miércoles, 12 de febrero de 2014

DETRÁS DE LAS TRINCHERAS

Alfredo Cardona Tobón

En toda América las mujeres fueron la quinta columna de la insurgencia republicana; necesitaríamos innumerables cuartillas para  honrar el coraje y la entereza de las mujeres que sirvieron a los patriotas detrás de la  línea de combate. Recordaremos en esta ocasión  a  tres  heroínas : una panameña, una mejicana y otra granadina.

LA SEÑAL DE RUFINA ALFARO


Según la tradición era una campesina, agraciada y soltera, que vendía huevos y verduras en la Villa de los Santos. Su historia empieza en noviembre de 1821: los panameños aún están bajo el poder español y buscan la ocasión para sacudir el yugo  y unirse a la república de Colombia cuyas tropas victoriosas combatían en Venezuela y en el sur del continente.

En la mañana del diez de noviembre Rufina salió con su mercancía y se topó con un  grupo de vecinos.
-¿Para dónde va su merced?- Preguntó el connotado paisano Segundo Villarreal.
-A llevar unos huevos al cuartel- contestó la muchacha.
- Le solicitamos un favorcito Rufina-
- Ordene señor Segundo-
- Es poco. Fíjate no más cuántos soldados hay, qué armas tienen y vienes y nos cuentas.

Con amplia sonrisa y ademanes coquetos la muchacha observó con cautela y luego buscó a Villarreal para decirle  que había pocos soldados y que los fusiles no tenían carga porque la munición se estaba secando en  el patio.

Era la ocasión propicia. Los habitantes de la Villa de los Santos  irrumpieron  en el cuartel al grito de ¡Viva la Libertad! y  redujeron  la guarnición sin disparar un tiro… Repicaron las campanas, y a una voz, el pueblo se lanzó a la calle, pidió cabildo abierto, y en Villa de los Santos se suscribió la Primera Acta de Independencia panameña.

TODA UNA LEONA
Leona Vicario nació en ciudad de México en 1789  en cuna rica y de blasones. Recibió una esmerada educación, y a los 18 años, al quedar huérfana de padre y madre, siguió bajo la  tutela de un tío que le permitió vivir sola y administrar su fortuna.

Leona fue una muchacha independiente, de recta conducta y con ideas que la acercaron al abogado Andrés Quintana Roo, un yucateco que había abrazado la causa independentista desde el día del “Grito de Dolores”.

El amor dio un giro total a la vida de Leona que a mediados de 1812 se unió a la causa independentista: remitía proclamas y enviaba a los insurgentes cuanta noticia consideraba importante. Además, con su propio dinero, pagó a los mejores armeros para que fabricaron armamento con destino a las tropas patriotas.

Los españoles descubrieron las actividades revolucionarias de Leona, la capturaron y la recluyeron en el Colegio de Belem, de donde la rescataron sus amigos y la sacaron de la capital disfrazada de negra harapienta. El tío consiguió un indulto, pero Leona prefirió casarse con Quintana Roo y acompañarlo en las campañas contra los realistas.

Leona fue un ángel tutelar: curaba a los heridos, atendía a los huérfanos y era fuente de esperanza y fortaleza en los campamentos de la revolución. Durante la lucha guerrillera tuvo su primera hija en una cueva, y finalmente, acorralados por el enemigo, a Leona y a su esposo no les quedó otra opción que entregarse a las tropas  coloniales

La libertad llegó a México. El Congreso Constituyente de 1823 quiso compensarla y para ello decretó el pago de los bienes que le habían arrebatado los españoles y el Congreso de Coahuila honró a la heroína cambiando el nombre a la Villa de Saltillo por el de Leona Vicario.

Leona se vio envuelta en la lucha política de su marido,  con los  sinsabores y las penas  que habrían de acompañarla hasta su muerte en 1842. Una placa grabada en la tumba de Leona termina con las siguientes frases: “A esta Benemérita y Dulcísima Madre de la Patria, los desolados y agradecidos ciudadanos mexicanos, le erigen llorosos este Monumento.”

POLICARPA SALAVARRIETA

Esta granadina nacida en Guaduas, Cundinamarca,  llevaba la sangre de un antiguo capitán de la Revolución Comunera. Desde muy pequeña quedó huérfana, y al cuidado de una hermana mayor, aprendió en el convento de La Soledad las primeras letras, a tocar guitarra, a coser y a bordar.

Su joven corazón se prendó de Alejo Sabaraín, un revolucionario que acompañó a Nariño en la campaña del sur; peleó en Ambalema y en Honda y militó al lado de las tropas cartageneras.

Después de la “reconquista” española, algunos jefes republicanos salvaron su vida y se unieron a las guerrillas del Casanare lideradas por Fray Ignacio Mariño y Nonato Pérez.  Los hermanos Almeyda  y la guerrilla de La Niebla conectaron los grupos patriotas de El Socorro con  las fuerzas llaneras. Bajo las órdenes de los Almeydas  actuaba Alejo Sabaraín con su novia Policarpa: espiaban los movimientos de las tropas españolas, trasmitían información y ayudaban a reclutas y desertores a unirse con los combatientes de Mariño y Santader.

En uno de los operativos cayó Alejo en  manos de los realistas y poco después quedó al descubierto la “Pola”, que tras un intenso seguimiento cayó  prisionera de los españoles.

El 14 de noviembre de 1817 Policarpa, vestida con camisón  y mantilla azul,  caminó rumbó al patíbulo. Tenía la esperanza que una rebelión popular  impidiera su ejecución o que llegara un  indulto a última hora, pero los santafereños estaban aterrados y el régimen quería anegar en sangre la rebelión americana.

“Pueblo indolente, cuán diversa sería vuestra suerte sin conocieras el precio de la libertad, ved que aunque mujer y joven me sobra valor para sufrir la muerte…”, fueron las palabras de la Pola antes  de su sacrificio. Los fusiles tronaron, la sangre de Policarpa, de Sabaraín y de otros seis patriotas anegó el suelo granadino y su memoria quedó para siempre en nuestra Historia..                        
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