martes, 26 de julio de 2011

LAS MUJERES DEL VEINTE DE JULIO DE 1810

Alfredo Cardona Tobón*

En la conmemoración del veinte de julio de 1810 se ha pasado por alto al pueblo  y  sobre todo el concurso de las mujeres humildes,  pues se ha olvidado que eran el eje de la familia en las clases bajas de la sociedad granadina. Sin las bochincheras, sin los chisperos, sin el alboroto popular, de nada hubiera servido el afán criollo de menguar el poder chapetón.
Ese día de mercado la plaza estaba llena de verduleras, aguateras, leñeras, vendedoras de tiestos y de esteras, artesanas, tolderas y  mujeres que ofrecían gallinas, huevos, masato, legumbres y  cuanto apetecían los bogotanos.
Al desarrollarse la trama urdida por los revoltosos,  el pueblo azuzado por los bartolinos se lanzó contra los almacenes y las casas de los españoles, gritando abajos al gobierno y pidiendo cabildo abierto. Al caer la noche, las oleadas de  jornaleros, sirvientas  y marchantas llenaron las calles. La historia recogió los nombres de desteñidos personajes que suscribieron el Acta de la Junta Suprema y ha sido parca en registrar  a las numerosas mujeres, que no sólo pusieron el pecho a las bayonetas en ese día, sino que continuaron exponiéndose como espías, estafetas en la dura y cruel lucha por la  emancipación.
En este artículo vamos a referirnos a tres valientes mujeres que actuaron el veinte de julio de 1810.
BÁRBARA FORERO
Al frente de las tropas coloniales estaba Sámano, quien sólo esperaba la orden para martillar sus fusiles y hacer tronar los cañones  para acabar de una vez por todas con esos bochincheros que desde tempranas horas se habían apoderado de Santa Fe.
Las luces de las antorchas danzaban en los muros del Cuartel de Artillería y por primera vez en varios siglos, los ladinos y taimados indios de la sabana tenían el arresto de enfrentarse a los invasores de su tierra. Afuera se encontraba el populacho y tras los muros se parapetaban las fuerzas coloniales.Una mestiza de mediana edad se puso al frente del populacho y arengó a sus compañeras. “Marchemos nosotras las mujeres primero y tomemos los cuarteles, que se descarguen sus balas y nos maten, los hombres nos seguirán y mientras la tropa vuelve a cargar los fusiles los hombres se adueñarán de los cuarteles.”
Cuando el pueblo se arremolinaba para el asalto y Sámano apuntaba los  cañones, el virrey Amar y Borbón tuvo el tino de poner las tropas bajo el mando de la Junta Suprema que acababa de tomar el poder y se evitó la tragedia.. La multitud levantó el cerco a los cuarteles y Bárbara Forero y demás manifestantes  dirigieron su furia hacia los pávidos y temblorosos Oidores.
¿Quien era Bárbara Forero?-
Nada más y nada menos que la ex- amante  de Pedro Fermín de Vargas, uno de los precursores de nuestra independencia; el mayor pícaro que salió de los dominios españoles según Napoleón y el conspirador más peligroso del reino de acuerdo con las apreciaciones del virrey Mendinueta.
Pedro Fermín de Vargas era un criollo ilustradísimo, conocedor de ciencias y economía y miembro de la Expedición Botánica Por su capacidad y conocimientos la administración colonial le dio el cargo de  administrador de las minas de sal de Zipaquirá. En ese puesto Vargas realizó una  excelente gestión  hasta que un día cualquiera huyó con los fondos de las salinas en compañía de Bárbara Forero, una bella mujer que dejó al marido para seguirlo en sus locas aventuras.
Disfrazados  se internaron por Venezuela y abordaron un velero que los condujo a las Antillas donde Pedro Fermín ejerció la medicina y buscó apoyó para levantar en armas a la Nueva Granada.
 Pasaron unos años y Bárbara, quizás cansada de ir de un lado a otro pero sin romper los lazos que la ataban a su amante, regresó a Santa Fe, donde de vez en cuando recibía noticias y  algún dinero del inquieto trotamundos que viajó por Francia e Inglaterra, estuvo en Estados Unidos y al final se perdió en las brumas de Londres.
Bárbara fundó una escuela de primeras letras  en Santa Fe. Cuando Morillo reconquistó el virreinato sus esbirros se acordaron de Bárbara y para curarse en salud la desterraron a Suesca donde permaneció confinada hasta el triunfo de las armas republicanas.
FRANCISCA GUERRA
En una de las pulperías de Santa Fe, trabajaba Francisca Guerra, o la Pacha Guerra.  El veinte de julio, apenas empezaron los bochinches, la Pacha tiró el delantal y anduvo de un lado a otro espantando chapetones. Cuando Carbonell recorrió barrios y negocios reclutando manifestantes, la Pacha se unió a los chisperos y  encabezó un grupo de furibundas colegas que marcharon hacia el Cuartel de Artillería dispuestas a romperse el alma por una causa que tenia que ser buena si Carbonell la apoyaba.
En los días posteriores la Pacha Guerra no se perdió reunión de San Victorino y llena de entusiasmo patriótico empujó la virreina a un arroyo de aguas  negras, cuando iba camino a la Cárcel.
Al reconquistar  el poder los españoles recordaron los bochinches de la Pacha y en medio de un aparatoso dispositivo de seguridad  la desterraron a  Ubaté, donde permaneció malviviendo bajo la estricta vigilancia del alcalde hasta que los patriotas retomaron el poder..
MELCHORA NAVA
Doña Melchora Nava, mujer casada y madre de varios hijos tenía un bazar en la Calle Real.Cuando en el  atardecer del veinte de julio la “revolución” empezó a languidecer por falta de manifestantes, Acevedo y Gómez trataba de mantener el entusiasmo con inflamados discursos mientras Doña Melchora iba de corrillo en corrillo  animando a los manifestantes.
 Si  Carbonell fue el “ chispero” que dio fuego al levantamiento, Doña Melchora junto con Acevedo y Gómez fueron el verbo que mantuvo despierto el movimiento.
Se sabe que los realistas desterraron a Doña Melchora, pero sus huellas se pierden en algún pueblo de  tierra caliente.

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