sábado, 8 de octubre de 2011

LUCES Y SOMBRAS EN LA VIDA DEL VIRREY AMAR Y BORBÓN

Alfredo Cardona Tobón*



“Esto tiene una cola muy larga”- dijo el virrey Antonio Amar y Borbón al observar el tumulto en la tarde del veinte de julio de 1810 ; pero ni agarró la cola ni cortó la cabeza de la rebelión ue se fraguó desde tempranas horas en la capital del virreinato de la Nueva Granada..
Fue extraña la conducta de este personaje que no había palidecido en el ataque español al Peñón de Gibraltar y había cubierto con valor la retirada de sus compatriotas hacia Tolosa en la guerra contra los franceses.

EL PERFIL DE AMAR Y BORBÓN

Los virreinatos de Nueva España ( Méjico), de Nueva Granada y del Perú fueron las joyas del imperio ultramarino español y por ello  la Corona tuvo especial empeñó en gobernarlas con personajes destacados de la península . El arzobispo Caballero y Góngora, por ejemplo, fue un humanista de alto coturno y los virreyes Ezpeleta y Mendinueta, para mentar solamente los últimos funcionarios, fueron personas ilustradas, modernas e innovadoras que trajeron progreso al Nuevo Reino.
Por sus antecedentes y calidades Amar y Borbón no fue inferior a los antecesores. Este virrey de la Nueva Granada nació en 1742 en Zaragoza entre una familia de médicos que sirvieron a Carlos III y a Fernando VII. Muy joven  ingresó al regimiento de Caballería de Farnesio; a los treinta y un años alcanzó el título de Brigadier en  guerra contra los ingleses, y con el grado de Teniente General se enfrentó en 1792 a los revolucionarios franceses.

En la familia Amar y Borbón se vieron los extremos de una nación apasionada como la española, donde no hubo medias tintas. Por un lado estaba Antonio Amar,  militar puntilloso, aristócrata, fiel y leal seguidor de sus reyes y sus jerarcas católicos, y por otro lado, María Josefa, la hermana de Antonio; una mujer típica de la  “Ilustración”,  poliglota de ocho idiomas, erudita, sin igual entre las escritoras de su tiempo, liberal convencida, que aborrecía la extrema religiosidad de su época e iba en contra de la educación de las niñas en conventos de monjas y luchaba por la igualdad de géneros, pregonando que el cerebro no tiene sexo y que las mujeres eran tan capaces, como los hombres, para cualquier desempeño.

Tras una vida de combates y peligro, el virrey Amar, por designio del monarca, llegó a la remota Santa Fe de Bogotá, que despertaba de un letargo apoltronado y sentía los efectos de la situación europea,  aislada de la metrópoli, sin recursos para defender los puertos de una invasión extranjera, y en medio de la pugna por el poder entre peninsulares y criollos, el acoso de los  “afrancesados” y los levantamientos en Quito y otros centros que  aspiraban a manejarse sin la tutela española.

LA OBRA DE AMAR Y BORBÓN

Los santafereños recibieron a Amar y Borbón como jamás lo habían hecho con virrey alguno. Las festividades se extendieron desde su llegada en septiembre de 1803 hasta febrero del año siguiente. La virreina  Francisca estaba feliz y Santa Fe revivió por un tiempo la antigua vida plácida en medio de saraos y la novedad de los bailes de disfraces que la virreina había llevado al frío altiplano.

No habían sanado del todo las heridas de la revolución comunera y s sentía cada vez más los aires de la Ilustración, alentada por los debates en San Bartolomé y  en el Rosario. Con el apoyo de Mutis, el virrey Mendinueta había controlado el brote de viruela de 1802. Amar y Borbón continuó la labor preventiva de su antecesor con fondos  asignados a otras actividades, lo que motivó la reacción del  Ayuntamiento que acusó al virrey de malversación de recursos.
Amar empezó bien el gobierno y se preocupó por la salud del pueblo santafereño, azotado de tanto en tanto en tanto por la viruela,  con medidas que  sirvieron para que la Corona destinara un presupuesto especial para financiar la expedición de Balmis, que recaló en varios puertos de América y Asia, llevando vacuna viva en la sangre de diez huérfanos que portaban el virus atenuado de la enfermedad, cuyas cepas sirvieron para inocular 56.000 granadinos y dejaron atrás las tremendas mortandades que despoblaron al virreinato.

SURGEN LOS PROBLEMAS

La ambición de la virreina terminó por enemistar al virrey con los santafereños,  con los Oidores y con el Cabildo. Además de vender puestos, Doña Francisca monopolizó los negocios de la plaza de mercado, adquirió los mejores almacenes  y ubicó a parientes en puntos clave de la administración, y los roces con los criollos empezaron con el envío de tropas para someter a los rebeldes de Quito

. Los rumores y los chismes que llegaban al palacio virreinal hicieron que el virrey Amar y Borbón viera enemigos por todos lados; ello  desembocó en una cacería de brujas que llevó a  Nariño y a  otros criollos a prisión, causó la ejecución de Rosillo y Cadena, restringió el comercio de los americanos y se vio coartado el poder de los criollo en el  Ayuntamiento.

LA CAÍDA DE AMAR Y BORBÓN

En los sucesos del 20 de julio de 1810 que llevaron a la instalación de una  Junta Suprema de gobierno,  el virrey evitó un baño de sangre al contener las tropas coloniales que esperaban órdenes para someter a los revoltosos. Por ello y por aparentar lealtad a la corona los miembros de la Junta nombraron al virrey como presidente del nuevo gobierno. Pero esa situación duró muy poco pues el 25 de julio “los chisperos” lo hicieron recluir en el Tribunal de Cuentas y no contentos con ello, los revoltosos siguieron presionando hasta que llevaron al virrey y a su esposa a la cárcel, en medio de denuestos y empujones.

Con el apoyo de los “orejones”, o estancieros de la sabana de Santa Fe de Bogotá,  la Junta Suprema sacó a los Amar de prisión y en secreto los envió a Cartagena, donde permanecieron confinados hasta que el  12 de octubre tomaron un barco con rumbo a la Habana El nuevo gobierno granadino se quedó con los bienes de  Amar y Borbón, que arruinado regresó a su patria sin la dignidad de Virrey, pues la Junta de Sevilla lo había reemplazado por Francisco Venegas.

Tras muchos esfuerzos el veterano militar, que sirvió con lealtad a España, consiguió en Zaragoza el modesto puesto de Consejero Honorario de Estado. En 1824 los viudos del imperio lo llevaron al banquillo culpándolo de las rebeliones en el virreinato de la Nueva Granada. Dos años más tarde muere el antiguo virrey en la ciudad que lo vio nacer.




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