viernes, 6 de abril de 2012

CARTA DE UN TESTIGO DEL NUEVE DE ABRIL DE 1948

Alfredo Cardona Tobón*


Por esa época, el  risaraldense Mario Gartner Tobón estaba cursando cuarto año de medicina en la Universidad Nacional de Bogotá;  por azares del destino vivió el drama del asesinato de  Gaitán y los hechos apocalípticos que casi arrasan el centro de la capital, sucesos que plasmó  dramáticamente en una carta que escribió a su papá  Mario y a su mamá Estercita, y que transcribo  con autorización de su  hermano Guillermo Aníbal Gartner, poseedor de la carta:
“Queridos  papás:
En nueve de abril empezó tranquilamente; no pensaba la mayoría de la gente que al traspasar el medio día pudiera estar viviendo la República una de  las páginas más dolorosas de su historia.
Luego de almorzar, vine a mi apartamento en compañía de Uberto García. Empezábamos a disfrutar inmediatamente de una hora de siesta. A la una de la tarde y algunos minutos se despertó el compañero y juntos escuchamos la siguiente noticia: “Acaban de informarnos que el Doctor Jorge Eliecer Gaitán fue mortalmente  herido cuando abandonaba sus oficinas.” Inmediatamente nos lanzamos a la calle.
El pueblo empezaba ya a darse cuenta de la trágica nueva; el ambiente empezó a cuajarse y los gritos de ¡Viva el partido Liberal!  y de ¡Revolución... revolución¡ hacían un coro interminable. Cuando llegué a la Plaza de Bolívar las gradas del Capitolio Nacional estaban colmándose y a poco apareció por la carrera séptima con calle once una gruesa multitud; al acercarme vi  cómo el pueblo traía  el cuerpo desnudo y horrorosamente desfigurado del asesino; fue conducido hasta el Palacio de la Carrera en donde la ira popular lo despedazó. Mientras esto tenia lugar, un grupo de obreros violó la vigilancia del Capitolio y empezó a apedrearlo, así mismo intentó el incendió de algunos vehículos situados en la plaza principal.
Se me informó abundantemente que el asesino del Doctor Gaitán había culpado a las directivas conservadoras como autores intelectuales del aleve atentado... Bajé lleno de ira y de dolor hasta la Facultad de Medicina, exalté a los estudiantes y luego subimos en enérgica manifestación de protesta hasta la carrera octava  en donde las balas y la lluvia lograron dispersarnos. En menos de veinte minutos me encontraba frente al edificio Virrey Solís; la turba despedazaba y saqueaba los almacenes donde había armas de fuego.
Avancé por la carrera novena hasta la Avenida Jiménez entre la lluvia natural, que había amainado un poco, y la más fatigante de balas y de gritos. Los almacenes de  la Avenida empezaban a ser víctimas del saqueo y el pillaje. Por la carrera trece llegué a la Capuchina; el edificio del detectivismo estaba reducido a escombros y las oficinas de El Siglo eran consumidas por las llamas. Seguí por la misma carrera trece hasta la esquina de la calle dieciséis. Armado de una “pácora” que me fue suministrada en la plaza de San Victorino, subí en medio  del atropello y de la confusión hasta el Parque Santander; el espectáculo era sencillamente desolador: los sectores más hermosos del centro de la ciudad empezaban a morir en el lastimoso grito  de las llamas; de los vehículos estacionados a lo largo de la séptima quedaba apenas el caparazón. Corrí hasta las oficinas de El Tiempo y desde uno de sus balcones se informó que el Doctor Darío Echandía estaba a la cabeza de la multitud por la calle doce; alcancé el Palacio de Justicia, todos los almacenes, oficinas, ferreterías, y sobre todo, los expendios de licores recibían el golpe brutalmente hostil y destructor de los saqueadores. No encontré la susodicha manifestación. En las calles se oía el profuso abaleo y a poco empezaron a subir por la doce gran cantidad de heridos: uno de ellos presentaba un profundo “boquete” en el costado izquierdo; resolví ayudarlo y vine con él hasta la Clínica Central. Esta se encontraba llena de heridos y noveleros. Se me admitió en los servicios de urgencia y tuve la suerte de ayudar en la salvación de muchas vidas.
En una amplia sala reposaba, rodeado por personas de gran mérito, un cadáver completamente tapado; alguien le descubrió el rostro  y tuve la amarga sorpresa de hallarme ante el cuerpo inerte de nuestro Gran Gaitán.  Por ausencia de los médicos legistas, algunos de los galenos presentes resolvieron proceder a la autopsia y embalsamamiento del cadáver,  dicha diligencia empezó a las seis y veinte minutos de la tarde. Jorge Eliécer Gaitán  había sido muerto a la una y quince minutos por la acción letal de tres certeros balazos. Los datos de la autopsia son, mas o menos,  los siguientes: Un orificio de proyectil, a tres cm, hacia arriba y ligeramente  hacia la izquierda de la protuberancia occipital externa; penetró la bala unos seis cms,  en el hemisferio cerebral izquierdo  y produjo una intensa hemorragia; un orificio de proyectil a seis cms. De la columna vertebral en el hemi-torax derecho, a seis cm del ángulo inferior  del omoplato; entró por el noveno espacio intercostal; interesó el lòbulo derecho del hígado  de atrás hacia adelante y de fuera hacia adentro, alcanzó  el borde inferior de la séptima costilla, cerca al  cartilago condrocostal, resbalando hacia abajo para volver a lesionar el hígado para  quedar el proyectil en la cavidad abdominal; produjo enorme hemorragia ( 1.200cc): un orificio de proyectil  a 11 cm. De la columna dorsal, hacia adentro y ligeramente hacia abajo del ángulo derecho de la escapula; el recorrido de la bala no se pudo seguir. El ilustre conductor duró media hora en estado agónico y no logró recuperarse un solo momento del formidable shock producido por las heridas. Descartados los  órganos de las cavidades abdominal y toráxica, que, dicho sea de paso, decían por su tamaño, color y consistencia de la plenitud biológica del desaparecido, se procedió a cerrar el cadáver, después de haber sido rociado con formol.
 Cerca de las cuatro de la tarde la Clínica Central quedó sin energía eléctrica y fue preciso adelantar todas las labores utilizando espermas y linternas... A las once p.m abandoné los muros de esta casa y aparecí como resucitado entre la noble familia con quien vivo. Vine vestido con una pequeña blusa de practicante mojada con la sangre del jefe liberal. Encontré en mi camino más de treinta heridos y unos diez muertos tendidos en las aceras.
El resto de la noche y las primeras horas del sábado diez transcurrieron en medio de la más grande intranquilidad; las manifestaciones más abominables y odiosas del desenfreno popular se sucedieron sin la menor interrupción.
La mañana del  sábado pasó tranquilamente, afortunadamente el ejército empezó a barrer inexorablemente los asesinos de la ciudad, y los miembros más destacados del partido liberal se dieron cuenta de cómo esta incalificable situación no tenia otro responsable que esa cosa vil y asquerosa que han dado en llamar partido comunista...”
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