miércoles, 26 de diciembre de 2012

EPISODIOS DE LEYENDA

Alfredo Cardona Tobón




La imaginación popular va acomodando de tal manera los sucesos, que al pasar el tiempo la realidad se mezcla con la leyenda. Nuestro pretérito está lleno de episodios que no resisten el severo análisis de la historia, pero que dibujan con propiedad una época o el carácter de un personaje.

¿Cuánto hay de verdad o de mito en la vida del Negro Marín, guerrillero de mil combates y mil y una derrotas?- ¿Y qué hay de cierto en lo dicho sobre Mirús y Calzones, bandidos al estilo de Robin Hood,  o en las loas perfumadas sobre el Mariscal Alzate Avendaño, uno de los grandes promotores de nuestra violencia reciente?-
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Traigamos a la memoria algunos sucesos,  adobémoslos con nuestras propias conclusiones y veremos que nos dan papel y cuerda para escribir obras enteras.

LA PRESUNTA HIJA DEL GENERAL JOSÉ MARÍA CÓRDOVA

La corta y heroica vida del general José María Córdova fue tumultuosa, violenta, llena de pasiones y de gestos heroicos. Entre lo mucho que se ha escrito sobre el joven general hay unas notas que se refieren a una juana y  su pequeña hija

Se dijo  que con las tropas que acompañaban a José María Córdova en la campaña de la costa iba un sargento con su `juana`* y una niña ya crecidita. El suboficial murió en combate y  la `juana`  continuó con la columna, contestando a lista en nombre  del suboficial fallecido y cobrando los dineros que le habían asignado en vida  a su compañero.

Pasaron unos tres años y la muchachita de la “juana” se convirtió en una mujer en capullo  que siguió tras las huellas del general antioqueño sirviéndole al lado del capitán Francisco Villa, edecán personal de Córdova. La jovencita acompañó al militar paisa en la campaña del sur y en los campamentos se hablaba de la hija del general y también de la concubina del valiente militar granadino.

Córdova defendía a  la muchachita del acoso de la oficialidad y le prodigaba los mayores cuidados, pero llegó el momento que tuvo que separarse de ella por los rumores que en nada lo favorecían y la internó en un  convento de religiosas de Lima, donde se perdieron las huellas de la hija o de la amante del osado y violento oficial antioqueño.

LA MUERTE DEL "FOGOSO" GUTIÉRREZ

José María Gutiérrez de Caviedes, fue uno de los líderes de Mompox en el levantamiento de la ciudad contra los españoles y un destacado militar, muy cercano al dictador Juan del Corral, en los primeros tiempos republicanos de Antioquia.

El llamado “Fogoso Gutiérrez" por su oratoria encendida, comandó la columna paisa que marchó hacia el sur a reforzar las tropas de  Nariño en su campaña contra los pastusos.
El Fogoso" no tenía mucho afán de apoyar al Precursor, en Supia suscribió el Acta de Independencia,  en Ansermanuevo atacó a los guerrilleros realistas y también a los partidarios del centralismo de Cundinamarca; quemó el poblado, apresó a personajes que apoyaban al rey y cuando se unió a las fuerzas de Nariño, no acató  sus órdenes y dejó al descubierto la retaguardia republicana con la consiguiente derrota de los patriotas

El coronel Sámano apresó a Nariño y desbarató las fuerzas republicanas. El Fogoso Gutiérrez  buscó refugio en un convento de Cali, pero al saber que los españoles iban a aprehender y quizás a fusilar al religioso que le  dio asilo, se entregó a los españoles.

En una fría madrugada y sin testigos, un pelotón de fusilamiento segó la vida del  "Fogoso". Mucho tiempo después, un sacerdote llegó a un lejanísimo hato en los llanos orientales para asistir a un moribundo. Yo soy el "Fogoso" Gutiérrez  dijo el moribundo antes de entregar su alma al creador.

Se rumoró con insistencia que "El fogoso" no murió en esa ocasión, las balas eran de salva y  lo que se enterró fue un ataúd vacío. Se dijo que  Sámano lo había perdonado  movido por los ruegos, la belleza y los favores de la hermosa mujer de Gutiérrez que sacrificó su honra para que su esposo viviera..

