jueves, 27 de octubre de 2011

COLOMBIANOS EN LA INDEPENDENCIA DE CUBA


Alfredo Cardona Tobón

                                                     Jose Rogerio Castillo
 
Después de la  liberación del Alto Perú y alejada la amenaza de los brasileños que pretendían anexar territorio boliviano, el general Simón  Bolívar  quiso que la antorcha de la  libertad iluminara las islas antillanas y para tal fin propuso a los  mejicanos unir sus fuerzas para  invadir a Cuba y librarla de yugo colonial.
El Libertador concentró naves en Cartagena, pero el proyecto se frustró por la oposición de los Estados Unidos que veía más fácil arrebatar la isla al declinante imperio español  que someter a un pueblo soberano.

Pese a las presiones norteamericanas la solidaridad colombiana se mantuvo firme; luego del estallido de la guerra de 1868, el gobierno de Bogotá prestó todo su apoyo al agente revolucionario Francisco Javier Cisneros en el reclutamiento de voluntarios y en la organización de expediciones a Cuba. Gracias a ese respaldo Cisneros reunió trescientos caucanos y desde Colón envió a costas cubanas un buque con mil fusiles y decenas de combatientes.

El siete de enero de 1871 el vapor Hornett, procedente de Panama, fondeó en  Punta Brava  con  sesenta colombianos y seis cubanos que se internaron en la manigua para unirse a las filas patriotas; a los tres días de marcha los españoles que tenían noticias de su llegada emboscaron la  columna rebelde. El combate fue breve y sangriento,  la sangre de treinta y cinco colombianos empapó la  tierra cubana y el resto, después de una dramática odisea, escapó hacia la población de  Las Tunas bajo el control  de los rebeldes comandados por el general Vicente García.

En 1872 el  presidente Manuel Murillo consiguió del Congreso colombiano un apoyo para los refugiados cubanos, dinero que en realidad tenia como fin patrocinar  expediciones armadas para apoyar a los patriotas de la isla. En la sesión del Congreso con fecha 29 de abril de 1873  se discutió un proyecto para armar junto con Venezuela 20.000 combatientes, que con el auxilio de  las flotas de Perú y Chile, invadirían a Cuba.La acción soterrada de Estados Unidos y la influencia de España sobre los sectores conservadores de Colombia hicieron fracasar el proyecto..

En la larga confrontación contra los españoles, numerosos jóvenes colombianos lucharon al lado de los cubanos por la libertad de la isla. Muchos se reclutaron en Panamá y en el Cauca y otros viajaron por sus propios medios a lugares de enganche en las Antillas y en los Estados Unidos. En  Barranquilla circuló el periódico “Guerra de Cuba” con información de los revolucionarios cubanos y en las principales ciudades colombianas se formaron círculos que daban apoyo moral y material a los rebeldes. En la isla quedó indeleble la memoria de numerosos colombianos que dieron su vida por la libertad; se recuerda a Rogerio Castillo y Zúñiga,  Avelino Rosas,  Martín Sierra, Manuel Lidueña. Francisco Mosquera, Benjamín Soto…

JOSÉ ROGERIO CASTILLO Y ZÚÑIGA

Este caucano nacido en Popayán  el 19 de marzo de 1845 fue guerrero desde la cuna y radical liberal hasta los tuétanos.  Castillo y Zúñiga inició su vida militar en  1861 bajo las banderas del General Tomás Cipriano de Mosquera; combatió en Segovia, en el Derrumbado, entró victorioso a Santa Fe y chocó con los ecuatorianos en Guaspud

Al terminar la contienda de 1876, Castillo y Zúñiga se radicó en Panamá, allí  conoció a Francisco Javier Cisneros y desde entonces se comprometió con la independencia cubana.  Castillo y Zúñiga acompañó a Cisneros en su correría por el Estado del Cauca, donde se les unieron Juan Nepomuceno Caicedo, Francisco Mosquera, Manuel José Castrillón, Baltazar Orozco, León Velasco, Joaquín Quintero y otros voluntarios pertenecientes a lo más selecto del radicalismo liberal caucano.

Cisneros organizó en Panamá una partida  comandada por Rogerio Castillo y Zúñiga y como segundo teniente Francisco Mosquera, fue una acción conocida por marineros y espías que permitió a los españoles alertar sobre la salida del vapor Hornett y el posible lugar de desembarco. Los veinticinco sobrevivientes del desembarco se unieron a  las tropas mambises, no eran simples reclutas, casi todos ellos habían combatido en las guerras colombianas y muy pronto ocuparon altas posiciones en las tropas rebeldes.

