miércoles, 18 de septiembre de 2013

ENTRE TAMBOS Y POSADAS

Alfredo Cardona Tobón



AÑO 1775.

Por una trocha angosta, en medio de las selvas del  Pacífico, filas de indios cargueros  remontaban la cordillera con rumbo al Arrastradero de San Pablo,  que es un estrecho istmo entre los ríos Atrato y San Juan, adonde llegaba el oro sacado de contrabando de Supia, los cerdos y perros del interior y las mercancías de Estados Unidos y Europa con destino a la provincia de Popayán.

Esa trocha que iba al océano Pacifico empalmaba con otra que cruzaba el caserío de Arma, pasaba  por Ansermaviejo y bordeando el valle del Risaralda  llegaba a Cartago; era la vía que unía a Popayán con Medellín y se movía el comercio entre las dos provincias.

En esas soledades con aldeas miserables separadas por distancias infinitas, los cargueros y los arrieros construían tambos, o ranchos de paja, donde pernoctaban y preparaban sus alimentos y estaban a las distancias de una jornada de las recuas. A diferencia de los caminos de los indios, rectos, sin importar la pendiente; las trochas para las mulas seguían las curvas de nivel. En verano eran transitables  pero en épocas de lluvia se convertían en cenagales donde los animales se enterraban como en arena movediza.

AÑO 1840.

Las fundaciones caucanas de Arrayanal y La Balsa sirvieron de cabeza de puente hacia el Chamí, la primera, y la segunda hacia la región del Quindío. Alrededor de 1840 los antioqueños empezaron a regarse por el norte: Abrieron trochas desde el suroeste de su Estado  hasta las tierras altas de Riosucio, donde fundaron a Oraida y siguiendo la cordillera bajaron al valle de Risaralda y dieron vida efímera al poblado minero de Papayal.

Los paisas se convirtieron en ingenieros de vías: remontaron el  páramo de Herveo, se descolgaron por la Picona, llegaron al Magdalena y por el occidente levantaron puentes sobre el río  Cauca para llegar a Marmato.

A partir de 1850 se intensificó la colonización del sur de Antioquia. El aumento de población  en el área incrementó notablemente el comercio entre ese Estado y el del Cauca. El gobierno de Popayán  incentivó la inmigración paisa ofreciendo más tierras por familia que los antioqueños y cediendo  terrenos adicionales  a quienes abrieran caminos.

AÑO 1870.

Con  trochas, cacao y maíz crece el gremio de los arrieros. Ellos serán por casi un siglo los estafetas, los espías, la columna vertebral de la intendencia militar y por supuesto, el cordón umbilical de las aisladas provincias colombianas.
Los tambos se transforman en fondas y  a su lado surgen las posadas donde arrieros y caminantes encuentran sancocho y mazamorra, frijoles con garra, caldo de ojo y  miel, salvado y pasto para las recuas y las partidas de bueyes.
Hubo posadas  famosas: Bajando de Santa Bárbara hacia el río Cauca estaba  la posada de Damasco, allí  se jugaba dado y se destilaba  tapetusa,  se rasgaba el tiple y se compraban las caricias ardientes de mulatas de Sacaojal  o de monas descarriadas de San Vicente. Era importante, también, la posada de Ventanas, situada entre el Jardín y Ansermaviejo , donde  hacían escala los viajeros que salían del Jardín hacia  las fundaciones de las lomas del Tatamá y la Cuchilla de Belalcázar

Fondas y posadas fueron el embrión de decenas de caseríos. Al lado de una fonda nació Aguadas y El Sargento,  y al alero de fondas camineras  crecieron La Celia, Balboa,  Peralonso y Esparta.

 La población de Manizales , aunque no nació de una fonda, fue una amalgama de arrieros y de reclutas, donde  mulas y bueyes y los gritos de mando  dieron impulso a esa aldea que era una bodega y un cuartel.

 Fueron las recuas, el cacao, el maíz , el café y el contrabando junto con los generales godos o radicales con sus clarines y sus banderas, quienes hicieron de Manizales una ciudad que  en sus mejores tiempos llegó a codearse con las principales urbes colombianas.

El censo de 1870 cuenta  en Manizales treinta y ocho arrieros  sin nombrar los que vienen del resto de Antioquia y del Cauca que entran y salen con granos, panela, miel y cacao.

Los arrieros fueron vitales en la paz y en los conflictos internos constituyeron pieza fundamental  en suministros e intendencia.; en la guerra de 1860 el general Mosquera cuidaba  a los músicos  y a los arrieros  mucho más que  a sus desarrapados soldados. Animaba los combates con música  y  con cañones, que aunque hacían más ruido que daño, servían para llenar de espanto al enemigo. La movilización de esos cañones  por los andurriales  de entonces era  una odisea  comparable a la de Aníbal con sus elefantes o a la de Bolívar en el páramo de Pisba.

