jueves, 9 de mayo de 2013

UNA MISA CONVERTIDA EN MITO


Alfredo Cardona Tobón*




La misa celebrada el 30 de agosto de 1863 por el padre Remigio Antonio Cañarte en la modesta capilla de Cartagoviejo, se ha tomado como el suceso que marcó la fundación de Pereira. Esta misa, que posiblemente no fue la primera que se celebró en el caserío, opacó otros hechos notables como la apertura del Camino del Privilegio que marcó el destino de la aldea o la  campaña de los primeros pobladores en busca del reconocimiento oficial de la Villa de Robledo.

Los primeros cronistas pereiranos Jesús María Ormaza y Elías Recio dieron al sacerdote Antonio Remigio Cañarte la exclusividad en la fundación de Pereira, olvidando la labor tenaz y persistente de la comunidad dirigida por  Laurencio Carvajal, por Francisco Londoño, Francisco Hernández  y  otros  pioneros cuyo esfuerzo hizo posible que en  las ruinas de Cartagoviejo empezara a gestarse una de las ciudades más vigorosas de Colombia.

Más de cien familias estaban asentadas en los alrededores de Cartagoviejo cuando  el padre Cañarte celebró la primera misa. No fue  el sacerdote el promotor del caserío que los vecinos llamaron Villa de Robledo; pues desde tiempo atrás, como lo muestran documentos presentados por los historiadores Víctor Zuluaga y Emilio Gutiérrez,  los lugareños venían solicitando al obispo de Popayán  les erigiera el poblado en parroquia   y pedían al  gobernador del Quindío el establecimiento de un alcalde y un juez que los rigiera en lo político y judicial.

El obispo Torres encargó al padre Cañarte de la supervisión de la capilla que por iniciativa   de la comunidad estaban levantando los labriegos de Cartagoviejo; la obra no fue idea del padre Cañarte, era un proyecto de los habitantes del caserío. El sacerdote visitó la obra en 1862 y la inauguró una año después, cuando una comisión conformada por Laurencio Carvajal, Nepomuceno Buitrago, Tomás Cortés y Jesús M. Polonio y Rosendo Marulanda viajó a Cartago para informar al padre Cañarte que el templo estaba listo y dotado con los elementos litúrgicos necesarios.

La llegada del padre Cañarte con su comitiva, el día 24 de agosto de 1863,   llenó de alborozo los corazones  de  los feligreses que tiraron la casa por la ventana para atenderlo con honores, al igual que al padre Francisco Penilla, al sacristán Jorge Martínez, al corista de cantos religiosos Sebastián Montaño y a los monaguillos Jesús María Ormaza y Elías Recio.

 Al día siguiente de la llegada del padre Cañarte y sus amigos lo hizo don Félix de la Abadía y su señora madre doña Petrona Pereira, designados por el padre Cañarte  padrinos de la bendición del templo; de Santa Rosa viajó el padre Cazares y dos músicos contratados para dar solemnidad a la misa y entronizar en la capilla la imagen de Nuestra Señora de la Pobreza,  copiada del original que se veneraba en Cartago  por el diestro pincel de Joaquín Jaime Santibañez.

Cincuenta años después de la misa en el primer templo pereirano, don Jesús María Ormaza en sesión del Concejo pereirano  recordaba  el magno acontecimiento del 30 de agosto de 1863 en la esquina de la actual calle 19 con la carrera 8ª; así narra lo sucedido:

“A las siete de la mañana se verificó la bendición de la capilla y a las ocho se celebró con la mayor pompa y solemnidad el santo sacrificio de la misa por el presbitero Remigio Antonio Cañarte, diaconada por los presbíteros Francisco Antonio Penilla y José Ramón Durán de Cázares, cura de Santa Rosa de Cabal: los padrinos de la bendición el señor don Félix de la Abadía y la  señora doña Petronila Pereira; el corista invitado Sebastián Montaño; los músicos señor José María Guarín, clarinetero de Santa Rosa de Cabal a quien acompañaba muy bien con las sentidas notas de sus violines los fundadores señor Ramón Parra y Joaquín Rios, y de monaguillo ofició el que escucháis.”

En el estrecho recinto del humilde templo se gestó, entonces, la alianza entre encumbrados caucanos y los simples labriegos paisas, que unió el poder con el trabajo para hacer de Cartagoviejo la población con el más rápido crecimiento en el norte del Estado del Cauca.
Cumplia la misión, e padre Cañarte regresó a Cartago, pero el  clamor de los  fieles lo llevó de nuevo  a la Villa de Robledo, donde en julio de 1864  asumió las funciones de vicepárroco que contó con el apoyo de la Junta administrativa compuesta por Laurencio Carvajal, Francisco Hernández y José María Gallego, como presidente, vicepresidente y secretario respectivamente.
  
LA ALDEA DE PEREIRA

Por Ordenanza del 11 de enero de 1865  al caserío levantado en las ruinas de Cartagoviejo  se le reconoció la dignidad de Aldea de Pereira con Francisco Hernández como primer regidor;  cinco años más tarde, el primitivo Cartagoviejo, por Ordenanza del 20 de enero de 1870  adquirió la categoría de  distrito de la provincia del Quindío.

La comunidad había adoptado el nombre de Villa de Robledo para su caserío,  honrando la memoria de un personaje cruel que  llenó de luto y dolor el suelo americano; los notables de Cartago, a diferencia de los paisas fundadores, distinguieron a uno de los suyos acogiendo el nombre de Pereira en honor a Francisco Pereira Martínez, un prócer de la independencia que soñó con  fundar una población sobre las ruinas del antiguo Cartago.

En realidad nii Francisco Pereira y menos Jorge Robledo tenían méritos para perpetuar su memoria en la nueva fundación; los tenía don Félix de la Abadía, el empresario dell Camino del Privilegio  que dio vida al caserío y abrió la puerta del comercio y del progreso a Cartago, a Santa Rosa y al mismo Manizales y también tenía méritos el padre Cañarte que dedicó sus últimos días a servir a la comunidad pereirana.

Sin embargo, si se deben reconocer esfuerzos en la gesta de la fundación de Pereira, habrá que decir al llegar a los 150 años de la misa del padre Cañarte, que fue la comunidad de Cartagoviejo, que fueron los labriegos rasos quienes tuvieron la visión de futuro y pensaron en grande al señalar una Arcadia sobre las ruinas espalñolas..

La historia no ha reconocido la obra de Félix de la Abadía, ha magnificado el trabajo del padre Cañarte y  definitivamente ha sido ingrata y cicatera con el pueblo raso y sus capitanes que  pusieron todo su esfuerzo y su corazón para  plantar la simiente de una ciudad,  que pese a todos sus problemas no para de progresar ni un solo instante..


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