jueves, 16 de mayo de 2013

ONOFRE GÓMEZ Y LA COLONIZACIÓN DE VERSALLES- VALLE DEL CAUCA-


ONOFRE GÓMEZ Y LA FUNDACIÓN DE VERSALLES-  VALLE DEL CAUCA-
Alfredo Cardona Tobón*


En una casa humilde en las afueras de Marquetalia, Caldas, don Onofre Gómez recordaba tiempos idos; desde el corredor de la vivienda y recostado en un taburete, veía pasar las mulas de regreso a la pesebrera y seguía sus pasos que se entremezclaban con el calidoscopio de los tiempos idos.
Para don Onofre era triste recordar sin manera de repetirlo, los amores indelebles en las orillas del Cauca, o su vida en la población de Versalles, Valle, donde dejó parte de su juventud y se malogró  la posibilidad de contar con unas cuadras de tierra para dejar a sus hijos.

SE DESENVUELVEN LOS SUEÑOS

Con los zurriagazos de los arrieros y el trote de las mulas  por la salida de Marquetalia,  don Onofre, paisa nacido en el Tolima Grande,  recuerda que en julio de 1891 salió de la población de Toro, en el antiguo Cauca, con algunos compañeros; iban en busca de tierras sin dueño y del oro de las guacas de los indígenas ricos y laboriosos que en tiempos remotos poblaron  los riscos de la cordillera occidental.

Poco cargaban los viajeros: el equipaje era escaso y eran tan pobres que solamente llevaban unos capachos de sal y la confianza en la Divina Providencia. Descargando golpes aquí y allá, destrenzando bejucos y vadeando riachuelos torrentosos avanzaron muy lentamente por un trecho escabroso en continuo ascenso, hasta que coronaron las alturas de la cordillera.

Don Onofre recordó  el tremendo sufrimiento en los primeros días en la selva, las manos encalambradas de frío en las noches y adoloridas de día con el voleo del machete; vio nuevamente las nubes del océano Pacífico enredadas en la montaña y sintió la lluvia persistente acompasada con el rugido de los pumas, el aleteo de los paujiles y el gruñido de los osos.

El olvido había borrado la imagen de algunos compañeros, pero don Onofre aún recordaba a Telmo Toro, de Aranzazu, a Ángel Peña y Heliodoro Obando, de Apía, a Ismael Osorio, a Jesús María Gómez y a José Taborda de Manizales. Algunos eran señores mayores con familia en Antioquia, otros unos clérigos sueltos iban al vaivén de la vida con la esperanza de anclar en alguna parte.

LA PELEA CON LA SELVA

Enormes vitorias que crecían en los claros de la selva  llenaron los platos de los colonos que con la ayuda de “Coronel” y “Caribe”, dos buenos perros cazadores, mantuvieron la despensa llena de carne de danta, de guagua, de guatín y de pavas sin que faltara la miel de las colmenas que hallaban en los árboles como un regalo de los dioses.

Inicialmente se atenuó el frío y  la lluvia en un rancho que cubrieron con hojas de palmiche; a medida que progresaron las derribas, cada uno construyó una primitiva vivienda sobre pilotes o sobre empalizadas porque el terreno era húmedo y el agua corría por doquier; el monte fue cediendo a punta de hacha y de güinche  y pronto apareció la primera avanzada paisa sobre la cordillera occidental.

Don Onofre pellizcó el extremo de un tabaco y sus chispas saludaron  a los  cocuyos que entraban  con la oscuridad a las calles de Marquetalia; los nietos se habían cansado de oír las mismas historias y el viejo en su chochera las seguía repitiendo en la soledad del corredor sin que nadie quisiera escucharlas.
Entre humada y humada don Onofre regresó al punto de “Frutecebo” en medio de la espesura de la selva, y desde una atalaya en el monte vio a lo lejos, casi en el límite del horizonte, una pequeña vega. La curiosidad picó a don Onofre, pero los compañeros se negaron a seguirlo diciendo que ya estaban instalados en sus “abiertos”, que harto trabajo tenían con los “derribos”, que allí estaban bien y no necesitaban otras tierras para sembrar maíz y fríjol y organizar sus sementeras.

Como nadie lo siguió don Onofre se aventuró solo y  tras dos días de abrir trocha llegó a la pequeña vega, cruzada por un riachuelo, donde encontró un colono solitario que le informó que estaban en Patumá, un sitio donde los indios errantes   en tiempos lejanos pescaban y cazaban y recolectaban frutos.

LA COLONIZACIÓN DE  PATUMÁ

Después de despejar parte de Patumá, don Onofre regresó a  la población de Toro   a dar la noticia e interesar al alcalde en la colonización de esas tierras. A fines de 1894 había un buen número de habitantes  en la vega y un año más tarde el naciente caserío se había convertido en  el corregimiento de “Florida”.

El 31 de julio de 1906 el padre Rogerio Santibáñez bendijo la primera capilla y de inmediato el Pbro Marco Antonio Tobón, recién llegado de la aldea del Rosario en la parte fría de Riosucio, se encargó de la viceparroquia.   

Una vez que los vecinos despejaron el sitio para la plaza solicitaron al Obispo el permiso para construir una capilla; todos a una recogieron fondos para tal efecto  mediante cantarillas, bazares y rifas como la de una arepa de chócolo de cuarenta libras que elaboró doña Rufina Castaño. Al fin tuvieron capilla en el poblado que denominaron Versalles  y  el 7 de mayo de 1909 alcanzó la dignidad de municipio.

Mientras docenas de cucarrones se estrellaban contra la lámpara de la calle y una chucha se escurría desde el techo y se perdía en los cafetales, a la memoria de don Onofre llegó el recuerdo de  la guerrilla  liberal de Eugenio Toro y su entrada al pueblo en la guerra de los Mil Días, cuando los irregulares se dedicaron a tomar aguardiente y a amedrentar a los pobladores. En la mente del anciano se revivió la pesadilla de los vecinos caucanos que se la tenían velada a los paisas y lo hicieron salir del pueblo para quitarle su tierra.

La sesión de remembranzas se  acabó con el aroma del pocillo de tinto que le trajo la nieta: “Éntrese abuelo pa´adentro que ese sereno no le conviene”- Le dijo.-Si no me mataron los rojos en la guerra y me aguanté a los caucanos, no creo que este vientecito me vaya a hacer algún daño, rezongó el anciano que levantó el taburete y cerró la puerta de la casa.

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