 Rogerio Castillo y Zúñiga alcanzó el grado de  capitán en el Batallòn de Jiguaní y al frente de sus hombres luchó en Baire donde quedó mal herido, después de recuperarse regresó a las línea de combate y estuvo en la línea de fuego hasta la capitulación rebelde con el Pacto del Zanjòn Después de firmarse la precaria paz con los españoles, casi todos los colombianos regresaron a su patria, pero Rogerio Castillo y Zúñiga  se quedó en Cuba y se residenció en   Yara  donde siguió  conspirando al lado de Flor Crombet y José Maceo.

Las actividades revolucionarias de Castillo lo llevaron a la prisión de Chafarinas en la península ibérica, al cabo de unos años recobró la libertad y  en 1881 regresó a Cuba para seguir  trabajando por la libertad de su segunda patria En 1895 Rogerio Castillo con el grado de General de Brigada sale de La Florida con 153 hombres fuertemente armados y desembarca en Tallabacoa

La intervención de Estados Unidos a favor de los rebeldes inclina la balanza, Cuba se desliga de España y empieza otra época  para la nueva republica antillana  que ahora debe luchar para zafarse  de la garra de los norteamericanos..

Despues de la independencia de  Espana, Rogerio Castillo y Zúñiga permanece en Cuba con el grado de  Inspector General del Ejército Libertador. Ya nada tiene que hacer en Colombia donde un gobierno clerical y conservador maneja los destinos del país. Rogerio contrae matrimonio con una cubana y forma una familia, rodeado de aprecio y admiración Rogerio fallece  en la Habana el 21 de septiembre de 1821, siendo el único latinoamericano que  participó en las tres guerras de liberación de la isla antillana

AVELINO ROSAS

                              Avelino Rosas y un grupo de mambises
 
Este otro caucano nació  en 1856 en la aldea de Dolores (La Horqueta)., fue un hombre de lucha, un hombre de guerra, un combatiente sin pausa que militó bajo las banderas del liberalismo y atacó lanza en ristre la tiranía y el atropello.

De valor legendario, Avelino Rosas  poseía don de mando y  una habilidad extraordinaria para escapar de situaciones difíciles. Cuando Rafael Nuñez asume la presidencia sale desterrado a Venezuela, allí se  une a una rebelión contra el gobierno de este país que en 1887 lo lleva a otro destierro en la isla de  Curazao

En 1895 los cubanos de nuevo buscan su libertad, el general  Antonio Maceo , que conoce los méritos de Avelino, lo invita a unirse a la causa cubana. Al frente de una columna  rebelde Avelino sale, el 25 de marzo de 1896, de los Estados Unidos y  desembarca en  Marabí  con cien hombres  armados con  modernos fusiles, carabinas y artillería liviana.  Con el grado de General de Brigada Avelino Rosas hace la campaña de Camagüey y participa en las acciones de Matanzas, Minas y Punta Brava. El León del Cauca, como lo llaman los cubanos,se hace famoso por la osadía y la intrepidez en el combate.

Después de la derrota española, Avelino regresa a Colombia y se une a los rebeldes liberales en la Guerra de los Mil Días El veterano militar  marcha  por tierras tolimenses y caucanas , esta vez no vale su valentía, pues las fuerzas enemigas destrozan la guerrilla y lo hacen prisionero en Santa Rosa de Cabal.
Avelino burla a sus captores y se integra a las fuerzas liberales del sur. Vienen más derrotas y en Puerres vuelve a caer en manos enemigas, lo conducen a un calabozo y allí, desarmado, cansado, hambriento, y sin seguirle juicio alguno,  lo asesinaron vilmente.

--(Ver en este blog Avelino Rosas el temible olvidado)-

OTROS COLOMBIANOS EN LA LUCHA CUBANA

En su autobiografía el general Rogelio Castillo revela nombres de algunos colombianos que  pelearon a su lado:, entre ellos el teniente coronel Martin Sierra, natural de Cali, que se batió heroicamente en el ataque a Jiguaní.,  y el comandante Heriberto  Duque, héroe de Jimaguanyú,  hombre corajudo  que jugaba chanzas y recitaba poesías para animar a sus hombres antes de los combates. A la larga lista habría que agregar al riosuceño Rafael Díaz Morkum, famoso por sus cargas a machete que peleó bajo el mando de Maceo y  de regreso a Colombia participó en la guerra de los Mil Días.

