domingo, 21 de abril de 2013

MARÍA MARTÍNEZ DE NISSER: UNA DAMA CON CORAJE



Alfredo Cardona Tobón.



En la guerra de 1840, llamada de los Supremos, los caudillos provinciales, aferrados a sus feudos, se fueron contra el gobierno de José Ignacio Márquez, que en forma valiente empezó a sujetarlos al poder central.

Tras su derrota en Honda, el gobernador de Mariquita José María Vezga con el resto de sus tropas se unió a las fuerzas de Salvador Córdova para hacer frente al presidente Márquez.

Aunque muchos antioqueños apoyaron a  Salvador Córdova, otra parte de los paisas, que representaba los intereses de la aristocracia criolla, se puso al lado de Márquez; entre ellos Braulio Henao, veterano militar de la independencia,  quien tras algunas escaramuzas en Abejorral se dirigió a Salamina, donde neutralizó los ataques de las partidas aguadeñas dirigidas por Faustino Estrada que pretendían controlar la región.

Fuerzas de Salvador Córdova bajo el comando de  Vezga se dirigieron a Salamina con  el objetivo de cerrar la entrada a las tropas gobiernistas que  desde Ansermaviejo y Supía amenazaban a  la provincia de Antioquia.

Vezga ocupó a Sonsón sin encontrar resistencia y en Pácora advirtió a los salamineños que si disparaban un solo tiro contra sus tropas, los someterían a seis horas de saqueo, poniendo vidas y propiedades a disposición de sus tropas. El 4 de mayo de 1841 los vigías apostados en el Alto del Águila avisaron que el enemigo se movilizaba por  el Alto de las Coles;  Salamina se preparó para  rechazar la agresión, los hombres  se agruparon en  columnas de cincuenta individuos con un capitán al frente; las matronas, los ancianos y los niños se agolparon en la Iglesia  a pedirle  apoyo al Santísimo  y a rogarle que los librara del inminente desastre que los amenazaba.

Un gallo solitario se encaramó en una tapia para hacerle dúo al clarín que  llamaba al combate; en la explanada que  mira al río Chamberí,  curtidos campesinos, que en su vida jamás utilizaron un arma contra sus semejantes, se  mezclaron con veteranos calentanos  del Tolima, recien llegados de Honda, para repeler el ataque de Vezga.

Una vaca con la ubre repleta y destilando leche mugía llamando al ternero que en vano trataba de salir del corral.; las cocinas estaban desiertas y una atmósfera de terror parecía brincar de tapia en tapia. En la plaza del pueblo  se comentaba que era una guerra era contra los aristócratas que tenían abrumada a la  clase pobre, también se aseguraba que Vezga y Córdova estaban ofreciendo la libertad a los esclavos que servían en sus filas,  y ofrecían   a la plebe,  los bienes de  los gobiernistas ricos.

Desde días atrás  los salamineños cavaron fosos y construyeron  trincheras en la loma que va desde la quebrada La Frisolera hasta la entrada del pueblo. Contaron con la ayuda de voluntarios de Sonsón y Abejorral  que se sumaron a los defensores, que en inferioridad de número y armamento  esperaban el apoyo milagroso  del General Eusebio Borrero que había batido las tropas de Córdova  en Riosucio y  preparaba el  ataque a Medellín.

En su paso  por Sonsón las tropas de Vezga detuvieron  y maltrataron a  un señor de apellido  Nisser, polaco de  ascendencia  y lo enviaron preso a Rionegro. Su esposa, Doña María Martínez, llena de coraje se unió a las fuerzas de Braulio Henao para rescatar a su marido.

Mientras las damas salamineñas se encomendaban a las milicias celestiales, Doña María, vestida de hombre, lanza en mano, siguió camino a la Frisolera  y tomó su puesto en las trincheras emboscadas en medio de los rastrojos; estaba decidida a jugar su vida si fuere necesario para atajar la revolución de Córdova y vengar los ultrajes de los Supremos.

A las diez de la mañana las tropas de Vezga cruzaron el río San Lorenzo. Al  fondo  se divisaba el río Chamberí y en lo alto se distinguían  algunas casas de Salamina. Los soldados de Vezga avanzaron lentamente .Los atacantes empezaron a subir la cuesta hostigados débilmente por algunos francotiradores y al llegar a la quebrada de La Frisolera hicieron el primer contacto con el enemigo que apretaba por los flancos  sin presentar combate directo.

Vezga  continuó lentamente y con  cautela... los  gobiernistas siguieron replegándose loma arriba Eran las once y media de la mañana. Detrás de las empalizadas y  las trincheras mimetizadas en la hojarasca esperaba el grueso de los defensores . Cuando las tropas de Vezga estuvieron a tiro de fusil los salamineños las recibieron con una descarga cerrada y sorpresiva. Doña María participó en el combate; sus voces de aliento y su arrojo ante el peligro electrizaron a las tropas salamineñas que como una tromba, como una tempestad,  barrieron  a machete y bayoneta la resistencia  que inutilmente trataron de presentar las despavoridas fuerzas revolucionarias.

Más de cincuenta muertos enemigos dejaron los salamineños entre bejucos y matorrales.Vezga luchó hasta el final, pero al ver todo perdido se alejó en un caballo sin silla. Rodeado por campesinos se entregó a los gobiernistas en el sitio de Las Trojes; poco después se le remitió a Cartago donde Mosquera lo condenó a muerte, en el patíbulo no  permitió que le cubrieran el rostro, y pidió como último deseo que le permitieran dar la orden de fuego al pelotón encargado de la ejecución.

Doña María Martínez, levantada entre olanes y encajes,  cambió el rosario por una lanza para luchar por su causa, mientras los de su  clase, como ella lo narra en  sus escritos, miraba la pelea desde lejos. Doña María  escribió un diario donde anotó parte de los sucesos de la guerra de 1840; quizás en las noches de niebla cerrada en Sonsón, la abuela  haya narrado a sus nietos los detalles del combate de” La Frisolera” y les haya  mostrado, también, la medalla de oro que el gobierno de Márquez  le otorgó por su coraje en la  campaña contra los Supremos.