jueves, 10 de mayo de 2012

LA CAÍDA DE ROJAS PINILLA

TESTIMONIO DE UN SOLDADO DEL BATALLÓN MAC

Alfredo Cardona Tobón




José Achury cruzó la entrada de  la Escuela de Infantería  en el Cantón Norte de Bogotá y se dirigió al Patio de Armas del Batallón Miguel Antonio Caro ( MAC), con suma cautela desenrolló unos volantes mimetizados en una caneca de basura donde la resistencia al régimen militar invitaba  a los soldados bachilleres a levantarse contra  el gobierno del general Rojas Pinilla
Achury se reunió con varios amigos y les comentó el escrito -Con qué alientos vamos a rebelarnos- dijo Marco Fidel Suarez Martinez, si apenas manejamos un máuser viejo y estamos rodeados por los veteranos del Batallón Colombia, por la Escuela de Caballería y por la Blindada.
Esa era la realidad, además no teníamos municiones ni contábamos con un líder que encabezara el alzamiento, así que nos resguardamos de la fría llovizna que se descolgaba desde Cruz Verde y nos dirigimos al Casino de soldados, poniendo punto final a la invitación de los universitarios capitalinos.
LOS  SUCESOS EN LA PROVINCIA
Desde los años treintas del siglo pasado existían focos de violencia partidista en algunas zonas de Boyacá y los Santanderes, pero durante los gobiernos de Mariano Ospina y de Laureano Gómez la violencia se extendió por toda Colombia con la tolerancia y hasta la participación de jefes conservadores que querían alejar a los liberales de las urnas.
Al acoso conservador, los liberales respondieron con autodefensas y luego con guerrillas  en los llanos orientales, en el Tolima y en Antioquia; de la reacción se pasó al más cruel bandidaje, la sangre inundó al pais como nunca se ha visto  y el caos sumió en la desesperanza a los colombianos; por ello cuando el general Rojas Pinilla asumió el poder mediante un golpe de cuartel, que el jefe liberal Darío Echandía llamó golpe de opinión, la inmensa mayoría de los ciudadanos de bien saludó jubilosamente ese 13 de junio de 1953, que señalaba una época nueva en medio de tantas desgracias.
El pueblo se volcó a las calles a celebrar la caída de Laureano Gómez y el general Rojas Pinilla empezó un gobierno en nombre de todos los colombianos. Con mano dura, jueces ambulantes, inteligencia militar y compromiso de las fuerzas armadas, Rojas pacificó la republica en menos de un año, pero la dicha fue muy corta  pues los negociados, los abusos y el apego al poder fueron distanciando poco a poco al general presidente con los empresarios, los políticos, los empresarios y  el estudiantado.
Rojas despilfarró la confianza popular en poco tiempo, el declive de su gobierno empezó con la matanza  de algunos estudiantes durante las manifestaciones del ocho y nueve de junio de 1954, vino luego otra matanza de ciudadanos inocentes en una corrida de toros en la plaza de Santa María en Bogotá, el cierre de periódicos y el incumplimiento de los pactos con los guerrilleros liberales que habían dejado las armas.
LOS PRELIMINARES DE LA CAÍDA DE ROJAS
El ocho de abril de 1957 los directorios  conservador y liberal de Antioquia escogieron a Guillermo León Valencia para enfrentar a Rojas Pinilla en las nuevas elecciones presidenciales. Al cuartel del MAC se filtraron informaciones sobre la agitación en Medellín y la posición vertical de la Iglesia Católica que criticaba públicamente los desmanes de los militares. Ante esas circunstancias el ambiente se enrareció en las filas y para prevenir cualquier acto de rebeldía, pues por encima de sodados éramos estudiantes, se prohibieron las visitas y se cancelaron los permisos de salida a la calle. El teniente Pedro Nolasco  Espinel, héroe de la guerra en Corea y veterano en las campañas del Tolima, con cicatrices  por todo el cuerpo y con más medallas que el Estado Mayor reunido, se puso al frente de nuestra Compañía B y otros curtidos oficiales se hicieron cargo de las otras compañías, lo que significaba que pese a nuestra aparente debilidad respecto a los otros cuerpos armados, los militares consideraban al MAC como un gran riesgo.
