jueves, 7 de febrero de 2013

LA ASONADA RIOSUCEÑA CONTRA EL CURA CASTRILLÓN



Alfredo Cardona Tobón


Fuego!, Fuego!, gritaron los vecinos al escuchar el crepitar de las llamas en el silencio de la noche en tanto que una espesa humareda se extendía por el caserío del Resguardo indígena de La Montaña; los habitantes de la aldea  en  medio de la confusión y de la algarabía imaginaron que era el diablo que estaba cobrando cuentas o se trataba de un ataque de  indios enemigos, unos agarraron las lanzas y salieron fuera de los ranchos dispuestos a todo, otros arrastraron a los hijos pequeños hacia los rastrojos tratando de protegerlos.

José Vinasco,  medio dormido, salió de su rancho con una macana en la mano y se unió a los vecinos que esperaban lo peor, pues en esa época de conflictos  se sostenía una guerra con los nativos del Chocó y eran los naturales cristianados quienes ponían los muertos por España mientras los peninsulares se resguardaban en Cartago y en Toro.

Cuando se  descartó el ataque enemigo, Vinasco y los demás habitantes del rancherío se acercaron a la iglesia en  llamas y desafiando la  candela  salvaron unas alafas y los ornamentos del culto

Al amanecer del 27 de octubre de 1754, el alcalde Juan Manuel Guapacha  inició la remoción de los escombros con algunos comuneros y la mirada de numerosos curiosos que se congregaron en los alrededores de las ruinas para observar el desastre; el cura Lorenzo Castrillón con  ceño fruncido  analizaba las pérdidas, el sacerdote no creía  que  el incendio fuera un caso fortuito, pensaba que en las causas del desastre  se conjugaban  la mala intención y la incuria de los feligreses.

En ese momento el cura Castrillón no dijo nada, entró a su casa y esperó que la comunidad reparara los daños con sus propios recursos, él no movería  una mano pues se acrecentaban las sospechas de que alguien, enemistado con la curia había iniciado el fuego.

Una semana después del malhadado suceso estaban listas las bases y las paredes de embutido del nuevo templo. Los parroquianos empezaban a levantar la cumbrera de la modesta edificación de madera cuando repentinamente se desplomó el techo: las guaduas y los estantillos cayeron sobre los asustados vecinos que vieron en este  accidente la mano del mismo diablo, que por ese entonces no era tan amigo de los riosuceños.

El padre Castrillón oyó el estrépito  y salió de la casa cural a toda velocidad llevándose por delante sillas, perros y muchachos. Sin preguntar por  víctimas, el sacerdote insultó a heridos y a contusos recriminando la falta de voluntad y el descuido de la feligresía en la construcción de la iglesia.

En el instante preciso del desplome de la edificación, el alguacil Valentín Ladino regresaba con unos  listones de cedro para utilizar en la obra y molesto por la actitud del sacerdote, Ladino  recordó al  levita que no podía opinar y menos regañar, ya que   todo el trabajo lo había hecho la comunidad sin que el cura hubiera estado pendiente de la obra y agregó que se callara, pues ni el sacerdote ni sus esclavos habían movido un dedo en la reconstrucción.

El cura Castrillón tragó la rabia en silencio, no convenía en ese momento oponerse a los parroquianos,  y con el disgusto vivo se  retiró a sus habitaciones para buscar el medio de desquitarse de la insolencia  de Ladino.

Todos los días, al filo de la medianoche, el alcalde de la parcialidad Manuel Guapacha  y el alguacil Valentín Ladino  realizaban  una ronda por todo el caserío, luego se despedían y caminaban solos hasta sus casas para acostarse y descansar de la jornada. Esa fue la ocasión que vio el cura para cobrarle cuentas a Ladino.

Cuando el alcalde y el alguacil se despidieron un paje  y los tres esclavos del sacerdote  se escurrieron entre las sombras y esperaron a  Valentín en un callejón desierto, entonces lo arrinconaron y lo ataron  y  a empujones  lo llevaron a la casa cural. En un descuido Valentín se escapó de los captores y se guareció en su rancho, donde se creyó a salvo de las maquinaciones del levita y sus secuaces.

No fue así, el  sacerdote continuó maquinando la venganza y al amanecer ordenó a los esclavos que entraron al rancho y agarraran como fuera a Valentín y lo llevaran a su presencia. A los gritos de auxilio de la mujer y de los hijos del alguacil,  se levantó el alcalde y los demás indios, quienes armados de garrotes decidieron rescatar a su amigo cuyos lamentos salían de la casa cural y se confundían con los ladridos de los perros y el canto de los gallos en esa mañana alborotada.

El padre Castrillón  tenía  montada su propia inquisición, olvidando que no  estaba en España, ni siquiera en Cartagena de Indias, sino en medio de los nativos riosuceños que no eran fáciles de manejar.

-Entréguenos a Valentín!- gritaron los indígenas
-Jamás!- contestó el padre- A este pillo le voy a enseñar a respetar la religión!.

Sin que valieran las protestas de los vecinos, el sacerdote Castrillón continuó azotando al cautivo y se hicieron más lastimeros los ayes de Valentín; la montonera  no esperó más, la gente enardecida se abalanzó contra el paje, los esclavos y el doctrinero y  los molieron a palos de chonta y verraquillo

El escándalo llegó a oídos de Don Simón Pablo Moreno de la Cruz, gobernador de las Cuatro Tenencias de Anserma, Cartago, Toro y Arma quien de inmediato cayó en cuenta que el cura había creado una situación delicadísima para la  corona,  pues no sería raro que la pacifica  parcialidad de La Montaña se uniera con las tribus levantiscas y belicosas del Pacífico para hacer frente a los españoles.

Don Simón, según consta en el legajo 14, folio 172  del archivo Nacional, Fondo Caciques e Indios, absolvió a los vecinos de La Montaña y ordenó el castigo de los cómplices del cura en tanto que el arzobispo de Popayán amonestaba severamente al cura Castrillón y lo trasladaba con su genio avinagrado a otra parroquia

.Esta vez, como en tantas otras los habitantes de Riosucio, Caldas, en Colombia, ganaron la partida contra los desmanes y los tiranos.





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