Como general de las tropas liberales.  Rafael Díaz Morkum combatió en Tumaco y fue el artífice del triunfo de sus copartidarios en la sangrienta batalla de Aguadulce en tierras panameñas. Una vez terminada la guerra con el triunfo de las armas oficiales, Rafael Díaz viaja al Brasil  y muere en Manaos.

La mayoría de los combatientes colombianos fueron caucanos,  pero hubo boyacenses como el corneta Santos Pardo; eran de Antioquia Benjamín Soto Varela y el capitán Baltazar Orozco, de Cundinamarca  el capitán Joaquín Urdaneta; de Bogotá Ignacio Medrano y  de Bararanquilla Francisco Tamayo
.
Hay que destacar los llamados Clubes Maceo, que en Manizales, en Pácora, en Riosucio  y en  muchas ciudades y aldeas de Colombia se organizaron para recoger fondos y ayudar a los emigrados. A ellos se sumaron los núcleos masones que, en contraposición a la posición españolista de clérigos y conservadores,  apoyaron sin restricciones la lucha de esa Cuba libre, que no cayó como fruta madura en las fauces norteamericanas como había vaticinado un presidente norteamericano..

miércoles, 26 de octubre de 2011

LA MASACRE DE ARAUCA EN PALESTINA CALDAS

CUANDO EL RIO SE TIÑÓ DE SANGRE

Alfredo Cardona Tobón  *

 
Panorámica del puerto de Arauca sobre el rio Cauca



Aún tengo viva la imagen de la pequeña iglesia con  su minúscula campana enmarcada en la torre de guadua y recuerdo a  las campesinas en capullo, que se asomaban a los balcones de las casas de la carretera empedrada que partía en dos el caserío de Arauca, en Palestina Caldas..

Desde la chasa, o pequeño negocio de confites y cigarrillos ubicado en el costado del parque, un anciano vendedor de dulces, en medio de la soledad y los días vacíos, sentía  el retorno del pasado en las ancas del burro que cruzaba raudo o  en  los automóviles viejos que  tomaban  impulso al  empezar a subir a Manizales. El viejo chasero, gocetas y dicharachero, se transformaba al hablar de la negra Anaís, una vendedora de besos y repartidora de puñaladas en los puertos del Cauca y se le ponía la piel de gallina al recordar los espantos y aparecidos que en noches de juerga veía rondar por las orillas del río, pero enmudecía al preguntarle por la masacre en el puerto en un fatídico día de noviembre de 1949.


LOS RECUERDOS FRAGMENTADOS

Actualmente el  templo de Arauca es un galpón amorfo sin el encanto de aquella iglesita de mitad del siglo XX. Seguramente el anciano chasero había conocido el primer templo  y por eso le pregunté por la edificación religiosa.

“De eso es mejor no hablar”- Me contestó.

Y no insistí, porque es claro que en Colombia nadie ve,  nadie oye y nadie sabe nada, pues en “boca cerrada no entran moscos”,  todo se olvida  y a todo se le echa tierra. Así que el chasero nada me contó del templo al igual que otros araucanos que entrevisté y  no soltaron prenda. Así que até cabos, recogí testimonios dispersos y fragmentados, indagué y busqué escritos y en esa forma pude reconstruir en parte, la tragedia de Arauca y de la vieja iglesia, para contarla y recordarla, pues  no se debe olvidar a las victimas ni  ocultar las atrocidades de los victimarios


Empecemos con los antecedentes:


Como se sabe el  9 de abril de  1948 asesinaron al líder popular Jorge  Eliécer Gaitán en la carrera séptima de Bogotá. Quien fue?- No se sabe, hasta serian los liberales oficialistas comandados por los LLeras, que veían como sus huestes se estaban alineando en  las filas gaitanistas.
Las masas desbordadas se apoderaron de las emisoras bogotanas y azuzaron al pueblo liberal  para que se armara, estableciera juntas revolucionarias y tomara el poder. En Norcasia, Victoria, Balboa, Santuario y Arauca y en numerosas poblaciones de Colombia donde  los vecinos suplantaron la fuerza pública y establecieron su propio gobierno.

El presidente Mariano Ospina Pérez, empujado por su esposa Doña Berta que le dijo que más valía un presidente muerto que un presidente fugitivo, resistió el embate y con el respaldo de los jefes  oficialistas del liberalismo , sometió a los alzados en armas con tropas de Boyacá y los voluntarios chulavitas que viajaron de la población de Boavita, en Boyacá,  para doblegar el alzamiento popular. Unas vez dominado Bogotá,  columnas de infantería retomaron el control en todo el país sin mucha resistencia, pues el pueblo rojo no tuvo un jefe que canalizara su ira  y acabar así con un régimen de persecución y de ignominia.
 