Desde las primeras horas del  nueve de mayo de 1957 el Batallón de soldados bachilleres Miguel Antonio Caro, MAC, salió hacia las lomas de la Calera a maniobras de orden abierto. Los vendedores de dulces y génovas, que nos acompañaban como lapas en todos los recorridos, nos informaron que los bancos estaban cerrados, las universidades en huelga y Bavaria y las textileras trabajaban a media marcha.
Anocheció ese nueve de mayo, los cañones de la Blindada disparaban a los barrancos de Usaquén y nuestras ametralladoras retumbaban en la oscuridad para meter miedo, para avisar a los habitantes de Bogotá que el ejército estaba listo a repeler cualquier alzamiento. Como a las ocho de la noche nos trasladamos  al Circo de Toros en el centro de la capital y asignaron al MAC la custodia de los revoltosos apresados en las manifestaciones recientes. Las calles estaban desiertas y el frio bogotano taladraba los huesos; nos apostaron por la carrera séptima y a mi me tocó la esquina frente al Hotel Tequendama. Pasaron las horas, llegó la media noche sin haber almorzado, ni comido ni haber probado una gota de agua, los cuatrocientos cartuchos de mi canana  me apretaban los riñones, me dolía todo el cuerpo y el peso de la ametralladora punto treinta parecía que mi iba a quebrar la espalda.
LA CAÍDA DE ROJAS PINILLA
A las dos y media de la mañana del diez de mayo  gritos de júbilo, los pitos de los carros, el tremolar de las banderas y las pancartas y las notas del Himno Nacional empezaron a cubrir la carrera séptima y en la madrugada una enorme multitud llenaba la séptima desde el Parque de Bolívar hasta el Circo de Toros ; los soldados del Mac  nos replegamos ante el alud ciudadano y descuidamos la vigilancia, un torrente de muchachas nos llenaron de besos mientras un tropel de muchachas y muchachos entraron a la arena y se confundieron  con los retenidos, en tanto que manos caritativas nos ofrecían gaseosas y algunos soldados bachilleres posaban con los fusiles y las ametralladoras en alto al lado de bellas manifestantes.
Hasta las primeras horas de la madrugada el general Rojas dudaba entre dimitir o retener el poder a sangre y fuego;  lo respaldaban las fuerzas militares y un grupo conservador liderado por Gilberto Alzate Avendaño. Por fortuna para Colombia el presidente Rojas, en un gesto que no le agradeció el país, dejó el mando en manos de una Junta militar a las cinco de la mañana del diez de mayo y  a las ocho y media de la noche salió de Palacio rumbo al aeropuerto con destino al extranjero.
Mientras Bogotá celebraba la caída de Rojas, en Cali y en Medellin las fuerzas del régimen abalearon a varios ciudadanos, en Manizales los detectives asesinaban a Jorge Chica Restrepo y a Guillermo Bedoya y en Pereira a un pacífico ciudadano.
Cansados y molidos regresamos a la Cantón Norte, a la Escuela de Infantería, el doce de mayo  a las seis de la mañana formamos en el Patio de Armas como todos los días; la bruma volvía a bajar de Cruz Verde y del Cerro de la Teta. “ Aquí no ha  pasado nada- gritó el capitán Pinzón Caicedo- El gobierno sigue en manos de las Fuerzas Armadas. ¡Viva mi general Rojas Pinilla!- ¡ Viva la Junta Militar!
Todavía faltaban cinco meses para regresar a mi casa, a mi querido y añorado Medellin.



