domingo, 6 de enero de 2013

LOS " TURCOS" Y OTROS MIGRANTES


Alfredo Cardona Tobón*

                                           Manira Chufji y familiares

Conocí la primera mona ‘ojiazul’ la mañana de un domingo en el parque de mi pueblo. Yo era un niñito de primeras letras y ella una muchachita pecosa, alemana, de apellido Lewisky , parecida a un ángel o a un hada escapada de un libro de cuentos. Esa hermosura era hija de un granjero,  también  minero, llegado al país en el año  1944 y contratado  por el doctor Enrique Becerra  para que le administrara una lechería y una mina de carbón por los lados del cerro Gobia en el municipio de Quinchía.

Era una dicha visitar la finca de Las Colmenas, donde los Lewwsky producían de todo: quesos, huevos, hortalizas, carbón de leña y unos pudines que sabían a gloria, lo único malo de ese paraíso era el hermano de la monita ojiazul, un peliteñido pecoso, camorrero y gritón que trataba a los demás niños a las físicas patadas.

De esos tiempos recuerdo a otro extranjero de origen español que hablaba como si  estuviera comiendo jaletina; el gachupin de marras en vez de sombrero llevaba cachucha y usaba  unos pantalones anchos con mil bolsillos. Decía mi abuelo que ese exraño personaje tenía que ser liberal, pues venía huyendo de los franquistas mamasantos. Nadie sabe quien lo  llamó a Quinchia, lo cierto fue que un día cualquiera apareció por estos lados como  cacharrero y luego le jaló a la mecánica, a las peleas de gallos y al toreo.

Ese español oriundo de Badajoz se llamaba Miguel Lahidalga y resultó ser un excelente ciudadano, tuvo el honor de conducir el primer carro que rodó por las calles de Riosucio y el segundo que recorrió los empedrados de Quinchía. Con visión futurista se instaló al lado del cerro del Ingrumá; fue matachín en los Carnavales del diablo, tomó guarapo y conquistó el corazón de una extraordinaria mujer que le dio amor y un hogar maravilloso.

LOS ZEPELINES Y LOS TURCOS

En las primeras décadas del siglo veinte, Manizales fue el mayor centro comercial de la región y  epicentro de los llamados zepelines, hoy conocidos como agentes viajeros. Desde la  Perla del Ruiz; esos comerciantes se desplazaban en buenas bestias, con peones de estribo como ayudantes  y enormes jotos de telas y cachivaches. Al igual que los marineros, los zepelines tenían un amor en cada pueblo, pero eran ajenos, esquivos y parecían tener un àngel de la guarda que los protegía, pues  se movían cargados de esterlinas o viles billetes sin que los atracaran ni atentaran contra su vida y esos que por aquí ya contabamos con bandidos como Mirús y Guainás-.

El reinado de los zepelines, aunque glorioso, fue efímero, solamente fiaban a los grandes comerciantes y ello restringía las ventas. A partir de 1914 los zepelines  fueron desplazados por los “ turcos”, unos inmigrantes de lengua trabada oriundos del Medio Oriente, sin los arrestos donjuanescos de los zepelines  y con una habilidad extraordinaria para manejar los créditos o fiados.
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Fuesen sirios, libaneses, egipcios  o palestinos  esos extraordinarios comerciantes eran  turcos para el grueso pueblo. y como si fueran de la misma nacionalidad se apoyaban mutuamente, sin la intervención de los misioneros todos esos "turcos" dejaron deros dejaron de ser cristianos coptos o se olvidaron de su religión musulmana para convertirse al catolicismo.

Los turcos , al contrario de los judios, se integraron al país. Casi todos ellos se casaron con criollas bonitas de plata y  buena familia, y empezaron a cambiar la economía local; pues en una región sin instituciones crediticias los turcos eran los que finaciaban y armaban los negocios. Inicialmente los turcos se internaban por caminos y veredas con mulas cargadas con géneros o un maletín a la espalda y regresaban con billetes o bultos de fríjol o con ganado que realizaban con buenas ganancias. Los turcos nada perdían pues con la cuota inicial salvaban la mercancía y el resto, con utilidades  hasta del 300%, permitía cualquier descache en los pagos.

Años despues los turcos eran los propietarios de los grandes almacenes y los dueños absolutos del comercio de nuestras incipientes ciudades. Los “turcos”  formaron familias que sobresalieron en la industria, el comercio y la política. Los Ilian, los Iza, Nauffal, Raad, Mustafá, Nader, Chufji, Balaan, Escaff, Kronfly, Askar, Saad... son descendientes de esos inmigrantes que inyectaron a Colombia frugalidad , constancia, osadia y amor al trabajo.

