domingo, 23 de junio de 2013

EL ARDOR BÉLICO MANIZALEÑO

EN LA GUERRA CONTRA EL PERÚ

Alfredo Cardona Tobón*


Sin la exuberancia de los caribeños, los manizaleños también tienen sus momentos de efervescencia y de calor cuando los acontecimientos sacuden los vientos fríos del Ruiz, como sucedió con el recibimiento del piloto  Machaux cuando aterrizó en la Enea o en el desbordamiento patriótico para rechazar la toma peruana de Puerto Leticia, reseñado con detalle en el  periódico “La Voz de Caldas”.

REPASEMOS LOS HECHOS PREVIOS

En el tratado Salomón-Lozano firmado en 1922, el Perú  reconoció la soberanía colombiana  sobre la extensa franja entre los ríos Putumayo y Caquetá y cedió el trapecio amazónico con el puerto Leticia. Durante las primeras décadas del siglo XX  hubo malestar y escaramuzas continuas en esa frontera, pues gran parte de la opinión peruana y en especial los loretanos consideraban ese Tratado injusto y lesivo para sus intereses. El primero de septiembre de 1932 un grupo de 48 civiles peruanos bajo el mando del ingeniero Oscar Ordóñez con 200 soldados de la guarnición de Chimbote apresaron  a los funcionarios colombianos y a los dieciocho soldados de la guarnición de Leticia e izaron la bandera peruana.

Sin marina, sin aviación, con un ejército mal armado y el país en crisis, el presidente Olaya Herrera hizo frente a la invasión como si fuera un problema de orden público, pues al principio el gobierno peruano negó su participación en los hechos y en Bogotá consideraban que era la rebelión de unos particulares que no querían pertenecer a Colombia.

Al complicarse el conflicto, la oposición conservadora cerró transitoriamente filas tras el gobierno liberal: “Paz en el interior, guerra en las fronteras” fue la frase de  Laureano Gómez, quien con Aquilino Villegas había declarado meses antes que haría invivible la república liberal y había proclamado la “Acción Intrépida” contra el régimen de Olaya Herrera, es decir la extensión de la violencia que azotaba a Boyacá y Santanderes aupada por caciques y por curas “guapos”.

La guerra en el Amazonas en ese entonces era como una guerra en otro planeta, pues para llegar a las bases colombianas era necesario  remontar el Amazonas y otros ríos de Brasil, que neutral al principio, al fin se inclinó peligrosamente a favor de los peruanos. Para sufragar los gastos del conflicto la ciudadanía entregó anillos y joyas;  los niños rompieron las alcancías; y con lo que se recaudó se adquirieron unos buques viejos en Europa y algunos aviones con pilotos alemanes.

MANIZALES EN PIE DE LUCHA

Al conocer la noticia de la invasión los manizaleños reaccionaron con furor patriótico: el 18 de septiembre de 1932 se izó el pabellón nacional en edificaciones suntuosas y humildes y todos a una llevaron en blusas, camisas y solapas la insignia tricolor.

Desde tempranas horas la multitud colmó el centro de la ciudad y después de la Misa Mayor en la catedral se improvisó una manifestación que recorrió las principales calles de Manizales con el clero y las autoridades civiles al frente; a los gritos de ¡Viva Colombia!, el gobernador Gartner se dirigió a la multitud desde el balcón en el parque Bolívar exhortando a los ciudadanos  a luchar contra los enemigos de la Patria.

El Himno Nacional repetido por todas las gargantas se escuchó hasta en los barrios más alejados y la señora María Cuervo Márquez con un grupo de damas agitando las banderas tricolores aumentaron el fervor nacionalista de un pueblo con la sangre hirviendo en sus venas.

Después del discurso del gobernador, el patricio Simón Santacoloma, poeta, héroe y escritor riosuceño, leyó una bella poesía que compuso en ese momento pleno de inspiración; luego se unió al gabinete departamental y a los bomberos con sus máquinas y continuaron el recorrido, haciendo altos en el camino para escuchar las arengas de los oradores.

En el parque Caldas el señor Antonio Álvarez Restrepo pronunció un vehemente discurso y desde la casa de enfrente habló el señor Guillermo Guingue a la multitud enardecida; en ese momento un hidroavión de la empresa SCADTA surcó a baja altura los cielos manizaleños con una bandera que tremolaba en una ventanilla del aparato. Fueron momentos de indescriptible emoción con el sentimiento, el sacrificio y la entrega por la Patria a flor de piel.

La enorme columna ciudadana continuó por la calle de la Esponsión. En el balcón de la casas de José Pablo Escobar, el doctor Jaime Robledo Uribe pronunció un discurso; en el balcón del Splendid Swiss Fernando Londoño arengó a la concurrencia , más adelante lo hizo el doctor Néstor Villegas y desde el segundo piso del Hotel Europa doña Soffy Tobón de Arango se dirigió a la muchedumbre embriagada de celo patriótico, para decir que sería la primera mujer en despachar a su esposo para la guerra  y que llegado el caso ella misma empuñaría las armas para defender la frontera.

Mientras en las calles los manizaleños desfogaban su malestar con los peruanos, en la cárcel municipal los presos se organizaron por pelotones y al son de un tarro de lata, que les servía de tambor, recorrieron los patios del penal y ofrecieron su vida por la Patria.

CONTINÚA LA DEMOSTRACIÓN PATRIÓTICA

A la una y media de la tarde se disolvió la primera marcha, pero a las cuatro de la tarde salió el batallón Ayacucho con la banda departamental  y recorrió las calles a los acordes del Himno Nacional, seguido por los niños de la escuela de menores que iban armados con escopetas de madera. Una lluvia de flores cayó sobre el desfile, las lágrimas rodaban por los rostros de los presentes y desde los balcones se oyeron  proclamas y discursos de Juan David Robledo, Ernesto Arango Tavera y de Aurelio Jaramillo.

Las sombras cubrieron la ciudad que no quería recogerse como en otros días; a las nueve de la noche llegó al clímax con la entrada de 500 jinetes que componían el llamado Batallón Neira, acompañados desde la quebrada de  Olivares por  una abigarrada multitud que seguía entonando el Himno Nacional. De nuevo don Guillermo Guingue se asomó al balcón y desde allí saludó al batallón Neira con un vibrante discurso.

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