sábado, 11 de mayo de 2013

EL GALLITO SARAVIADO


Alfredo Cardona Tobón



Debajo del cajón con cuatro troncos como patas y  barro apisonado que servía de base para el fogón de leña, la abuela había organizado un nido con follaje de salvia para que empollara la gallina fina.

El abuelo Germán era gallero, y en la cluecada con genes de su mejor pollo, tenía cifradas las más ambiciosas esperanzas para que su cuerda siguiera siendo la más temida y respetada de Quinchía.

Uno de los huevos de cáscara dura y color oscuro tenía las letras AC, que lo identificaban como la promesa de otro gallero en ciernes, del consentido nieto de ocho años ,que seguía todos los pasos del  abuelo y quería tener su gallo de pelea.

Luisito se acercaba todos los días al refugio de la clueca para ver cómo iba con su maternal tarea y le llevaba unos granos de maíz y agua fresca que la gallina bogaba sedienta. Los días parecían eternos... hasta que por fin transcurrieron los veinte días de incubación.

 Luisito llegó de la escuela y se acercó al fogón y acarició la gallina; esta vez escuchó un piar solitario que fue en crescendo anunciando al mundo la  nueva generación de animales de pelea que continuaría sosteniendo la fama del mejor gallero  del pueblo.

Pero en medio del alboroto y las cáscaras vacías era imposible saber cuál era el pollito que salió del huevo marcado. Los doce animalitos eran lindos, regordetes y bullosos, unos de color amarillo quemado, otros de amarillo claro, algunos con manchas negras y tres totalmente oscuros

-Escoja mijo su pollito- dijo el abuelo que recién entraba a la cocina y vio en las pupilas del niño el relámpago gallero y lo imaginaba a su lado, calzando espuelas y entrenando a los aguerridos animales.

Moticas blancas y negras salían de las alas de la gallina y volvían a sumergirse bajo su plumaje. Luisito las observaba atentamente sin decidirse por ningún pollito. De repente  una motica amarilla con manchas en la pechuguita se alejó de la clueca y con gesto valeroso picó los dedos del niño. Es un machito dijo el abuelo Germán y entonces todo se decidió: el futuro campeón había escogido su dueño.

Los meses pasaron y Saraviado se convirtió en un gallo fortacho, de sonoro canto, espuelas como puñales, porte de toro de lidia y mirada de guerrero espartano. Luisito lo consoló cuando le cortaron la cresta, se rió cuando lo vio en pelota después de la cortada de las plumas y le seleccionó un paral en el extremo del corredor con vista al rio Cauca.

La mamá no veía con buenos ojos el interés creciente de Luisito por los gallos.- -¡Otro gallero en la familia!- decía- ¡No faltaba más! ¡Valiente ejemplo el del abuelo con sus cursientos bichos que lo ponen en peligro en medio de tanta gente extraña!-
 
El nieto hizo todo el curso de gallero al lado de Saraviado, nombre sonoro que le puso el abuelo en recuerdo de un antiguo gallo que murió como un valiente en el ruedo; aprendió a motilarlo, a calzar las espuelas, a bañarlo con buches de alhucema y a correrlo con un gallo viejo que se utilizaba en los entrenamientos.

Llegó la temporada de diciembre y el abuelo consideró que Saraviado estaba listo para el combate y ante el alborozo del niño, que creía que el animal era invencible y libre de todo mal, lo llevó a la gallera. Se casaron apuestas y se sortearon las peleas. A Saraviado le tocó un gallo guatiqueño, de color azul turquí, con plumas negras en la cola, tenía la traza de un matón  con los colores que detestaba el abuelo.

Cayó la tarde… Luisito esperaba ansioso el regreso del abuelo con el nuevo campeón. Por fin llegó Don Germán con Saraviado bajo la ruana; había triunfado en su primer combate, pero sangraba por los muslos y por el cuello y había quedado tuerto. El niño sintió por primera vez en su vida que el corazón se apretujaba de pena .Doña Judith vio el dolor de su hijo y con una mirada furibunda quiso fulminar al abuelo, que impasible le daba afrecho  al estropeado gallo.

Tras una larga permanencia entre las gallinas, Saraviado volvió a la percha donde nuevamente entonó sus cantos guerreros. Como los animales de pelea son para eso, llegó el día de un nuevo combate. Esta vez Luisito no despidió a Saraviado con alborozo, pues ya sabía que tras cada encuentro en la gallera corría el dolor y la sangre.

Saraviado triunfó de nuevo antes de quedar totalmente ciego. Liquidó un gallo bronco, terror de las arenas de Riosucio. Era un héroe que había dejado muy en alto el corral del abuelo. Tranquilo mijito- dijo el abuelo- gallero curtido en mil combates- En la próxima cluecada le doy otro pollito-

Saraviado temblaba y los cuarterones de sangre impregnaban sus alas. Al oír la voz del niño se le acercaba a picotear sus manos en medio de la oscuridad de su mundo. Luisito quería llorar pero no lo hacía porque el abuelo decía que los machos no lloraban y él era muy macho.

Vea Luisito meta al gallo en ese costal-  dijo el abuelo- se lo lleva a Don José y le dice que  hay se lo mando. Ya no le decía el Saraviado y ni siquiera le hacía curaciones; el pobre e invicto ciego era un estorbo que estorbaba al abuelo y a la ´mamá de Luisito, que quería separar cuanto antes al sufrido animal del acongojado niño.

Luisito con lágrimas en los ojos y una pena inmensa en el alma, llevó a Saraviado, ciego y hecho jirones a la casa de Don José, sintiendo en lo más profundo de su alma el temblor del adolorido gallito.- "Tranquilo Saraviadito- le decía entre sollozos- que nunca más te van a llevar a la gallera".

Tarde comprendió  que el gallo ciego sería el próximo sancocho en la casa del amigo del abuelo. Fue, entonces,  cuando se esfumó la posibilidad de tener otro gallero en la familia.

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