lunes, 12 de mayo de 2014

LA CASA DEL DEGÜELLO- GUERRA DE 1879-



Alfredo Cardona Tobón



En el marco de la plaza principal de Salamina se destaca la casona de Monseñor Isaza; es una edificación centenaria de dos plantas y arquitectura paisa, con balcones floridos, patio interior lleno de color y colibríes y una historia que la distingue con el triste apelativo de la Casa del Degüello.

El doctor Antonio Mejía G. me prestó su oficina ubicada en el primer piso de la edificación, donde en medio de libros, rejos y cuadros de caballos finos coordiné el Programa de Paz y Competitividad  de la Universidad Autónoma en Salamina.

Mientras estudiantes de diversas disciplinas proponían fórmulas para recaudar impuestos que nadie quiera pagar, esbozaban proyectos de informática par agilizar los trámites burocráticos y trataban de encontrar las causas del atraso rural del municipio, no pude menos que  comparar el esfuerzo  de los jóvenes universitarios  que quieren cambiar a Colombia con trabajo, alegría y tolerancia con el sacrificio de otros muchachos  den mitad del siglo XIX, que empujados por caudillos del desastre rindieron su vida en esa casona, creyendo que a sangre y fuego iban a dar otro rumbo a su patria.

LA REVOLUCIÓN DE 1879

Mientras el general Tomás Rengifo, presidente radical  impuesto por los caucanos en Antioquia, controlaba un alzamiento en Medellín, en el sur del Estado el general Cosme Marulanda con los colonos de Plancitos enarbolaba desafiante la bandera azul del conservatismo.

Los rebeldes atacaron por sorpresa la población de Aguadas, apresaron la Compañía del Quinto de Vargas que sostenía la causa liberal en la región y sin  perder un instante marcharon hacia Salamina y a las siete de la noche del 21de marzo la ocuparon sin mayor resistencia.
Paralelamente con el avance de Marulanda, desde Manizales se movió el coronel Valentín Deaza con el batallón Primero de Rifles y con el batallón Zapadores, con el objeto de frenar y acabar, a cualquier precio, la ofensiva conservadora.

A las siete de la mañana del 22 de marzo las tropas de Deaza se escurrieron desde el Alto de la Palma, en cercanías de Salamina, y chocaron con los alzados en  armas atrincherados en las cercanías del cementerio.

El  Primero de Rifles avanzó palmo a palmo, luchando calle por calle, hasta la manzana sur de la plaza principal. El capitán Fernán Gaviria con voluntarios de Pácora atacó las casas de la acera occidenta,l en  tanto que Rafael Avendaño con liberales de Salamina tomaba las casas del lado oriental y la retaguardia gobiernista aseguraba el punto de Higuerones en la parte alta de la zona urbana.

A las once de la mañana el humo de la pólvora  cubría la plaza; los oficiales liberales repartieron los últimos tragos de aguardiente con pólvora y entre la humareda emergieron los soldados del Batallón Zapadores que entre gritos y maldiciones forzaron  puertas y perforaron paredes para acercarse por los interiores de las viviendas a la casa de José Ignacio Llano, hoy Casa de Monseñor, donde se presentaba la más tenaz resistencia enemiga.

Atrás del Zapadores avanzó  el Primero de Rifles bajo el comando del capitán manizaleño Juan Nepomuceno Uribe.  Los soldados conservadores atrincherados en la casa de Ignacio Llano disparan desde el techo, los balcones y los postigos sin dar cuartel  pese a estar rodeados de enemigos. Una ráfaga de plomo destroza el pecho del capitán Uribe, sus hombres flaquean un instante, entonces el corneta del Zapadores ordena armar bayonetas y al toque de carga la tropa gobiernista arremete con todas sus fuerzas contra el bastión enemigo trabándose combate cuerpo a cuerpo sin dar ni pedir clemencia.

Las escaleras se llenan de cadáveres, las blasfemias y los lamentos de los moribundos convierten la casona en la antesala del infierno; la sangre corre por los corredores, las chambranas ceden ante el empuje de los combatientes que caen al patio interior  atravesados por golpes de bayoneta. Ante la inminente derrota conservadora algunos sobrevivientes saltan hacia la plaza para encontrar la muerte en los fusiles  de los atacantes.

El combate no cede;  desde los balcones de las casas de Alejandro Escobar en la esquina occidental y de Alfonso Echeverri al lado de la iglesia, los francotiradores siguen disparando sobre las fuerzas de Deaza; por fin, al filo del medio día cesan los disparos, en la casa de José Ignacio Llano caen los últimos francotiradores y en su techo ondea la bandera del batallón Zapadores,  cuyo fondo rojo se confunde con los torrentes de sangre que cubren el campo de combate.

DESPUÉS DE LA TEMPESTAD

El telegrafista Pedro María  Ospina informó minuto a minuto sobre las incidencias  de la cruenta acción militar que dejó en total 150 víctimas. Mientras en Manizales, Pácora y Salamina lloran las madres, los huérfanos y las viudas por las calles de Salamina  pasean abrazados, como dos grandes amigos, Cosme Marulanda y Valentín Deaza, como si no hubiera pasado nada.  No fue un gesto de reconciliación y de perdón, como lo hacen aparecer cronistas de la época, fue un espectáculo ruin, que mostró la insensibilidad de esos héroes de pacotilla, que se aprovecharon de un pueblo ignorante para arrearlo en sus juegos de guerra.

El combate de Salamina fue el final de la guerra clerical de 1879; Cosme Marulanda purgó algunos meses de cárcel en  Medellín, Valentín Deaza continuó de comandante militar en Manizales y luego se radicó en Pereira, donde figura como uno de sus grandes personajes .

La Casa del Degüello, o de Monseñor, es un monumento histórico de Salamina lleno de flores y de colibríes, pero sin una placa que recuerde a las docenas de jóvenes que la empaparon con su sangre en defensa de unos principios  que olvidaron quienes siguen sembrando odio para sostener sus ruines intereses.

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