EN EL ALTO DE LAS COLES DE PÁCORA

LA CAMPAÑA DE TITÁN EL PERRITO AMARILLO  TROMPINEGRO

Alfredo  Cardona Tobón.*


El chasquido de la leña seca, las chispas que reventaban sobre la olla de barro, el olor dulzón del aguapanela que empezaba a hervir,  y la mirada tierna del perrito amarillo trompinegro que dormitaba en un rincón de la cocina de bahareque, parecían indicar una madrugada más del año 1851 en la vereda del Botón, falda abajo del poblado de Salamina.
Pero no era así. La guerra había llegado al rancho y mientras la mamá enjugaba las lágrimas que mojaban las arepas que doraba en la cayana y el padre llenaba  bolsitas de pólvora y perdigones para  su hijo, el  muchacho despreocupado, como si fuera a salir de cacería, alistaba la ruana y la escopeta para tomar camino y reunirse con la tropa del general Braulio Henao.

Soplaban vientos calamitosos: en mayo de ese año 1851 los pastusos  se habían levantado en armas contra el gobierno de Hilario López y la provincia de Antioquia estaba en pie de lucha, pues se decía que había que atajar a los enemigos de Dios y la  familia.  En la madrugada del 30 de junio, ochocientos vecinos de  Aná, Belén y Envigado, bajo las órdenes del general caucano Eusebio Borrero ocuparon a Medellín, tomaron las armas y los cuarteles y depusieron a  Sebastián Amador, Jefe Político de la provincia.

En tanto que los alzados en armas se afianzaban en la capital de La Montaña y  la columna de Salamina se preparaba para marchar a la capital  a respaldar a los rebeldes, tropas del gobierno central controlado por los liberales, avanzaban desde Supía hacia Salamina y remontaban el páramo de Herveo con destino a Manizales.

EMPIEZA LA CAMPAÑA

Al aclarar el día, Ricardo Mejía  abandonó el rancho del Botón  y se unió a los trescientos campesinos que formaban en la  plaza de Salamina.  Después de una misa campal entre  escapularios y estandartes de la Virgen María, la tropa comandada por Braulio Henao abandonó el pueblo en medio de llantos y bendiciones  y se dirigió al norte para  unirse a las fuerzas de Eusebio Borrero, un general caucano, de ideas conservadoras, que se había puesto al frente de la revolución antioqueña.

Los improvisados combatientes descendieron por la loma de la quebrada La Frisolera, cruzaron el río San Lorenzo y por el atajo de las Águilas  empezaron  a trepar hacia el Alto de las Coles, en cercanía de la aldea de Pácora; unos iban armados con lanzas, otros con primitivas escopetas de fisto y algunos con fusiles que apenas habían aprendido a disparar. Era gente pacífica empujada a la guerra  que se enfrentaría a los bravos caucanos, duchos en la emboscada, que venían por un botín y  estaban acostumbrados al combate
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A medida que el sol calentaba  se espaciaron las charlas. Poco a poco los voluntarios sintieron el peso de las armas y cayeron en cuenta que la aventura, bien podía convertirse en un encuentro con la muerte En mitad de la loma la tropa disminuyó el paso y aguzó los sentidos, pues al acercarse a Pácora se temía el ataque de las guerrillas de Heliodoro Jaramillo.

Como a las once y veinte minutos de la mañana del 16 de agosto de 1851, las  avanzadas de Braulio Henao  alcanzaron la cima del Alto de las Coles.. De pronto se sintió un tropel entre las cañabravas al borde de la trocha. Sonó el grito de alerta, se prepararon las lanzas y dedos nerviosos tocaron el gatillo de las armas de fuego. Después de segundos que parecieron siglos  salió del rastrojo el causante del alboroto: era un perrito amarillo trompinegro que  voleando  la cola y las orejas se  abalanzó hacia Ricardo Mejia y casi se lo come a lambetazos. El animalito estaba lleno de cadillos,  pues desde que salió del Botón tras de su amo, lo había seguido por entre la maleza para no dejarse ver, hasta que cansado de andar entre zarzas, decidió salir a la trocha y enrolarse en la tropa.

La columna salamineña se atrincheró en el Alto de las Coles y esperó. El general Braulio Henao no mostraba deseos de avanzar pese a que el enemigo había cruzado el río Cauca y se acercaba peligrosamente a sus posiciones..Después se supo que a  Henao no le interesaba presentar batalla, pues había entrado a esa guerra de 1851 más por compromiso  que por convicción, sabía que era una revolución de esclavistas y latifundistas contra un gobierno que quería cambiar las viejas estructuras coloniales.  Era un conflicto de intereses barnizado de religión y condenado al fracaso.

Cuando el General  Tomás Herrera, Jefe de Operaciones contra Antioquia,  ofreció un  indulto a los alzados en armas, Braulio Henao  firmó  la paz con el gobierno. Y no fue por miedo, pues Braulio era un gallo de pelea, sino porque como zorro viejo sabía donde y cuando  podía presentar la cara al enemigo.

 El 20 de agosto, sin haber disparado un tiro, los salamineños  se plegaron a las fuerzas del gobierno  con 370 fusiles con sus fornituras y municiones, algunas lanzas y dos cajas de guerra
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 VUELVE LA PAZ

Las fuerzas rebeldes de  Antioquia, comandadas por el general Eusebio Borrero  continuaron  la lucha  empujados por el padre Canuto Restrepo y otros notables de Abejorral  que estimaban que los negros del  Cauca, mal armados y en menor número no serían capaces de doblegar a los paisas.. Con el parque  entregado por  los salamineños  las tropas amigas de Hilario López pudieron adelantar la campaña y vencer a los alzados en armas en Abejorral y en Rionegro.

La gente de Braulio Henao había estado varios días entre las trincheras esperando hora tras hora el ataque de los caucanos, ya estaba cansada y sin muchos ánimos de pelea, por eso cuando se conoció la noticia del indulto todos a una se congregaron en la trocha y celebraron el  acontecimiento con una descarga cerrada que se oyó leguas a la redonda. Los colonos de los alrededores se santiguaron creyendo que había empezado el combate y oraron por sus muertos y el perrito amarillo trompinegro ante semejante estruendo sintió que se acababa el mundo y despavorido se perdió entre el rastrojo.

Dos días más tarde la mamá feliz preparaba el desayuno y Ricardo y su padre llenaban los calabazos de chicha para llevar al corte, en esas entró Titán, el  perrito amarillo trompinegro, con el rabo entre las patas esperando el regaño por su ausencia y se acurrucó junto al fogón. Como vio que nada le iba a suceder, levantó la cabeza y con un ladrido fuerte, de veterano de guerra, asustó al gato que  cruzó por la puerta de la cocina..

Comentarios

  1. Buena crónica, todo sigue igual(mas o menos)en el campo después del conato de batalla, despues de el perro haberles "dado un susto" a los guerreros y siguió jugueteando. Conocí el Alto de Las Coles una vez y recuerdo que en la escuela del lugar había una biblioteca muy buena, que por algunos de sus títulos y autores,no tenía nada de conservadora y sí mucho de liberal, paradójicamente con un territorio donde se dió esta escaramuza de "cruzada" conservadora.
    jotagé gomezó

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