pasquines en Santa  Fe de Bogotá.
En el desembarque en Cádiz Nariño escapa, viaja a Madrid  y luego a Francia e Inglaterra. Las autoridades españolas al fin liberan a los implicados en los pasquines y Nariño regresa a su patria pensando que en la capital del virreinato  puede aclarar su situación.
Con la intervención del arzobispo Baltasar Jaime se presenta al virrey Amar y Borbón  que ofrece clemencia si le informa sobre  las actividades revolucionarias en Inglaterra y en Francia y sus nexos con grupos opuestos al regimen  en su paso por la Nueva Granada.  Las promesas se incumplen y a Nariño lo confinan en el Cuartel de Caballería hasta el año de  1803, de donde sale tras siete años de prisión a recibir aire del campo ante la inminencia de su muerte a causa de la tuberculosis que lo aqueja.

EN LOS CALABOZOS DE CARTAGENA
La vida renace con la ayuda del padre Mesa que  dona a Magdalena la finca que llamaron La Milagrosa: Nariño establece cultivos y levanta ganados y con la ayuda de amigos envía  a sus hijos Francisco y Gregorio a estudiar a Inglaterra.
Sin embargo la fatalidad vuelve a ensañarse con Nariño a causa de las declaraciones fantansiosas del  canónigo Rosillo que dice a los cuatro vientos que se avecina una revolución que cuenta con miles de hombres y el apoyo pecuniario de numerosos criollos, entre los cuales incluye a Nariño.
Los españoles no tardan en apresar al Precursor y cargado de cadenas lo remiten a las bóvedas de Cartagena  el 23 de noviembre de 1809.
Por mediación del visitador Villavicencio se evita la deportación a Puerto Rico, se le saca de los calabozos y se le recluye en un bohío al pie de la  Popa. El pueblo se pronuncia en Santa Fé y en Cartagena y Antonio Nariño  queda al márgen de los acontecimientos aislado por la burocracia criolla y la pobreza que le impiden viajar a la capital del virreinato.

PRESIDENTE DE CUNDINAMARCA

Ante el caos y la desorganización de la  naciente república, Antonio Nariño alza su voz de alerta;  el 14 de julio de 1811 edita el primer número de “La Bagatela “ que cae como gasolina en el fuego; ante sus denuncias tratan de acallarlo  o agobiarlo con numerosos nombramientos que acepta sin reparo.
El número 19 de “La Bagatela es la bomba que hace caer al presidente Jorge Tadeo Lozano y los “chisperos” y el pueblo coaligado hacen nombrar a Nariño como  primera autoridad de la Provincia de Cundinamarca en la memorable noche del 21 de septiembre de 1811.
Es necesario unir a las provincias granadinas para resistir la reacción de los monarquistas y Nariño con la bandera centralista  extiende su control en lucha contra el Congreso dominado por los federalistas.
Tropas españolas avanzan desde todos los frentes y Nariño, al frente de las provincias emprende una campaña al sur para detener a los españoles.
DE NUEVO TRAS LAS REJAS
No solamente tiene que luchar contra los indómitos guerrilleros pastusos y patianos sino  tambien cuidar sus espaldas de los traidores que obstaculizan sus movimientos y  retiran el apoyo en los momentos difíciles. Por ellos  el enemigo lo derrota en los ejidos de Pasto donde se entrega a los pastusos en parte para salvar su vida y por otra para ganar tiempo y permitir la retirada de los sobrevivientes patriotas.
Después de trece meses de  prisión en Pasto se le conduce con otros prisioneros al puerto de El Callao y por el Cabo de Hornos hasta una prisión en Cádiz. Allí estará privado de la libertad desde marzo de 1816 hasta marzo de 1820.
Unos cambios transitorios en la politica española  permiten la excarcelación de numerosos presos políticos; Nariño aprovecha ese fugaz lamparazo de libertad en España para escribir y   condenar  a los tiranos que han ensangrentado su Patria.
El soplo liberal desaparece y Nariño se ve obligado a refugiarse en Gibraltar, viajar a Londres y Paris  para retornar a Colombia en 1824 cuando llega al puerto  de Angostura

VICEPRESIDENTE DE COLOMBIA
El 31 de marzo Nariño se encuentra con Bolívar en  los llanos venezolanos y de allí parte ungido como vicepresidente  hacia Cúcuta con la misión de convocar el Congreso de la Villa del Rosario.
Era una tarea imposible porque en un Estado sin vias y sin recursos se buscaba reunir los 95 representantes elegidos por las provincias de Venezuela, Quito y la Nueva Granada.
Una vez establecido el Congreso los  enemigos arremetieron contra Nariño enrrostrando  el descuadre de la Caja de Diezmos,  tildándole de traidor por su entrega en Pasto y de estar inhabilitado para ejercer la vicepresidencia de la nación por no tener el tiempo de residencia  estipulado para la elección.
El escándalo con una otoñal viuda de un general  de la Legión Extranjera  fue  la gota que colmó el vaso y el valiente general, el ilustrado vicepresidente, el  Precursor de la Independencia, el gestor de una constitución que jamás quiso considerar el Congreso de Cúcuta, renunció a la investidura y  viajó a Santa Fe de Bogotá donde lo habían elegido senador de Colombia.
No bien llegó a Bogotá lo gravaron con 400 pesos  de impuestos. Era un atropellos inaudito pues Nariño rayaba en la miseria y clamaba porque se le pagaran los sueldos atrasados  como militar y vicepresidente.
Muy enfermo  Nariño tuvo el coraje de enfrentar  las acusaciones  y en defensa magistral desbarató los argumentos de sus opositores. Al terminar la sesión los aplausos de las barras  retumbaron en el recinto  haciendo callar para siempre las calumnias y las tergiversaciones que llenaron de dolor la vida de un gran hombre.

Por un siglo las euménedis  rondaron las cenizas de Nariño quien  al final eclipsó la memoria insignificante de quienes quisieron borrarlo de nuestra historia.

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