El diez de abril un  pelotón del Batallón Ayacucho entró al caserio de Arauca. Las calles estaban solas, en los balcones se veían sábanas y toallas blancas en señal de paz  y el único sonido que escucharon los soldados fue el ladrido de unos perros asustados. El levantamiento incruento de los araucanos marcó el futuro del  caserío, que  desde ese momento fue catalogado por las autoridades conservadoras como un peligro para la estabilidad del régimen y por tanto habría que barrerlo del mapa.
..

LOS DÍAS DEL TERROR

El sábado 29 de octubre de 1949 un automóvil negro, con placas de Manizales, se detuvo frente a la cantina de Bernardo Avellaneda. Una vitrola molía música, quizás de Olimpo Cárdenas o de los Trovadores de Cuyo, y como sucedía todos los fines de semana, el local estaba atestado de campesinos que arrumaban botellas de cerveza  debajo de las mesas.

Eran las cuatro de la tarde; el sol había caído, cuatro sujetos se apearon del vehículo y sin aviso y a mansalva  vaciaron los revólveres sobre los desprevenidos contertulios de la cantina; los asesinos subieron al carro con el motor en marcha  y se perdieron en medio del polvero, por la carretera destapada que llevaba al municipio de Risaralda.

Mientras velaban a las víctimas y la gente se agolpaba para dar el pésame a los deudos, alguien avisó que se acercaba la chusma conservadora y nuevamente iban a atacar al caserío. Ante esa amenaza los vecinos prepararon las escopetas y  corrieron a desentablar el puente sobre el Cauca para obstaculizar el paso de los violentos.

Como a las nueve de la noche numerosos antisociales de Anserma, Risaralda, Belén y Guática se concentraron en la orilla opuesta  del rio y en la parte alta del puerto se ubicó un piquete policial enviado por el gobernador con la supuesta misión de proteger a  los araucanos. La noche avanzó; en las tinieblas resonaban los gritos, los desafíos y los aullidos del “Ovejo”, “La Perdiza”, “Pelahuevos”, “ El Grillo”, “Pálida Azucena” y otros bandidos animados por el odio y el aguardiente.

Cuando amaneció los guachafiteros observaron que en Arauca no había trincheras ni francotiradores y vieron que la policía se había retirado del pueblo. Fue entonces cuando los  atacante empezaron   a pasar uno a uno por la  estructura del puente  e irrumpieron por las calles en medio de los disparos y sus gritos vivando al partido conservador y a Gilberto Alzate Avendaño.

Arauca ardió, los asaltantes tumbaron las puertas de las cantinas y saquearon tiendas y almacenes; sobre las botellas destrozadas hicieron caminar descalzos a los ciudadanos que sacaron de los ranchos. A Enrique Zapata y a otros vecinos los llevaron a culatazos hasta el el puente desentablado y los acribillaron a tiros. Atrás de Zapata venía el perrito flacuchento que tantas veces lo acompañó en el monte, iba voleando la cola como si fueran de paseo, sin adivinar la tragedia de su amo. Testigos que quisieron ocultar sus nombres, aseguran que la policía hizo causa común con los bandidos
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El domingo por la tarde, cuando la barbarie se había consumado, llegó el ejército y los facinerosos huyeron hacia los pueblos de occidente. Se ignora cuántas víctimas hubo en Arauca ese fin de octubre de 1949. La prensa no reportó la villanía, no se pronunció la iglesia ni los jefes liberales y menos los mariscales del partido de gobierno. La fuerza pública trasladó  en volquetas numerosos cadáveres hasta la ciudad de Manizales,  donde entraron a media noche y sin luz eléctrica, pues se cortó la energía para que la ciudadanía no se diera cuenta de la matanza. Días despues el gobernador Cástor Jaramillo Arrubla dijo que se trataba de un  ataque comunista en alianza con los  chusmeros liberales.

Mientras los victimarios dormían la rasca, embriagados con licor y sangre sin que les remordiera la conciencia, el perrito flacuchento de Enrique Zapata corría  por la orilla del río Cauca siguiendo el cadáver  de su amo.


FUENTES
 Testimonios de habitantes de Arauca que no quisieron dar sus nombres.
Tetimonio de Luis Angel Cardona Salazar, jefe liberal de Quinchía, que supo de primera mano lo que aconteció en el puerto.
Manrique Ramón. Los días del terror-1955- Editorial ABC- Bogotá- Paginas 257 a 259.