EL CORREO DE LA BRETAÑA

Los mineros fueron los pioneros de la colonización; detrás de los filones o las pepitas de oro de los aluviones se adentraron en la selva y repasaron trochas como las de San Narciso, solo hoyadas  por aventureros o prófugos de la justicia.
En esa incesante búsqueda de un Dorado, los antioqueños descubrieron la mina de California, cerca de la aldea de Buenavista a orillas del Magdalena y monte adentro se toparon con la veta de La Bretaña, no muy lejos de la localidad de Florencia en el oriente caldense.

A finales del siglo XIX el minero Miguel Murillo explotó La Bretaña con el apoyo financiero de Alejandro Ángel y de Antonio José Restrepo, el famoso Ñito Restrepo. La mina llevó prosperidad a la deprimida zona de Florencia durante cuarenta años. En sus mejores tiempos ocupó 250 mineros en  socavones y en  beneficiaderos utilizando modernos sistemas de monitores para separar el oro de la ganga.

La Bretaña, asiento de hombres recios y cuna de muchas leyendas, entre ellas las del arriero Blas Manrique que con su macho rucio viajaba cada mes al puerto de La Dorada a entregar el oro producido por la Bretaña y regresaba con encargos y cartas.

Como todo tiene su fin,  en un día de 1923 murió el macho rucio. Fue una desaparición que lloraron todos lo mineros de La Bretaña; ese día suspendieron labores y llenos de pesar acompañaron al noble animal a su última morada como si fuera un viejo amigo; al frente de la comitiva fúnebre iba el arriero Blas Manrique con una turega de bueyes que llevaban un cadáver sobre una plataforma de madera y atrás caminaban en silencio los mineros de La Bretaña.

 Cuenta Don Alejandro Ocampo en las memorias que confió al Hermano Florencio Rafael, que  en ese desfile fúnebre, aún faltando el acompañamiento religioso, se sentía el respeto y la congoja; tras un corto recorrido, los bueyes pararon en un pastal en la loma al norte del caserío y en un amplio hoyo los mineros descargaron el cuerpo del macho rucio,  muerto de viejo después de trasegar durante muchos años por el camino de Sonsón, transportando el oro y llevando el correo de La Bretaña

Para cumplir con su misión al arriero Blas Manrique y al macho rucio no les importó el sol canicular de los veranos ni los ríos de lodo que se escurrían por los tragadales en las épocas de lluvia. Iban solos, sin escolta, sin temor a los asaltantes ni a los pumas, solamente con la protección de Dios y de las Ánimas Benditas, a las que se encomendaba Manrique antes de cada viaje.

Ese singular entierro significaba más que la pérdida de un ser querido, al sepultar la noble bestia los mineros sentían que se estaba rompiendo el eslabón entre el pasado y su futuro y que al desintegrarse el dueto de Blas Manrique y el macho rucio presentían la terminación del mundo de los socavones  y del barretón para dar paso al  mundo de los surcos, del hacha y del serrucho, pues La Bretaña ya no era la misma, y el oro, si era que había algo, se estaba escondiendo en lo más profundo de la tierra junto con los sueños de la comunidad florentina.

LA ESCLAVA QUE DEFINIÓ UNA BATALLA.

El 28 de septiembre de 1819, al filo del mediodía , avanzan 700 jinetes, 200 lanceros y 100 fusileros patriotas hacia  las posiciones españolas en la hacienda de San Juanito, en cercanías de Buga, Valle del Cauca. Los profundos fangales y el fuego nutrido de los realistas impiden el avance de la caballería. El inglés Runnel con su guerrilla llega hasta el trapiche situado al lado de la edificación principal y se detiene, pues es imposible continuar con la lluvia densa de metralla. De improviso dos combatientes armados con lanzas y mechones encendidos se aventuran en medio del plomo. Son la esclava María Antonia Ruiz, vestida de hombre, y Joaquín Bermúdez, que sin importarles el peligro, se acercan a los ranchos pajizos, que rodean los edificios, y les prenden fuego haciendo salir a campo abierto a los defensores de San Juanito que ante empuje patriota y la  promesa de perdonarles la vida capitulan y entregan sus armas.

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