lunes, 2 de mayo de 2011

LAS CENIZAS PEREGRINAS DEL PRECURSOR ANTONIO NARIÑO

Alfredo Cardona Tobón*


                        Casa donde murió Nariño en Villa de Leiva
Los primeros rayos del día despiertan los  yermos que rodean a Villa de Leiva y termina la noche de insomnio del Precursor Antonio Nariño, que yace en un camastro lejos de los suyos. Una  ventana abierta dibuja  un retazo de verdor y por el quicio de la puerta se filtra el canto de los afrecheros que buscan las migajas que caen del pilón,  donde  una joven campesina trilla el maíz para el masato.
Nariño abandona el  lecho con gran dificultad y se acomoda  en una vieja silla de cuero repujado; ha ido a buscar un poco de calor en esas soledades rocosas, y alejarse en  los postreros días de su existencia,  de los enemigos  que lo han acosado como  tábanos. Por fortuna no le ha faltado el consuelo del sacerdote Buenaventura Sáenz, cura de Sáchica, ni las atenciones del médico Camilo Manrique, que por ese entonces está de vacaciones en el  pueblo. Pero está solo, muy solo,  sin nadie de su familia, en una tierra extraña.
Al avanzar el día la respiración de Nariño se va haciendo más difícil y se alarga la angustiosa agonía, Es época de lluvias; otro aguacero empapa los tejados y se desliza por las acequias del pueblo. Es un mal día para morir  para un hombre que hubiera querido partir bajo el estruendo de los cañones y ahora termina su vida en medio del ruido de los goterones que se estrellan contra los pedruscos del patio. No es la  manera de morir de un luchador que se sobrepuso a tantas calamidades.

 Nariño no quiere despedirse entre lamentos ni oraciones fúnebres, y como en los tiempos que se enfrentó a los pastusos , le sonríe a la muerte y pide músicos para  enfrentar con salmos gregorianos sus últimos momentos. Pero la a muerte no tiene afán. Con sevicia y crueldad  descarga lentamente su guadaña sobre el Precursor; una oración sigue a otra oración, mientras el moribundo lucha por un poco de aire y tres sacerdotes, que acompañan al Precursor de la Independencia, le confieren la absolución por la Bula, por la Pía Mater y por la Hermandad del Carmen.
Continúa lloviendo. No hay un alma en la espaciosa plaza ni en las empedradas calles del pueblo. La vida de Nariño se va apagando y se extingue cuando el reloj marca las cinco de la tarde del 13 de diciembre de 1823. A su lado no está Magdalena, la esposa fiel que lo acompañó en todas sus penas y a quien lloró años atrás pidiendo a  Dios, que se abriera la loza que la ocultaba para que también lo recibiera en su seno. No estaba Antoñito, el hijo generoso que arrostró todos los peligros al lado de su padre, ni Vicente, ni Mercedes ni Isabel y tampoco  Gregorio, el hijo realista  que estaba en Cuba apoyando a los enemigos chapetones que amargaron la vida de su  padre.

