martes, 7 de agosto de 2012

SIMÓN BOLÍVAR Y JOSEFINA MACHADO

Alfredo Cardona Tobón*


El cuatro de agosto de 1813 Bolívar entró a Caracas en medio de la aclamación de los notables mantuanos, y de doce bellas jovencitas vestidas de ninfas que lo coronaron y le hicieron guardia hasta el templo de San Francisco, donde se ofició un solemne Te Deum.
En el sagrado recinto las miradas del guerrero  se encontraron  con los hermosos ojos de una ninfa de tez morena clara, hermosas facciones y cuerpo escultural, y de inmediato el amor y el deseo nacieron en sus corazones. Esa noche Josefina Machado, o Pepita como la conocían en Caracas, asistió a un sarao en  la casa del Libertador y en medio del baile y las copas surgió un romance que no aprobó                                                                     doña Antonia que quería una mantuana distinguida para su hermano Simón y no la hija natural de un canario cultivador de cacao.
DESTINOS CRUZADOS
En 1814 negros nubarrones se cernían sobre Caracas; los realistas amenazaban en todas las direcciones y Bolívar, temeroso de un levantamiento, en febrero   ordenó ejecutar a los españoles que estaban en la cárcel de la Guaira: la información oficial señala la decapitación de 518 prisioneros, pero fueron casi mil los asesinados, incluyendo a 21 enfermos que se encontraban en el hospital.
Los españoles atizan una guerra de clases; hordas llaneras seguidoras del rey  triunfan en La Puerta, en San Mateo y La Victoria, y a paso arrollador se acercan a Caracas cometiendo todo tipo de villanías. Como no es posible frenar el avance  realista, las tropas de Bolívar  abandonan la capital venezolana seguidos por más de veinte mil personas aterradas ante  la llegada de la gente de Boves y de los bandidos  de Francisco Rossete
El seis de julio de 1814 empieza el éxodo hacia el Oriente en una caravana compuesta en gran parte por mujeres ancianos y niños, muchos de quienes morirán de hambre, de  cansancio o víctimas de las alimañas y de los torrentes desbordados. Al lado de Bolívar va Pepita, la mujer que no compartirá  las victorias del Libertador y sufrirá a su lado los trágicos días de derrota.
A los veinte y tres  días, la caravana llega al  puerto de Barcelona bajo la andanada de plomo de los barcos españoles surtos en la bahía; los más afortunados se embarcan y encuentran la salvación en las islas antillanas; el resto se dispersará en la selva.  Bolívar, sus oficiales y algunos soldados se  dirigen a Jamaica, y Pepita y su madre encuentran refugio en la casa de un amigo del Libertador en la isla danesa de Saint Thomas.
Fueron dos larguísimos años de ausencia, durante los cuales Pepita esperó con ansia el reencuentro con su amado. El 31 de marzo de 1816 Bolívar sale de Haití con la primera Expedición de los Cayos rumbo a la costa venezolana y llama a Pepita perdiendo un tiempo precioso, que según sus oficiales, malogró el factor de sorpresa.
 MÁS SINSABORES
Cerca a la isla Margarita el buque donde viajaba  Bolívar  aborda un navío español y  Simón, sable en mano, combate como cualquier pirata. Entre tanto, Pepita resguardada en su camarote, llena de angustia y temor, oye los tiros, el choque de las armas blancas y las maldiciones de los heridos. Al fin cesa la lucha y Bolívar descamisado y sudoroso se acerca a Pepita que con un grito de júbilo lo abraza y lo colma de besos.
La Expedición a la costa venezolana fracasa, los oficiales se insubordinan y culpan a Bolívar por  la derrota; los sobrevivientes se internan en los llanos y el Libertador con Pepita y  varios refugiados recorren los islotes a bordo del “Indio Libre” huyendo de la persecución española. El buque encalla en la isla de  Viques y sin agua ni provisiones los fugitivos desembarcan en busca de armas y comida. Luego, mediante una ingeniosa estratagema,  apresan  un velero español, desencallan al “Indio Libre”  y obligan que su capitán  lleve a Pepita, a su madre y demás refugiados a la isla de Saint Thomas  a cambio de respetar su vida y la de los tripulantes del velero español.
Los patriotas venezolanos no claudican en su lucha por la libertad; tras intensa campaña se apoderan de la Guyana y establecen  en Angostura un gobierno republicano bajo el mando de  Bolívar, quien en una segunda expedición, ha logrado el control de la costa. El recuerdo de Pepita no se borra de la mente del Libertador pese a sus conquistas y continuos amoríos y de nuevo la llama a su lado. En 1818 la caraqueña llega a Angostura y el tórrido idilio renace en los esteros llaneros.
Pepita ejerce una influencia singular sobre Bolívar no solamente en la cama sino en los  asuntos públicos; corre el rumor de que numerosos nombramientos y ascensos se deben a Pepita, quien conquista el aprecio de la tropa que la llama Doña Pepa y respeta a  la mujer de su jefe que no le teme a los indios flecheros ni a los  ríos desmadrados y siempre está al lado de los combatientes como intendente y como enfermera.
 DE NUEVO LA AUSENCIA
Bolívar remonta el Orinoco y con tropas llaneras cruza la cordillera y derrota  al enemigo en el Pantano de Vargas y en la Batalla de Boyacá. Santa Fe de Bogotá lo aclama jubilosa y  bellas señoritas comparten con el Libertador las mieles de la victoria. Mientras las Ibañez calman la sed de Bolívar, en la lejana Guyana venezolana lo espera Pepita Machado, con veintisiete años de edad marchitos por  el exilio, las fatigas y los primeros síntomas de la terrible enfermedad que acabó con la vida de los padres de Simón Bolívar y años después tronchó la existencia del Libertador.
La fiebre y la tos consumen a Pepita; los médicos aconsejan un clima más benigno y  ante una nueva llamada de su amado la valiente muchacha emprende viaje por el Orinoco hacia las frías montañas de Santa Fe de Bogotá. Infortunadamente la tuberculosis es fulminante, la consume la tos y la fiebre. Se detiene en la  población de Echaguas y no puede más: en la navidad de 1820 sus acompañantes cavan su tumba en una lomita y el cuerpo de Pepita Machado  se confunde para siempre con el suelo llanero.

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