domingo, 9 de agosto de 2015

LAS DOS ÚLTIMAS CARTAS DE AMOR DEL LIBERTADOR SIMÓN BOLÍVAR


Alfredo Cardona Tobón*
 
 

La plebe bogotana que siguió a Carbonell y recibió  con arcos de triunfo a los españoles de la reconquista y a las tropas patriotas  despidió en la mañana gris del 8 de mayo de 1830  al Libertador Simón Bolívar a los gritos de: ¡Muera Longaniza!  Fue un baldón que marcó para siempre a una ciudad capaz de grandes sacrificios  y también de las más viles traiciones.

Ese día Bolívar dejó para siempre el altiplano y  tomó rumbo Magdalena abajo. Atrás quedó   Manuelita Sáenz, su “adorable loca”,  haciendo frente a las  hienas   que querían destrozar  la memoria de su amado.

Al llegar a Guaduas el Libertador escribe la  última carta a Manuelita. La enfermedad, la decepción, el cansancio y la tristeza no le darán tiempo para comunicarse con esa mujer admirable que lanza en ristre destrozó los monigotes que hicieron los enemigos para mofarse de Bolívar:

  “¡Mi amor!: Tengo el gusto de decirte que voy muy bien y lleno  de pena por tu aflicción y la mía por nuestra separación. Amor mío: mucho te amo, pero más te amaré si tienes ahora más que nunca mucho juicio. Cuidado con lo que haces, pues si no, nos pierdes a ambos, perdiéndote tú. Soy siempre tu más fiel amante. Bolívar”  (Escritos del Libertador,t.III, Vol.II, p.262).

Esa fue la   última carta con fecha 11 de mayo de 1830 enviada por el Libertador a Manuelita  que esperó  una seña para viajar a  encontrarse con Bolívar  y al fin tuvo que alejarse de una ciudad  hostil y  refugiarse en la costa peruana.

LA CARTA A FANNY DE VILLAR
 

El seis  de diciembre de 1830 una leve mejoría en su estado de  salud permitió al Libertador  incorporarse de su lecho, tomar una sopa de sagú y escribir unas cartas;  en  el horizonte se veía el mar de Santa Marta mientras  el raudo vuelo de las gaviotas se   perdía entre las espumas de las olas

Ya no revoloteaban a su derredor las ninfas que en cada ciudad, estancia y campamento  ofrecían a Simón Bolívar  sus besos y  sus caricias, atrás quedaban esos recuerdos y  a su lado algunos amigos y el médico Próspero Reverand que velaba día y noche tratando de alejar la muerte.

Una suave brisa se coló entre los cocoteros y secó la tinta de la última carta de amor de un hombre atormentado, que echaba marcha atrás en el tiempo para  despedirse de la mujer que siempre ocupó un lugar en el corazón generoso del  Genio de la Gloria:

“Querida prima:

¿Te extraña que piense en ti al borde del sepulcro?

Ha llegado la última hora; tengo al frente el mar Caribe, azul y plata, agitado como mi alma por grandes tempestades; a mi espalda se alza el macizo gigantesco de la sierra con sus viejos picos coronados de nieve impoluta como nuestros ensueños de 1805.

Por sobre mí, el cielo más bello de América, la más hermosa sinfonía de colores, el más grandioso derroche de luz.

Y tú estás conmigo, porque todos me abandonan; tú estás conmigo en los postreros latidos de la vida, en las últimas fulguraciones de la conciencia.
¡Adiós Fanny! Esta carta, llena de signos vacilantes, la escribe la mano que estrechó las tuyas en las horas del amor, de la esperanza, de la fe.
Esta es la letra que iluminó el relámpago de los cañones de Boyacá y Carabobo; esta es la letra escrita del decreto de Trujillo y del mensaje del Congreso de Angostura.
¿No la reconoces, verdad? Yo tampoco la reconocería si la muerte no me señalara con su dedo despiadado la realidad de este supremo instante.
Si yo hubiera muerto en un campo de batalla frente al enemigo, te dejaría mi gloria, la gloria que entreví a tu lado en los campos de un sol de primavera.
Muero miserable, proscripto, detestado por los mismos que gozaron mis favores, víctima de un inmenso dolor; presa de infinitas amarguras. Te dejo el recuerdo de mis tristezas y lágrimas que no llegarán a verter mis ojos.

¿No es digna de tu grandeza tal ofrenda? Estuviste en mi alma en el peligro, conmigo presidiste los consejos del gobierno, tuyos son mis triunfos y tuyos mis reveses, tuyos son también mi último pensamiento y mi pena final.
En las noches galantes del Magdalena ví desfilar mil veces la góndola de Byron por las calles de Venecia, en ella iban grandes bellezas y grandes hermosuras, pero no ibas tú; porque tu flotabas en mi alma mostrada por las níveas castidades.
A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las últimas congojas apareces ante mis ojos de moribundo con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas y en tu voz escucho las dianas de Junín.

Adiós, Fanny, todo ha terminado. Juventud, ilusiones, risas y alegrías se hunden en la nada, sólo quedas tú como ilusión serafina señoreando el infinito, dominando la eternidad. Me tocó la misión del relámpago: rasgar un instante las tinieblas, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderse en el vacío”.

Encorvado y macilento el vencedor de mil batallas se recostó en  un sillón y  cerró los  párpados; como  en aquella despedida en Paris en el año 1806,  volvió a oír  la voz de la bella Fanny de cabello rubio, ojos azules y  con la  burbujeante picardía de la mujer francesa: “ Adiós mi querido amigo, lo amo a usted y creo que no es porque lo he amado que le amo tanto..”

El sueño venció al Libertador… Lejos, Manuelita esperaba noticias con impaciencia y en el lejano París Fanny de Villar apretaba contra sus labios el retrato en miniatura que  muchas años atrás le obsequió Bolívar.
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