En 1860  Antioquia monopolizó el comercio del cacao  y de la sal para sostener las tropas. Los arrieros  trabajaron por cuenta del gobierno hasta que se perdió la guerra. En 1885  los arrieros  y vivanderos se alejaron de la plaza de Manizales por temor a las levas y los impuestos. Para evitar una hambruna el prefecto  del departamento del sur les debió garantizar seguridad  y el respeto a sus bienes.

AÑO 1920.

Las lomas se han llenado de café. Por la Elvira las recuas trillan los camellones llevando bultos de grano hacia el río Magdalena. Por la Serranía de Belalcázar se descuelgan las muladas con rumbo a la Virginia donde se embarcarán los bultos por el río Cauca.

Al llegar  las carreteras desaparecen las recuas. Algunos  arrieros  se transforman en choferes;  muy pocos se resisten a dejar las trochas y caminos. En Balboa el terrateniente Francisco  Jaramillo tapona el camino de herradura para extender sus potreros. Los arrieros en postrer acto de rebeldía cortan alambres y abren zanjas en la carretera.. La fuerza pública interviene y obliga a los arrieros  a  replegarse con  bestias y enjalmas a los últimos camellones de la montaña..

Pese a las tractomulas y al avión  perdura la imagen del  arriero. En todo pueblo y vereda se tejen  sus leyendas. En San José recuerdan a Macuenco. Dicen que  se enfrentó a Mirús en  la trocha de La Libertad y lo hizo recular a golpes de machete. El bandido, que  tenía pacto con el diablo,  se vio  perdido y para escapar de los tajos del arriero  se convirtió   en gallinazo  y voló raudo hacia la cordillera. En Santuario fue famoso Pedro Benjumea, un gigantón de voz de trueno que desafiaba las almas en pena de los tremedales del Totuí  y cuya fuerza era tan descomunal que levantaba en vilo a las mulas que se enterraban en los lodazales.

Esos seres anónimos tuvieron el poder de enquistarse en nuestros genes. Por ello  añoramos caminos no recorridos, vibramos  al son de un tiple y  sentimos  con placer sensual el abrazo de un poncho.

Desaparecerán de la memoria colectiva  nombres, sitios y costumbres, pero los arrieros, indudablemente seguirán  presentes en nosotros con su sed de aventura y de horizontes nuevos. Es la impronta de esta  raza, como el amor al trabajo, el cariño a la familia y el desmesurado amor por el dinero.



domingo, 15 de septiembre de 2013

LOS ÁLVAREZ Y EL GENERAL COSME MARULANDA

Alfredo Cardona Tobón*



Como me lo contó Hernán Martínez así les cuento esta historia, haciendo claridad que a mi amigo se la narró su padre Agustín con los recuerdos del abuelo Alejandro.

Agustín Martinez fue un caporal que trilló los caminos  entre Salamina y Sonsón y Alejandro fue un arriero, aventurero y buscapleitos, que se enroló en las tropas radicales del general Alzate, cuando hubo necesidad de bajarle los humos a los godos del general Marulanda.

ASÍ EMPIEZA EL RELATO

A los  Álvarez de San Félix no les faltaron razones para sentir ojeriza contra los curas. Aunque iban a misa, le sacaban el cuerpo a las sotanas y aseguraban que no necesitaban intermediarios para comunicarse con Dios, a Quien sentían en la inmensidad del bosque, en la espuma de los arroyos y entre las espigas y las mazorcas de los maizales.

Esos Álvarez que no pagaban diezmos ni se acercaban al confesionario, ayudaban a los vecinos en las cosechas, partían la carne de sus lechones con las viudas necesitadas y celebraban alborozados las medidas que el gobierno radical de Rengifo imponía a los eclesiásticos  a quienes quitó el control de los cementerios y el manejo de las escuelas.

Los católicos paisas no aguantaron  el acoso  del general Rengifo y de los rojos caucanos que manejaban el poder en Antioquia tras la victoria en la guerra de 1877. Por ello los conservadores de Antioquia  se levantaron en armas el 25 de enero de 1879, el general Valentin Deaza los  combatió en Manizales y en Neira, y Cosme Marulanda con la gente de Plancitos, aliada de los clericales, se apoderó de Salamina

El gobierno envió varios batallones a someter al general Marulanda,  que se retiró de Salamina y  siguió al norte del Estado, a  Santa Rosa de Osos, donde lo derrotaron tras cruento combate; con lo que quedó de la maltrecha tropa y con refuerzos de Abejorral y Sonsón, Cosme Marulanda sorprendió a la guarnición de Aguadas, se apoderó de armas y pertrechos y retomó a Salamina.