 

martes, 8 de mayo de 2012

PAISAJE CULTURAL CAFETERO: EL CAFE COLONIZÓ LAS MONTAÑAS

Alfredo Cardona Tobón*


Durante el siglo XIX y principios del siglo XX  la ley adjudicó los baldíos con la condición expresa de arrasar los bosques. Ello dejó como consecuencia las laderas  deforestadas, la selva transformada en matorrales y los arroyos expuestos a la resolana, pues se incentivó la hecatombe de plantas y animales al asignar una hectárea de bosque por cada hectárea de monte destruído.
El hacha de los antioqueños  abrió espacio para el maíz, para el fríjol cargamanto y para los pastos del ganado blanco orejinegro, con ellos continuó la economía de subsistencia, porque sin vías de comunicación y sin grandes mercados lo único que  daba utilidad era el  oro que extraían de las arenas y los cerdos gordos que vendían en el Valle del Cauca..
Los productos de la tierra no daban poder ni generaban riqueza; el medio para lograrlos era la tenencia de grandes extensiones que amarraban peones, terrazgueros y agregados a las grandes haciendas y con ellos, votos y “ voluntarios” para las aventuras guerreras.
APARECE EL CAFÉ
En la región que hoy constituye el Eje Cafetero, el tabaco solamente tuvo alguna importancia en el Quindío, y las mieles de caña apenas se utilizaron para producir la panela de consumo y obtener aguardiente tapetusa en rústicos alambiques; hubo que esperar la llegada del café para que el panorama de extrema pobreza  empezara a cambiar y que las lomas expuestas a la lluvia y a los vientos volvieran  a cubrirse con los guamos, los carboneros  y los churimos que daban sombra a los cafetos.
 El café llegó tímidamente a la región. Las leyendas riosuceñas hablan de de un pequeño cultivo del sacerdote Bonifacio Bonafont en los primeros días de la república, lo que es posible,  pues un paisano suyo, el sacerdote Francisco Romero, por ese entonces impulsaba el cultivo del grano en  Salazar de las Palmas,  un distrito situado en el nororiente  de Colombia.
Después de 1820  llegaron a las minas de Marmato numerosos mïsteres conocedores de química, hidráulica, mecánica y hasta  de agricultura; uno de de ellos, James Tyrell Moore,  además de inventar equipos, urbanizar a Medellín, establecer fundiciones, se convirtió en el pionero del café en Colombia.
Mr. Tyrell Moore sembró café en Valdivia, Antioquia y plantó cafetales en Sasaima, Cundinamarca; además, implantó técnicas de beneficio y como remate, abrió mercado al grano colombiano  en puertos alemanes.
Eduardo Walker,  hijo de un capitán inglés que trabajó en Supía, en  el año  1875 plantó un cafetal en la vereda La Cabaña de Manizales; ¿hubo relación con Tyrell Moore?, también es posible, pues el capitán inglés pudo haber conocido a Tyrell y seguir  de cerca sus exitosas empresas comerciales.
Poco antes del cultivo de La Cabaña, el gobierno del Cauca había concedido exenciones tributarias a los cultivadores de café y  quitó los  aranceles a  la importación de maquinaria y de elementos para procesar el grano lo que animó a  Simón López en Pereira y a Leonidas Scarpetta en Salento a establecer cafetales y motivó al antioqueño Salvador Pineda  a sembrar café en terrenos comprados al resguardo indígena de Guática..
DESPEGA EL CULTIVO DE CAFÉ
A fines del siglo XIX, Justiniano Mejía en Neira, Manuel Grisales en Manizales, Julián Mora en  Palestina…  sembraron café e intentaron abrirle mercado, pero los altos costos de transporte hasta el rio Magdalena y la falta de conexiones  comerciales en el exterior, frustraron  sus proyectos.
La verdadera, concreta y exitosa historia de nuestro café empezó luego de esos intentos con la llegad de  Antonio Pinzón, un empresario santandereano, que a buena hora se radicó en Manizales. En la finca de El Águila, Antonio Pinzón  sembró diez mil palos de café y emprendió una campaña de difusión para acostumbrar a la gente a tomar la grata bebida.
 El señor Pinzón  desarrolló equipos para beneficiar el café, amplió los cultivos y abrió las puertas de exportación del grano a los Estados Unidos. Al morir Antonio Pinzón, le sucede su hijo Carlos E. Pinzón, joven de 19 años  que  heredó la fortuna, el tesón y la garra de su progenitor.
Con Carlos Pinzón se consolida la era cafetera: compra la finca del Arenillo donde siembra ciento cincuenta mil  cafetos; se asocia con prestigiosos manizaleños y forma un emporio económico  sobrepasado  en Colombia solamente por el antioqueño Pepe Sierra.  Carlos E.  compra fincas que llena de café,  monta más de veinte trilladoras en todo Caldas, organiza veintiséis puestos de compra, electrifica los montajes de beneficio, impulsa la navegación del Cauca con ocho vapores que llevan el café desde La Virginia hasta Puerto Isaacs para seguir por  tren a Buenaventura,  y en Nueva York establece una oficina de negocios que combina la importación del café con la exportación de mercancías.
UN TAPIZ DE CAFÉ
De la mano del campesinado los Pinzones cambiaron el rumbo incierto del territorio que hoy conforma el Eje Cafetero:  el cultivo del café agregó valor a la tierra, se generaron excedentes que paliaron la pobreza y elevaron el nivel de vida de la población y emergió una clase rural que, entre 1905 y 1925. produjo el  35% del café colombiano exportado a los grandes mercados internacionales. La arriería y el comercio asociados del café formaron grandes capitales que convirtieron a Manizales, Pereira y Armenia en  importantes  ciudades colombianas, por el café se construyó el cable aéreo y los ferrocarriles que cruzaron este territorio y fueron los excedentes del café la base de la industrialización de Manizales y del crecimiento comercial de Pereira.
El café se convirtió en el eje de nuestra economía; la geografía se tiñó de café, pues no hubo lomas ni obstáculos para  sembrarlo y todo lo andable, entre los mil y los dos mil metros de altura sobre el nivel de mar, se tapizó con cafetales .
El Borbón, el Pajarito, el Maragogipe  fueron las variedades colonizadoras, luego llegó la densificación del cultivo con la variedad caturra y para contrarrestar la roya los científicos del café desarrollaron la variedad Colombia. Luego vinieron la variedad Suprema y la Castillo, en un proceso continuo en busca de calidad y  eficiencia.
El café  se enraizó  en esta tierra grata, cuyas serranías solo le caminan al café. Ese grano de redención se aferró  al corazón  de miles de cultivadores cuya esperanza florece con los arbustos y revienta de alegría con el rojo oscuro de las cerezas maduras en los horizontes verdes del paisaje cafetero.
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