lunes, 18 de noviembre de 2013

TAMARACUNGA Y EL DIABLO RIOSUCEÑO

Alfredo Cardona Tobón*



En el libro  “Historiadores Primitivos de Indias”  de Rivadeneira, se cuenta que en el territorio de Riosucio, Caldas, vivió en 1546 un cacique pirsa llamado Tamaracunga; dice la leyenda que un día el cacique escuchó un sermón que le tocó el corazón y de inmediato quiso volverse cristiano.
Pero Satanás no estaba dispuesto  a dejarse arrebatar otra alma pagana; bastantes le habían arrebatado los misioneros. Por eso  empezó a mortificar a Tamaracunga para que se alejara de los doctrineros y sus enseñanzas, y siguiera adorando los ídolos.
Una mañana, cuando Tamaracunga se dirigía a la iglesia de Riosucio, unos diablos en gavilla lo agarraron y lo levantaron por los aires como si fuera una pelota de fútbol, arrojándolo de un lugar a otro. Pese a los  rebotes ningún golpe lastimó al asombrado cacique y por  más empeño que ponían los diablos en hacerle daño, nada le pasaba a Tamaracunga que  continuaba incólume, aunque aterrado, protegido por la bondad Divina.
Alguien avisó a los frailes del convento que de inmediato llegaron a rescatar al cacique de las garras del averno; con oraciones y mucha agua bendita por fin lograron ahuyentar a los secuaces de Satanás y libraron del oprobio a Tamaracunga, quien con hábito de penitente siguió con los frailes camino hacia la población de Anserma, donde ejercía su ministerio el venerable padre Juan de Santamaría, ducho en exorcismos y en peleas contra el Enemigo Malo.
 El trayecto estuvo erizado de peligros y acechanzas, los ataques arreciaron  a medida que la  comitiva se acercaba a la población de  Anserma; los demonios arrojaban piedras, se oían estruendos terroríficos y  tomaban formas espantosas que se desvanecían  cuando aplicaban las reliquias a Tamaracunga o invocaban los nombres de Jesús y María.

A la entrada de la ciudad  fundada por el conquistador Jorge Robledo,  el padre Santamaría esperaba a Tamaracunga dispuesto a  librar al atormentado indígena de los embates infernales así perdiera la vida en tan terrible trance. Al ver al padre Santamaria Satanás se llenó de ira y sin respetar hábitos ni agua bendita se precipitó contra el sacerdote y lo tuvo agarrado con los pies arriba y  la cabeza en tierra durante varias horas.

 Fueron inútiles los rezos de los religiosos; nada parecía detener a Lucifer que parecía solazarse con el miedo tembloroso de Tamaracunga y el padecimiento del padre Santamaría. Tras muchas invocaciones a la Virgen  Santísima, las fuerzas celestiales intervinieron  y  el religioso cayó al suelo sin herida ni lesión alguna mientras una legión de diablos levantaba vuelo y se perdía en el horizonte como si fuera una estampida de gallinazos.

Los frailes con el padre Santamaría y con Tamaracunga  continuaron su camino entonando himnos al Salvador hasta que entraron a la iglesia, donde el cacique recibió el santo bautismo y quedó fuera del alcance del demonio.



¿QUIEN AMANSÓ AL DIABLO RIOSUCEÑO?


En las crónicas de la conquista menudearon las apariciones de santos y demonios; los primeros aliados de los españoles y los segundos, militando en las filas de los nativos. Se habla de la protección de la Virgen María en cruentos combates con los indígenas y del apóstol Santiago sobre blanca cabalgadura al frente de las  huestes españolas.

 Para los europeos todo lo nativo era sucio y pecaminoso y veían en los dioses americanos  la presencia indiscutible del demonio. Pasaron los siglos y el diablo, a la par de los santos, hizo parte de la vida de los ancestros. No hubo abuelo al que no se le hubiera aparecido un diablo; muchos jugaron tute con el Patas, otros trovaron y se emborracharon con el Putas y hasta Macuenco, el arriero, que era tan serio y tan mesurado, juraba y  rejuraba que en la curva de los Monsalves en el camino entre Riosucio y Quinchia, le tocó darse peinilla con un negro jetón, que al recibir un machetazo, se convirtió en un perro negro que huyó echando chispas por la boca.


UN COMPADRE PARRANDERO


En casi todos nuestros pueblos se le tiene pavor al demonio, pero eso no sucede en Riosucio donde el enemigo de Tamaracunga y de los frailes, desde hace siglo y medio se convirtió en amigo y parcero y en el más conspicuo compañero de juerga y de parranda de los  habitantes de ese pueblo.

Según los archivos de la iglesia de San Sebastián, el acercamiento entre los riosuceños y Lucifer empezó en el año 1846 durante unas fiestas que instituyó el presbítero Manuel Velasco, un cura que hacía versos y montaba obras de teatro con matachines disfrazados de diablos.

El padre Velasco mostraba el poder del bien sobre el mal  y el triunfo de los buenos sobre los malos. Esos  sainetes se repitieron durante el siglo XIX, con diablos apaleados que en vez de inspirar respeto fueron ganando el afecto popular  al ver tanto diablo aporreado.

 Al empezar el siglo XX surgió en Riosucio  un grupo iconoclasta, liberal y librepensador que iba contra todo lo clerical, godo y ultramontano de los tiempos anteriores. Ese grupo liderado inicialmente por Eliseo Vinasco y posteriormente por David Cataño  tomó vuelo en 1930 al aparecer la República Liberal

El gobierno los ubicó en la frondosa y mal pagada burocracia del régimen y el grupo iconoclasta regó sus ideas por toda la banda izquierda del río Cauca. En Quinchía Teófilo Cataño organizó los  Carnavales de las Brujas que después  trasplantó con himno y comparsas a Riosucio, donde los matachines que inspiró el padre Velasco presidieron los Carnavales.

Satanás se convirtió en el centro del jolgorio, fue entronizado por los liberales en el pueblo más godo de Caldas; a don Sata riosuceño no le interesó ganar almas para el infierno sino conquistar compadres para tomar guarapo y tomarse el pueblo a punta de versos

Con el padre Velasco y con Teófilo Cataño el diablo se acercó a la gente y se volvió riosuceño, el Lucifer que se la veló a Tamaracunga hizo causa común con Temilda, la mejor cocinera del mundo, con Tatines el mariscal de los matachines, con Carlos Gil y con Cesar Valencia Trejos, doctores en Carnavales  y en vez de meter miedo a su gente les enseñaron a  hacerle el quite a las embestidas de la vida, que para gozarla son duchos los riosuceños.


1 comentario:

  1. Muy interesante relato, lo leí hace mucho también extraído del libro LA CRÓNICA DEL PERÚ de Pedro Cieza de León.

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