miércoles, 11 de diciembre de 2013

LAS VIEJAS NAVIDADES

Alfredo Cardona Tobón



El Papá Noel ha ido invadiendo los dominios del Niño Dios, y al paso que vamos, el pesebre y el nacimiento de Jesús serán una reliquia limitada a las iglesias del catolicismo, pues la cultura anglosajona habrá entronizado el consumismo y el derroche sobre la humildad y la esperanza que un día predicó San Francisco de Asís.

En mi lejana niñez tuve la fortuna de salvarme de las carcajadas de Santa Clauss, gracias al aislamiento de mi aldea, donde apenas conocí de  refilón al viejo barbudo enfundado en el ridículo disfraz rojo.
A los seis años de edad descubrí al Papá Noel en unas tarjetas de navidad que el encargado del correo había birlado de la voluminosa correspondencia, enviada ese año por una congregación evangélica de los Estados Unidos a su centro misional de Quinchía. Cuando apenas había hojeado el Almanaque Bristol y la cartilla Alegría de Leer de mis primos, esas tarjetas de los protestantes fueron un portento con pinos festonados de nieve, venados deslizándose entre las nubes y extrañas leyendas en alto relieve.

EL NIÑO DIOS Y EL PAPÁ NOEL

Con la cautela del combatiente que se adentra en el campo enemigo y motivado por las raras tarjetas de navidad, me aproximé a la casa de la misión protestante en busca de más detalles sobre el personaje del disfraz rojo. Claro que no me arriesgué solo, iba con dos lugartenientes de menor edad, que confiaban plenamente en mi liderazgo y mi valentía. Por entre las guaduas del cerco que rodeaba la casona de los evangélicos, los intrépidos exploradores observamos los corredores profusamente adornados con bastones, estrellas y campanillas. Estábamos tan embelesados que no caímos en cuenta de la aproximación de una señora rubia, de cara bondadosa, cabeza blanca y hablar enredado que nos saludó amablemente y nos invitó a comer pasteles de chocolate.

Pudo más la curiosidad y la promesa de los dulces que el temor que inspiraban los protestantes, en cuyas vecindades, diariamente un pichón de cura rezaba el rosario a plena voz, dizque para librarlos de las garras del demonio.

Ya en confianza Miss Aída nos mostró estampas de la Sagrada Familia y nos contó que Santa Clauss era un viejo bonachón que vivía en el Polo Norte y cada año viajaba sobre un trineo halado por renos para repartir juguetes a todos los niños obedientes y estudiosos.

Cuando contamos la aventura,  papá Luis sonrió y el abuelo Germán, echando chispas por los ojos zarcos dijo que nos estábamos volviendo evangélicos y que había que dejar en  claro que el único que traía regalos era el Niño Dios y  a veces, cuando estaba muy ocupado, le dejaba el encargo del traído a los Reyes Magos.

LOS AGUINALDOS

Además del desplazamiento de Jesús recién nacido y de los magos Melchor, Gaspar y Baltasar, las nuevas generaciones están viendo un cambio dramático en los aguinaldos. Los inocentes regalos de hace cincuenta años se han convertido, por desgracia,  en un símbolo de estatus  y en un compromiso frustrante para quienes carecen de suficientes recursos económicos.

Antaño no se presentaban las astronómicas diferencias en los obsequios. Existía democracia en los regalos del Niño, pues los lujos no pasaban de un carrito de madera más grande, una pelota mayor o una muñeca de trapo con más perendengues.
Con cualquier “cosita” se manifestaba el cariño y bastaba una bufanda tejida, un juego de vasos de cristal o  unas medias de nylon. Entre los “pollos” y “pollas” los aguinaldos se ganaban en franca lid. Había que pagarlo cuando no se tenía una pajita en la boca, o cuando por algún motivo, a la orden de estatua era imposible quedarse inmóvil. La muchachas se disfrazaban de hombre para entrar a los billares y palmotear en la espalda al desprevenido amigo que entonces tenía que dar el aguinaldo. Se jugaba a preguntar y no contestar, al si y al no y al beso robado, que era una delicia para poder impunemente besar a la mujer amada en presencia hasta del suegro.

UN TIEMPO MÁGICO

En tiempos pasados el novenario era comunitario. En las pequeñas poblaciones las veredas y los gremios se encargaban de cada día y pujaban para tener los castillos de pólvora más vistosos, la vacaloca  con más chispas, los voladores más luminosos y la banda de música más estrepitosa.

El 24 de diciembre era el día del “estrén” y hasta la tercera década del siglo pasado, fue al fecha predilecta  para alargar los pantalones.
¿Las navidades pasadas fueron mejores?- En algunos aspectos sí,  fueron mejores, pues se afianzaba la unión familiar, participaban los niños y en medio de la pobreza general, imperaba la frugalidad y era menos vistoso el derroche y las desigualdades económicas. En otros aspectos las navidades presentes son positivas, pues se ha limitado notablemente el uso bárbaro de la pólvora y parece que se ha atenuado el consumo exagerado del licor y el cigarrillo.

Las costumbres navideñas han cambiado muchísimo en los últimos cincuenta años. Los modernos equipos de sonido desplazaron  a los conjuntos musicales que iban de casa  en casa alegrando las noches navideñas; se ha perdido la magia de esos días, donde en medio del alboroto se daban los primeros besitos a la novia y se sentía con extraño escozor sus afanados latidos al aprovechar los apretujones en los novenarios.

.El centro navideño se desplazó de la iglesia a los centros comerciales y el 24 de diciembre se convirtió en una parranda lejos de la casa. Los niños han ido perdiendo protagonismo y esas festividades que aglutinaban la familia son miradas por muchos con horror, pues son el tiempo del consumismo, de los gastos y de las deudas.
Antes las navidades eran un tiempo de bonanza para los artesanos pueblerinos, hoy  son un negocio para los chinos que nos inundan de cachivaches inútiles que agostan nuestras menguadas reservas.

Aunque no todo lo pasado fue mejor, yo añoro las viejas navidades.  Nuestra familia, en gran parte las sigue viviendo con el pesebre, la natilla y los buñuelos, el Niño Dios, los regalitos sencillos, la presencia de los niños y las novenas con sus villancicos.
En estos tiempos el corazón debe abrirse para decir con sentimiento y vivir de verdad una feliz navidad  y empezar un nuevo año con amor, con perdón y mucho optimismo.
FELIZ NAVIDAD.



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