DESPUÉS DE SU MUERTE
Como las Euménides que persiguen a Orestes en la tragedia de Esquilo, espíritus aviesos  atacaron a Nariño  en vida y continuaron haciéndolo después de su fallecimiento.
Los encarnizados enemigos del héroe lo acusaron permanentemente del desfalco de las Cajas de Diezmos, sin  tener en cuenta que el Precursor no se robó ni un peso y si le faltaron dineros para responder a los acreedores,  fue porque lo apresaron por la traducción de los Derechos del Hombre y no le dieron la oportunidad de  organizar sus negocios. Las hienas lo calificaron de traidor por haberse entregado a los pastusos,  cuando el valiente granadino sólo pretendía ganar tiempo y conseguir un cese al fuego  para salvar lo que quedaba del ejército de Cundinamarca.
A Nariño lo acosaron los criollos que pretendían seguir viviendo a costa del pueblo  y los españoles que no querían perder su dominio sobre América. En Europa lo calumniaron  los realistas y le hicieron el quite sus propios paisanos. Desprestigiaron de tal  modo al Gran Hombre , que Bolívar puso en entredicho su honorabilidad y se atrevió a decir que lo había nombrado vicepresidente en Angostura porque no había encontrado otro para el cargo, ignorando que ese viejo aporreado por el destino era el que había  allanado el camino de la libertad..
Cuando los cartageneros  designaron a Nariño  como su representante en el Congreso de Cúcuta, las Euménides en coro dijeron que el nombramiento era  ilegal pues Nariño había estado por fuera del país durante muchos años. ¡Qué maldad!, ¡qué  injusticia! . Si  se ausentó  no fue por su voluntad, ni porque estuviera de  paseo en cómodas mansiones, sino porque estuvo prisionero en inmundas mazmorras cargado de grillos y cadenas por defender la libertad y la independencia granadina.
EMPIEZA LA PEREGRINACIÓN
Dos días después de la muerte de Nariño, sepultaron  el cadáver en el templo de Villa de Leiva. La noticia del deceso llegó  días después a Santa Fe donde los seguidores del general Santander recibieron con alborozo la trágica nueva pues desaparecía el crítico más mordaz de la administración leguleya del llamado “Hombre de las Leyes”. Tan solo apareció una nota necrológica en La Gaceta de Colombia que remataba con “se durmió en  la paz del Señor”. No hubo decretos de honores, ni acuerdos del Cabildo, ni quién recordara los méritos de Nariño y los padecimientos por su patriotismo.
Un mes después, su hijo Antonio quiso hacer unas exequias solemnes en la Catedral de Bogotá, presididas por el sacerdote Francisco Javier Guerra de Mier. Pero debió cancelarse el acto litúrgico por las amenazas contra el prelado quien apesadumbrado escribió a la familia : “Me consta con absoluta evidencia que de hacer yo el elogio que me había propuesto del general Antonio Nariño, me van a resultar gravísimos daños en mi carrera y sin disputa los padecerá mi cuerpo”-
Los restos del gran hombre  empezaron su peregrinaje  con su traslado de la nave central de la iglesia de Villa de Leiva hacia un sitio a la salida del templo, como  si quisieran arrojarlos del sagrado recinto. En 1846  familiares y viejos amigos iniciaron  una suscripción para llevar los despojos de Nariño a Santa Fe y levantar un monumento en su honor;  para ello se nombraron recaudadores en las principales ciudades del país, pero las donaciones fueron tan miserables que los huesos del  notable granadino   continuaron convirtiéndose en polvo en el rincón del templo  de Villa de Leiva.
En 1857 los nietos Ibañez, hijos de Merceditas, desenterraron el cadáver de Nariño y lo condujeron a Zipaquirá en una delicada urna. En 1878 Merceditas regresó a Bogotá y encomendó la urna a su hijo, el general Ibáñez, quien en 1885 emprendió viaje a Jamaica y llevó  las cenizas del abuelo a  Barranquilla y  al puerto de Colón en Panamá.
Nariño no tuvo reposo ni siquiera muerto, como en vida sus cenizas fueron de un lado a otro, sin un destino cierto.  En Colón un delincuente catalán robó la urna, pensando quizás en joyas o artículos de fácil venta, pero las cenizas del Precursor tan solo interesaban a su nieto, el general Ibañez, quien las recuperó tras laboriosa pesquisa y las salvó del incendio que destruyó el puerto..
De regreso al país, la urna pasó por Medellín camino a Bogotá,  y siguió a Serrezuela (Madrid)  para volver a la capital colombiana en 1907 y terminar el peregrinaje cuando los colombianos, por fin, reconocieron su deuda con Nariño y  depositaron las cenizas en la Capilla de los Dolores de la Catedral Primada de Bogotá, donde el 19 de junio de 1913 se levantó un  monumento en su memoria..
Solamente ahora, al cumplirse el primer centenario de la Independencia colombiana,  empezamos a ver el inmenso trabajo y los sufrimientos de  Nariño por darnos la libertad, su nombre honró al décimo departamento colombiano cuya gente respetó la vida del gran americano cuando en bando contrario luchó contra el general Nariño.

7 comentarios:

  1. me encanta su narracion, para mi fue exquisita!!! buen trabajo :)

    ResponderEliminar
  2. muy buena narracion. exelente!

    ResponderEliminar
  3. ...Y seguimos en este comienzo del siglo 21, sacrificando con grandes dosis de saña, odio y envidia, a nuestros mejores hombres, a aquellas personas providenciales, que en los momentos oportunos, han llegado a salvar la patria.Dios nos ayude!

    ResponderEliminar
  4. Mis respetos, señor Cardona.Su pluma hace honor a la lengua y al general Nariño. Felicitaciones.

    ResponderEliminar
  5. muchas gracias....que Dios conserve en su memoria a Don Antonio Nariño...

    ResponderEliminar
  6. Muchas gracias, excelente narracion

    ResponderEliminar
  7. Como siempre han sido y serán los Santanderianos; maltratan a todos sus Fundadores. Por eso no tienen Próceres nacionales. Tienen país gracias a ese inmenso hombre, el Libertador Simón Bolívar a quien quisieron asesinar por la envidia que le tuvieron y para tratar de ocultar sus glorias.

    ResponderEliminar