miércoles, 22 de febrero de 2012

LOS TEMPERANTES DE PENSILVANIA -CALDAS- COLOMBIA


 
Alfredo Cardona Tobón



La débil luz de las lámparas de querosene parecía apagarse con los soplos del viento y volvía a alumbrar la penumbra proyectando en las paredes las figuras de los campesinos que avanzaban agazapados por la calle Real de Pensilvania, una población situada en el sur del Viejo Antioquia.
Los labriegos llegaron hasta el estanco de rentas, uno de los labriegos violentó la cerradura de la puerta, los demás entraron en silencio y  abrieron  las espitas de los toneles  de aguardiente,  cuyo líquido se esparció por el piso y  fluyó por el  empedrado, arrastrando lo grillos tierreros y a los bichos noctámbulos que en esa mala hora perecieron ahogados en medio de la más tremenda borrachera

LA CRUZADA CONTRA EL LICOR

Todo empezó en 1904. El doctor Benjamín Tejada Córdoba, digno descendiente de la casta guerrera paisa, quiso enderezar la vida de sus coterráneos embrutecidos por el licor  y emprendió una campaña  frontal contra el alcoholismo. En tan loable tarea contó con la curia y las autoridades locales que le prestaron todo el apoyo para organizar  clubes de  temperantes que por ese entonces sumaban  sesenta  y seis y agrupaban dos mil inscritos en toda la geografía antioqueña.

El 26 de diciembre de 1904  los temperantes plantaron sus banderas en Pensilvania. Fue un día feliz en muchos hogares arruinados por el alcohol. Ese día centenares de ciudadanos de todos los niveles firmaron un acta donde se comprometian bajo palabra de honor “a no ingerir licor alguno en adelante.

A partir de entonces el alcalde y el padre Daniel López se convirtieron en adalides de la causa y la temperancia se convirtió en una cruzada general: los niños prometieron evitar el alcohol en el futuro y a las niñas  escueleras  dieron la  palabra de no relacionarse, cuando fueran señoritas, con hombres dados a la bebida, ni a elegirlos como maridos.

Lo civil se unió a lo religioso, las conferencias se vieron reforzadas por la comunión mensual de los temperantes y se ofreció el sacrificio de la abstención  a la Virgen María. Para mantener viva la llama de la temperancia se organizaron desfiles y en las afueras de Pensilvania se plantó una enorme cruz que señalaba el principio de  una época idílica, libre de peleas de borrachos y de hogares sin pan debido a la bebida.

 CHOQUE DE LAS AUTORIDADES.

El alcalde de Pensilvania limitó a dos tragos el consumo de licor y metió a la cárcel a los beodos escandalosos y a todos aquellos que en una forma u otra  atentaran contra los designios de la temperancia.

En resumidas cuentas en Pensilvania se estableció  una  república de enemigos del trago,  en contravía con la Constitución y  los derechos ciudadanos de tomar lo que les diera la gana. En carta del 12 de agosto de 1905 el alcalde Antonio Aristizábal se quejó ante el gobernador de Antioquia de la venta de unas botellas de aguardiente a unos “infelices que no respetan su puesto de hombres, cosa que aquí no es permitido” y acusó de tal hecho a un empleado subalterno de rentas a quien hizo  salir de la ciudad.

Los excesos de la cruzada se convirtieron en un problema de orden público y económico. Los temperantes hostilizaron a los arrieros que transportaban los barriles de aguardiente al estanco oficial y  discriminaron a los cantineros y a los expendedores de chicha y de tapetusa de las fondas. Como consecuencia los maestros se quedaron sin pago pues no había recursos para sostenerlos ya que  la educación se sostenía con la renta de la venta de aguardiente.

Al llegar a la vecina población de Sonsón la noticia del asalto al estanco, los rematadores de renta pusieron el grito en el cielo y  hablaron de una revolución contra las autoridades liderada por el padre Daniel López. El Prefecto se alarmó y de inmediato envió una partida armada  a reprimir a los rebeldes; la fuerza pública no encontró resistencia ni alguna situación violenta fuera de la prohibición del expendio de licores, pero el jefe de la comisión vio el inminente peligro de un choque entre la ciudadanía y le informó a la gobernación  que la “culebra era grande” y apenas se le estaba viendo la cola.
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Las autoridades de Antioquia cambiaron al alcalde temperante sin que fuera posible remover al cura López. El nuevo burgomaestre ajeno a la cruzada contra el licor, prohibió las actividades temperantes  e impidió sus conferencias subversivas bajo la  amenaza de destierro a quienes se opusieran a las medidas del gobierno.

Poco después  Pensilvania quedó bajo la jurisdicción de Caldas; el gobernador Alejandro Gutiérrez  conferenció con el padre López y  como nada logró con el levita, dejó el asunto en manos del tiempo. Y tuvo razón porque en pocos meses los temperantes  flaquearon,  rompieron las promesas y volvieron a tomarse sus guarilaques dobles, siguiendo la atávica e inveterada costumbre paisa de matizar con  alcohol  todos los momentos alegres o trágicos de su existencia.

 Al sonar de nuevo las vitrolas para recuperar los aguardientes perdidos  los machetazos volvieron a multiplicarse y faltó de nuevo el pan en muchos hogares. El Doctor Benjamín Tejada Córdoba se retiró de Pensilvania y se radicó en Pereira donde a falta de temperantes, emprendió la loable misión de  “ La Gota de Leche”, obra filantrópica que empezó a trabajar por los niños   más desamparados.