LOS ESPÍAS DE SAN FÉLIX

Ni don Agustín ni don Alejandro Martinez supieron cómo cayeron los dos hermanos Álvarez en poder de las tropas conservadoras de Cosme Marulanda. Todo hace presumir que esos dos jóvenes radicales naturales de San Félix se unieron a la tropa pacoreña de Fermín Gaviria y como voluntarios o a la fuerza resultaron espiando  las  tropas   revolucionarias que defendían al clero.
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Dice Martínez, aunque no hay crónica que lo avale, que Juan Álvarez iba armado con una escopeta de fisto y el otro, el más morenito,  llamado Miguel Ángel, llevaba una peinilla de 24 pulgadas, de esas que se amarraban los marmateños en la muñeca y que utilizaban los labriegos para desbrozar monte.

Dos días antes, los inexpertos jovenzuelos, metidos a militares, se despidieron de Don Ramón y de Ña Domitila y  cuando los capturaron  aún tenían parte del comiso que su madre, en medio de llantos y bendiciones, les envolvió en una jíquera para que no aguantaran hambre por el camino.
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Los muchachos salieron confiados como si fueran a una cacería de guaguas o de guatines, ignorando que la gente de Marulanda no cerraba los ojos y se mantenía al acecho por quiebras y hondonadas. Los Álvarez esquivaron el camino real y por una trocha se acercaron a Salamina donde fueron sorprendidos por una avanzada conservadora.

Cosme Marulanda no perdonaba a mentirosos, ni a los  desertores ni a los espías. Eso  lo sabían los Álvarez. Por eso cuando cayeron en manos de los católicos  supieron que les habia llegado la hora,  que sus vidas no valía un pucho y que la alternativa no era otra que encomendarse a Dios y esperar el plomazo.

LA HORA NONA

Al principio  los hermanos Álvarez intentaron pasar por labriegos que estaban buscando unas novillas perdidas y se habían  extraviado, pero alguien los identificó como los  hijos de Don Ramón, ese ateo y ‘comecuras’ que le hacía juego a los caucanos y a los radicales y sin juicio sumario los condenaron a muerte por espías  y auxiliadores de los nefandos enemigos de los buenos.

Mi amigo Hernán ignora la fecha de los  acontecimientos; según cálculos del abuelo  Alejandro sería por el mes de marzo de 1879;  yo me atrevo a suponer que sería entre el 19 y 20 de ese mes, cuando liberales y conservadores se alistaban para el encuentro que  anegó en sangre la plaza de Salamina.

El fusilamiento de los Álvarez seguramente  se iba a ejecutar en un amanecer nublado, pues una alborada con sol no rima con semejante espectáculo. Los pájaros no cantaban y los colibries presintiendo el espectáculo se mantuvieron ocultos entre las ramas; los hermanos no clamaron clemencia, ni solicitaron el acompañamiento de un sacerdote, pues como radicales y machos  no temían a la muerte.

Como es costumbre, el jefe del pelotón les concedió un último deseo: quizás una carta dirigida a Ña Domitila o una misiva a la mujer amada. Juan solicitó un trago doble de aguardiente y Miguel Ángel el resto del fiambre que llevaban en la jíquera, que como caso raro los captores no habían revisado, pensando que era un desperdicio dejarlo en poder del enemigo.
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Miguel Ángel partió el fiambre con su hermano y lentamente como para alargar la vida  desenvolvieron las estacas de maíz, los trozos de panela y unos pedazos de queso y empezaron a comer con lentitud, muy despacio, sin afán, como disfrutando  los últimos minutos de sus vidas.

Cosme observaba a corta distancia.; miró el escapulario en el pecho de los muchachos que aunqe ateos creían en la Virgen del Carmen  y no vio enemigos sino unos mozalbetes vigorosos y plenos de sueños como sus hijos, como los hijos de los campesinos que le ayudaron  a tumbar monte y a fundar la aldea de  El Cedral.

¡Yo no soy capaz de matar a estos berracos!. dijo muy quedo.
Eso de matar a sangre fría es cosa de los liberales- Le remachó su conciencia
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Y  Cosme  Marulanda  se acerco al pelotón de fusilamiento y ordenó que los liberaran.

Agradezcan que me cogieron de buen genio y confesado- - Lárguense antes de que me arrepienta-  gritó a los reos- y que no los vuelva a coger espiando o ayudando a los rojos porque ahí  sí los ahorco y los fusilo ..

Los Álvarez se internaron en el monte y no pararon hasta llegar a su casa, donde Don Ramón y Ña Domitila  los daban por muertos.

Contaba Don Agustín Martínez que de todas maneras a los Álvarez los perjudicó Don Cosme Marulanda, pues desde ese entonces todos ellos, incluyendo a Ña Domitila, se volltiaron, dejaron de ser liberales y se volvieron godos y camanduleros como señal de aprecio y reconocimiento al general Cosme Marulanda, que en esa mañana había dejado vivir a los muchachos.