miércoles, 7 de marzo de 2012

RELATO IMAGINARIO DE UN CHISPERO DE SAN VICTORINO

Alfredo Cardona Tobón*

Para acortar esta noche voy  a escribir lo que he visto y oído desde que dejé de picar cueros para empezar a picar enemigos. Estas horas serán larguísimas  y presiento que el día será muy corto, pues los godos bajaron de la cordillera y tenemos muy  pocos recursos para enfrentarlos.
Voy a ver hasta dónde llego, hasta dónde me alcanza el ánimo y la bujía de sebo que se ha salvado de las ratas.
Voy a empezar en el veinte de julio, un día que marcó mi destino y marcará el destino de mi patria:
VEINTE DE JULIO DE 1810
Hacia el medio día, los bochinches y la lluvia de piedras me hicieron cerrar el taller de la Calle Real; jamás había presenciado tales desafueros sin que la tropa saliera a controlar a los revoltosos, o los españoles tenían miedo o el virrey no quería repetir los episodios de Quito, que tan mal paradas dejaron a las autoridades coloniales.
Gritaban ‘mueras’ a los oidores  y al gobierno y pedían cabildo abierto, no sé si para protestar por los impuestos o para quejarse del virrey y de la virreina. Como nunca me gustaron las grescas me fui temprano a mi casa situada en San Victorino. Al caer la tarde  empezó el desfile hacia Fontibón de los indios borrachos, muchos con festones y cuadros y otros con las ollas y los tiestos que les robaron a los chapetones.
Yo pensé que el bochinche había cesado, pero no fue así, pues don José María Carbonell llegó al barrio , a San Victorino, con gente de Las Cruces y  yo con muchos vecinos nos unimos al grupo y seguimos camino arriba  echando ‘abajos’ al gobierno. Anochecía cuando llegamos a la plaza; las antorchas iluminaban la neblina que en bocanadas se estrellaba contra las paredes del Regimiento de Artillería. Las calles estaban repletas de gente que desafiaba a las tropas de Sámano y de Moledo. Abrimos paso a los  sacerdotes, a los regidores, empleados y a los militares que había nombrado don Acevedo y Gómez como vocales de una Junta que nos iba a dar un gobierno nuevo. No creí en eso, porque ahí estaban los mismos que nos mandaban y no se notaba ningún vecino de San Victorino, o de las Nieves o de Egipto, y al frente de esa Junta continuaba el virrey Amar.
Cansado y sin creer mucho en los cambios me fui al rancho donde Rita, mi mujer, me esperaba con un tazón de bebida caliente y un pan con dos génovas.
VEINTIUNO DE JULIO DE 1810
Los vocales de la Junta Suprema madrugaron a posesionarse  y allí estábamos los noveleros. Los curas y los doctores fueron al Palacio a presentarle sus respetos al virrey entre venias y genuflexiones. “Aquí no ha pasado nada- me dijo el amigo Pepe- Vea cómo saludan  al Oidor Jurado y cómo son de zalameros con el comandante Moledo-“
No había terminado la larguísima posesión de los vocales, cuando oímos el estruendo de un gentío que venía con don José María Carbonell. La multitud,  tomó la Calle de La Moneda, sacó al canónigo Rosillo del Convento de los Capuchinos, donde lo había recluido el virrey y en hombros lo llevó hasta el edificio del Cabildo.
La ciudad era nuestra, nadie se oponía… y como nosotros, los de ruana, éramos los que mandábamos,  hicimos apresar a los oidores Hernández de Alba y Frías, les remachamos grillos y como si fueran mansas ovejas los hicimos desfilar temblorosos y pálidos por la Calle Real. Eso sí me gustó, estábamos cobrando su fatuidad y su orgullo.
JULIO VEINTIDÓS DE 1810
Los criollos tenían su Junta Suprema y nosotros una Junta Popular en San Victorino, donde nos dimos el gusto de hablar de soberanía, de independencia, de los derechos del hombre… de todo lo humano y divino, dando rienda suelta a las palabras escondidas durante siglos de dominación española.
JULIO VEINTITRÉS DE 1810
Mientras nosotros deliberábamos sin tener en claro ningún objetivo, los doctores José Miguel Pey, alcalde de primer voto y vicepresidente de la Suprema, junto con el doctor Camilo Torres, buscaban la manera de hacernos callar y consolidar el gobierno de los españoles americanos, es decir el de los criollos que nos sujetaban igual que los penínsulares.
Los notables criollos, el virrey y los vocales de la Junta rindieron honores a un retrato de Fernando VII. Era como si nada hubiera pasado ese veinte de julio; después de los honores y las marchas militares vino el primer bando de la Suprema: se apoyaba la monarquía,  prohibían los toques extraordinarios de campanas, se pedía amor y respeto a los españoles y se ordenaba que cualquier reclamo había que trasmitirlo a un Síndico Procurador, único enlace entre la comunidad y  el gobierno.
Además  de lo ya dicho , que era muy grave, los criollos crearon un regimiento de voluntarios y reclutaron seiscientos jinetes entre los “orejones”  de la sabana, para que guardaran el orden e impidieran las manifestaciones populares.
JULIO VEINTICINCO DE 1810
Santa Fe amaneció en calma. Las calles estaban desiertas. Nadie imaginaba que desde el día anterior los chisperos habíamos organizado una manifestación para pedir la prisión del virrey, que por lo visto estaba detrás de todas las maquinaciones contra nosotros.
A las diez del día estalló el motín. Cercamos el cuartel de Artillería, rodeamos el Palacio y exigimos a la Junta Suprema  el arresto de Amar y Borbón y de su esposa, íbamos tras Don Carbonell, ese sí era un hombre derecho y con pantalones. Para los criollos la disyuntiva era crítica: o concedían lo que pedíamos o nos dispersaban a tiros. A Dios gracias la Junta Suprema retuvo al al virrey en el Tribunal de  Cuentas y a la virreina en el Convento de la Enseñanza.
Al caer la noche regresé a San Victorino. Entre chicha y chicha celebrábamos la victoria mientras los vocales de la Suprema Junta se reunían en recinto cerrado a  estudiar la situación y ver qué medidas tomaban para neutralizar a Carbonell y a los demás chisperos de la Junta Popular. Entre arenga y arenga, en medio de esos compañeros que no tenían miedo de enfrentarse a las balas chapetonas, me di cuenta que estábamos sin jefes, que  éramos unos ilusos  manejados por un agitador que le tenía enorme ojeriza al virrey.
Aquí paro el relato, afuera aúllan los perros de monte y se oye el choque del agua del río contra el barranco del estero, la bujía se está apagando y los zancudos se dan un festín a costa de este artesano, que no sabe si mañana, cuando salga con la guerrilla y el padre Mariño nos ordene el ataque, servirá de cena a los gallinazos.

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