LOS EUROPEOS DE ORIENTE

En el corto período de paz  durante los gobiernos de Reyes y Carlos E. Restrepo, un selecto grupo de europeos se asentó en las riberas caldenses del río Magdalena y en las poblaciones de Victoria y  La Dorada abrieron potreros, sembraron cacao e impulsaron la ganadería y la navegación por el río Magdalena..

 En 1908 Cristobal Dixon montó la hacienda “La Bonita , Juan Marcelino Gilibert la hacienda “Cuba” y Ernesto Pehlken  “La Florencia”.  Beroldo Hetige  abrió monte en el sitio de Buenos Aires; en 1913 Archivaldo Bevais adquirió la hacienda “Pradera” mientras Emilio Kuntze empujaba  la selva para dar  espacio a la hacienda”La Grecia”.

En 1930 el conde y la condesa Podewils se instalaron en  la hacienda “Hamburgo”, abierta por Ñito Restrepo y su hermano, y llevaron como  administradores a los españoles Juan Plass y a  Enrique Braunet; luego Kurt Von Dewits y Carlos Eddinguert montaron  trilladoras y empresas comerciales en Victoria.

Con la depresión económica de los años treintas el emporio   del oriente caldense empezó a declinar, ya viejos o cansados de la lucha contra el trópico, casi todos esos inmigrantes fueron a parar a Bogotá o regresaron a Europa dejando poca semilla en la zona.En el altozano del cementerio de Victoria se ven las tumbas del conde y de la condesa Podewils, dos de los pocos extranjeros que se aferraron a esta tierra y prefirieron los ocasos y las alboradas tropicales a los atardeceres y auroras de la lejana Europa

LOS EUROPEOS DE MARMATO.

Para sufragar los gastos de la campaña del Perú, Bolívar entregó las minas de Supía y Marmato a los ingleses quienes reclutaron ingenieros, técnicos y obreros en Alemanai, Inglaterra y Francia y con halagos y cuentos los trajeros  a los aluviones y vetas aurifferas de la banda izquierda del río Cauca; la  mayoría murió víctimas dl  trópico y de los excesos y algunos sobrevivieron dejando profundas huellas en Antioquia y el norte caucano.

Eduardo Nicholls enseñó  a fabricar quesos y jamones y la técnica para  producir cerveza. Tyrell More introdujo el molino de pisones en las explotaciones mineras; William Harvis elevó el nivel de la medicina en la región; los descendientes de Eduardo Walker iniciaron el cultivo del café e industrializaron el cacao y los Gartner, los Cock, los Bayer, Eastman, Richter, Williamson, Díaz, Greiff... constituyeron  familias que han  enalteciendo a Colombia.

Fuera de los "turcos" en  el siglo XX no hubo una inmigración apreciable, la guerra española y la segunda guerra mundial empujó hasta nosostros a los s Van Den Enden, los Matías y los, Matijasevik, los Laklia cuyos hijos se mezclaron con los nuestros.

Los inmigrantes han sido una bendición, sin ellos nuestra región sería distinta, y nuestra gente también; sus genes se regaron generosamente, ya no son tan raras las monitas ‘ojiazules’ como la niñita Lewisky que acompañó mis sueños. Los descendientes de turcos, alemanes e ingleses  han sido ministros de Estado, gobernadores, políticos y empresarios, se han distinguido en la cátedra y en el foro, en las letras y las ciencias. Con unos miles más, seguramente habría cambiado el rumbo de este país, donde los raizales no hemos  aprendido a vivir en paz y a trabajar unidos para engrandecer nuestra Patria.

1 comentario:

  1. Creo que faltan por mencionar los Gandur, dueños de almacenes de telas en Pereira, al cual recuerdo porque mi abuelo me regañaba cuando yo aplaudía juguetonamente, le molestaba el ruido de las palmas resonando en la casa de un piso con techo alto y me decía: "parece un vendedor de telas del almacén Gandur de la Octava". En Manizales conocí un descendiente de los Van den Enden, aficionado a la bohemia y gestor cultural, quien me dejaba entrar libremente al Festival de Teatro y una descendiente de los Matijasevic era profesora en la Universidad donde estudié y alguna vez estuve en su casa en una asesoría, medio académica, medio ociosa (la asesoría, digo). Para terminar, recuerdo un tal Ba Hdih, conocido como narco en Pereira y cuyo nombre sale en Los jinetes de la cocaína, libro de investigación sobre el fenómeno.

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