sábado, 1 de agosto de 2015

LAS MEMORIAS DE MARCO AURELIO RAMÍREZ


Alfredo  CardonaTobón

 

                                  Marco Aurelio Ramírez C y  José Vicente Estrada

Un día de  mil novecientos treinta y tantos, Luis Felipe Cardona dejó las lomas de Pácora y con su esposa Ana María Ramírez viajaron a Manizales en el cable aéro del norte de Caldas; era una odisea que empezaba en Aranzazu y  se extendía por largas horas sobre una vagoneta que danzaba al son del viento por encima de  enormes  precipicios.
En  la capital caldense tomaron el tren y  al acorde de pitos y el traqueteo de las ruedas sobre los rieles el matrimonio paró en una estación  entre Pereira y Cartago.  Luis Felipe trabajó en las grandes haciendas de los alrededores y luego como  carnicero  en la movida Fonda Central, que en aquel tiempo era un centro comercial  con todo tipo de mercancías.
Posteriormente Luis Felipe se encargó de la alimentación del personal de la Estación Villegas y se instaló con su familia en una casita anexa, donde atendió a los bodegueros, los coteros, los funcionarios y policías  que atendían ese sector del Ferrocarril de Caldas.
Debieron ser muy ricos los sancochos y los fríjoles con tocino preparados  por Ana María, pues por varios años el matrimonio  trabajó en la Estación Villegas, donde nacieron los hijos del matrimonio, entre ellas Ofelia, una  niña vivaracha y juguetona que aprendió a caminar    viendo pasar los  trenes y oyendo el pito de  las locomotoras.

  El tiempo pasó  y Ofelia  se convirtió en una agraciada mujer que  ocupó el puesto de telegrafista de la  Estación Villegas hasta que apareció un patán que tocó el corazón de la muchacha, la llevó al  altar, le dio tres hijos y le encimó malos tratos.
Un día se acabó la paciencia de  Ofelia que se libró de las ataduras de un mal marido  y con sus hijos  buscó otros horizontes en el puerto de La Dorada, donde trabajó con un hermano en una finca denominada Media Luna. Con la prole crecidita y sin arredrarse ante nada, Ofelia se  internó en los baldíos a orillas del río Magdalena y a  “mano vuelta”  o sea concertando trabajo  con los otros colonos de la zona,  abrió 20 hectáreas al lado de la quebrada del Ermitaño y  en seis años de intenso trabajo las sembró  con  yuca, maíz, plátano, ñame y mafafa.
En  el abierto en la selva,  Ofelia y sus muchachos levantaron cerdos y gallinas cuya carne combinaban con las guabinas y las perrolocas que pescaban en la quebrada, con las tortugas que recogían en los arenales y las guaguas, gurres, guatines y micos que cazaban en el monte.
En una madrugada del año 1960  el tropel de los perros  turbó el sueño de  los colonos. De  improviso una chusma paramilitar comandada por Enrique Isaza irrumpió en la vivienda y arrojó a sus habitantes del  predio que tan duramente habían ganado a la selva. No tuvieron ni tiempo de  enjalmar “la Nutria”, una mulita que era parte de la familia. Según  contaron los vecinos, la Nutria no se dejó enlazar de los bandidos y tiró para el monte; años más tarde Marco Aurelio regresó  a  la finca, la encontró invadida por el  rastrojo,  y oyó la historia de una mula cerrera que en las noches de luna  veían corcobear en los playones del río Ermitaño.
Ofelia no tuvo tiempo de empacar ni cargar herramientas, ropa ni menaje; de  pura suerte les perdonaron la vida y la dejaron marchar por las trochas para refugiarse con sus hijos en un cuchitril en Barrancabermeja. Hubo que empezar de nuevo, sin conocidos y sin un peso. Pero Dios es grande y un gerente del Banco Popular les tendió la mano para explotar una finca en compañía. Después de cuatro años de durísimo trabajo  en  el predio denominado  “El Silencio” la familia consiguió unos ahorritos para trasladarse a  Bucaramanga donde  Marco Aurelio Ramírez Cardona, el hijo menor de la camada, terminó el bachillerato e ingresó a la Policía Nacional.
DE REGRESO A SU TIERRA
Después de  quince años de servicio en la Policía, Marco Aurelio se retiró de la Institución  y se vinculó a la industria privada  como oficial contable y  luego como  contratista de  Ecopetrol  en el área de calibración de instrumentos. Todo parecía ir de maravilla, pero al negarse a pagar una extorsión, los antisociales asesinaron  a su esposa y lo dejaron mal herido.
Ante esas circunstancias Marco Aurelio Ramírez, nacido en la Estación Villegas en 1936, regresó con su mamá  Ofelia,  a la vereda Esperanza Galicia donde se reencontró con los suyos, reinició la lucha por la vida y puso su capacidad y liderazgo al servicio de la comunidad , contribuyendo a la electrificación  de Esperanza Galicia, la construcción del alcantarillado,  la instalación de teléfonos y el suministro de agua potable.
Con varios semestres de derecho,  Marco Aurelio  calificaba para desempeñarse como Juez de Paz y eso está haciendo desde hace diez años en el corregimiento de Cerritos.; es , sin duda, un  destacado formador de  identidad y pertenencia y un componedor de entuertos.. Entre los graves problemas que ha tenido que resolver Marco Aurelio Ramírez  en su comunidad compleja y repleta de inconvenientes fue la invasión de emberas- chamies en el año de  1997. En ese entonces llegaron a la vereda centenares de nativos  procedentes de Pueblo Rico y del Chocó que sin respetar la ley ni a los vecinos trataron de ocupar los predios. Fue una situación delicada  que  Marco Aurelio  Ramírez, como Juez de Paz debió  sortear  con todo el cuidado del mundo para evitar una confrontación sangrienta.
En cuanto a Ofelia, con 79 años cumplidos sueña con una casa decente donde terminar sus días; está enferma y muy sola ,pero en sus ojos y en sus palabras siguen vibrando esos chispazos de coraje que le permitieron  levantar una familia  sin arredrarse ante  nada, porque ni bandidos ni culebras fueron capaces de doblegar su espíritu.
 



 

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