miércoles, 9 de octubre de 2013

EL GALLINAZO DEL DILUVIO- CUENTO-


Alfredo Cardona Tobón



En la salida de Filadelfia,  Caldas, don Noe Mejía Calderón  levantó un rancho de paja con mirador a la hoya del  río Cauca y al lado de un árbol añoso que a fuerza de dar cosechas ya no producía guamas sino churimas.

Desde el primer día en el  rancho,  la familia de don Noé tuvo compañía, pues al atardecer una gallinaza solitaria,  traída por las ondas térmicas que subían del cañón del río Cauca, se instaló  en la copa del guamo que convirtió en dormitorio permanente. De tanto verla, don Noé se familiarizó con la pajarraca  de tal forma que la consideraba como un perro o como un gato pues le dejaba un hueso carnudo cuando preparaban sancocho o le llevaba  los ratones que caían en las trampas

Un día cualquiera  un  viejo amigo llamó a don Noe desde Támesis, en el suroeste antioqueño,  para finiquitar un negocio, que se yo,   o para pagarle un dinero antes que la pálida se llevara al amigo de este mundo, pues el médico apenas le daba dos meses de vida a su compañero de perrerías y  aventuras.

En el interín, es decir, mientras don Noe visitaba al amigo, otro gallinazo llegó al guamo y se instaló en una gruesa rama; el chulo  recién llegado era diferente a la gallinaza calentana de afinada estampa y plumaje lustroso; este era traslúcido, con manchas  canosas en las alas, pico recio y en curva,  cresta como de cóndor  y un aire de desolación y de cansancio, que hizo pensar a Lácides, el hijo mayor de Don Noé, que el  gallinazo no venía a dormir sino a quemar sus últimos cartuchos  entre los chamizos del  reseco guamo.
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El extraño visitante estuvo dos días aferrado a una rama; miraba de un lado a otro y estiraba el pescuezo como tratando de ver que había dentro de la casa;  al tercer día  bajó al patio del rancho como buscando a alguien, y tras un concienzudo examen de los alrededores levantó  vuelo y se perdió en la hondonada del Cauca que lleva al puente del Pintado.

Por fin se fue ese animalejo, pensó Lola, la hija menor de don Noe, pero se equivocó pues al caer las sombras el descobalado avechucho regresó y en forma confianzuda se instaló al lado de la gallinaza y la arropó con una ala.

Un resplandor despertó a Lácides a la media noche; se levantó intrigado , prendió una vela y con cautela salió al corredor, miró el guamo y arriba vio al gallinazo que en vez de asentarse en las ramas dormía suspendido en el aire en medio de un halo fosforescente. El fenómeno se repitió noche tras noche, raro, muy raro comentaron los vecinos,  es el diablo decían unos, es un duende decían otros, es una señal del cielo.... es un alma en pena...   Alguien dijo que había que quemarlo, otro propuso se le rociara con  agua bendita... todos proponían ,  pero nadie se atrevía a hacerle mal al chulo  por agüero o porque tenía un aire  de desolación y de tristeza que hacía imposible  hacerle daño.

Por esos días  pasó por Filadelfia   un ornitólogo gringo que estaba  buscando las huellas del Ave Fénix. No tardaron en ponerlo al corriente de la peregrina  situación, el  científico armó una carpa al lado del rancho y con un catalejo observó todo lo que hacía el gallinazo que clasificó  como "Zopilote incognitus", pues no le halló  parecido con los otros congéneres.

La fama del “zopilote incognitus· se regó por la región;  un quiromántico que iba en bicicleta a la Patagonia se acercó al rancho y trémulo de emoción dejó por escrito que ya podía morir tranquilo pues había conocido ni más ni menos que al zamuro del Ararat, o sea el galllinazo que soltaron desde el Arca durante el diluvio universal.
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Al cabo de unas semanas   Don Noé Mejía Calderón regresó del suroeste paisa; venía cansado y con la pena de la muerte de su amigo. Poca atención  prestó al cuento del gallinazo,  hasta la madrugada, cuando un concierto de luces y de ruidos extraños lo sacó de su plácido sueño.  Explosiones de colores se elevaban camino hacia la luna y  el  guala preso de agitación subía y bajaba como si tuviera resortes.

Amaneció y el "zopilote incognitus" bajó del árbol con los primeros rayos de sol;  con su filoso pico arrancó una rama del guamo y con trotecito esmirriado y de medio lado se acercó a Don Noé, que como buen madrugador estaba tomando unos tragos de café;  el avechucho rastrillaba las alas contra el piso y en vuelo rastrero dejó la rama a los pies de don Noe, que lo  miraba con una mezcla de asombro y de miedo. Después de entregar la rama a don Noe, el  ave  dio por terminada su misión y en raudo vuelo se perdió  con la gallinaza en medio de las  nubes que arrastraba el viento hacia la cordillera.

Un aviador amigo aseguraba que el rancho de don Noe Mejía Calderón se asemejaba a un arca desde el aire y el cura de la parroquia decía que don Noe por su porte, por su bondad, por su religiosidad era igualito a un patriarca del antiguo testamento, lo que no dejaba dudas de que el  guala  era el animalejo que salíó del arca, al que Dios no le permitió descansar hasta cumplir del encargo de Noe.

En Filadelflia aún se habla del gallinazo; el único que no creyó la historia fue  Toto, el carnicero, un liberal anticlerical del pueblo, que en pasquines fijados en los extramuros aseguraba que había sido un montaje del cura  para explotar la credibilidad de los godos ignorantes de Filadelfia.

Para incentivar el turismo el Concejo de Filadelfia, Caldas, piensa exaltar la responsabilidad  del gallinazo del diluvio  y levatar una gran escultura en su memoria, pues no todos los pueblos han tenido el honor de recibir al zopilote incognitus,  que vagó miles de años hasta que pudo cumplir la misión que Noe le había encomendado.

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